Por Joaquín Hurtado
La historia humana conoce una larga tradición de muros. La antigua China levantó uno para contener invasiones. Los romanos cercaron ciudades rebeldes. En Berlín una pared dividió familias y sistemas políticos. Pero pocas veces se había visto una muralla tan extravagante como la que nace del deseo de ocultar la pobreza durante la antesala de una fiesta deportiva.
La idea parece salida de una mente insana: si la realidad resulta incómoda, tapémosla. Si hay casas humildes junto a la ruta por donde pasarán visitantes distinguidos, levantemos una pantalla. Si el paisaje contradice el discurso oficial, pongámosle un biombo.
Pero la pobreza no funciona como los muebles viejos que se esconden cuando llegan visitas. No desaparece detrás de una lona ni se evapora por decreto. Permanece ahí, terca como una mancha de humedad que revela la grieta estructural del edificio.
Desde luego, la tentación es comprensible. El poder siempre ha sentido fascinación por los espejos. Los gobernantes modernos gastan fortunas construyendo versiones fotogénicas de sí mismos. Redes sociales impecables, videos épicos, campañas donde cada funcionario parece protagonista de una película de superhéroes. El mundo real, con sus baches, drenajes colapsados, transporte insuficiente y colonias olvidadas, resulta mucho menos atractivo para la cámara.
Pero la obsesión estética suele ser enemiga de la política. Cuando un gobierno invierte más energía en esconder los problemas que en resolverlos, termina convirtiéndose en una especie de maquillista desesperado. Una capa de polvito aquí. Otra allá. Un reflector conveniente. Una toma aérea cuidadosamente editada. Y listo: el desastre queda fuera del encuadre.
Al menos eso cree quien sostiene la brocha.
La ciudad, mientras tanto, continúa hablando. Hablan los trabajadores que pasan horas en el transporte. Hablan las fugas de agua. Hablan los apagones. Hablan las calles fracturadas. Hablan las escuelas que esperan mantenimiento. Hablan incluso esas casas humildes que algunos quisieran convertir en una zona ciega para los visitantes.
Porque la pobreza posee una desagradable costumbre para los poderosos: insiste en existir.
Hay algo profundamente revelador en el impulso de esconder al pobre. No se trata únicamente de una decisión urbanística. Es una declaración moral. La miseria deja de verse como una injusticia que debe corregirse y comienza a contemplarse como un defecto estético. Ya no es un problema social sino un inconveniente visual.
La diferencia es enorme. Quien piensa así no pregunta por qué existe la desigualdad. Pregunta cómo impedir que salga en la fotografía.
En el fondo, la barda no se levanta contra la pobreza. Se levanta contra la vergüenza. Y toda vergüenza escondida termina regresando convertida en burla.
Por eso la gente ríe. No porque la pobreza sea graciosa, sino porque el intento de ocultarla resulta ridículo. La ciudadanía posee un instinto infalible para detectar la vanidad cuando se disfraza de grandeza. Percibe de inmediato cuándo una obra pública busca resolver un problema y cuándo únicamente pretende producir una imagen.
La sátira aparece sola. El gobernante contempla su reflejo monumental mientras detrás del espejo se acumulan las grietas. Se imagina estadista internacional mientras los ciudadanos cuentan otra historia. Se sueña arquitecto del futuro mientras improvisa escenografías.
Como en ciertos cuentos de hadas, el rey cree vestir un traje magnífico. El pueblo, menos impresionable, observa otra cosa.
Y aquí ocurre una hermosa paradoja. Quien intenta encerrar la pobreza detrás de una muralla termina encerrándose a sí mismo.
Porque las bardas tienen una naturaleza traicionera. Separan en ambos sentidos. No sólo aíslan aquello que se quiere ocultar. También apartan de la realidad a quien las construye.
Mientras más altas son, menos se escucha lo que ocurre del otro lado.
Así, la muralla destinada a ocultar las carencias acaba convirtiéndose en el símbolo perfecto del aislamiento político. Dentro queda atrapado el gobernador. Dentro queda atrapado su partido. Dentro quedan los asesores que aplauden cada ocurrencia. Dentro queda una visión del mundo donde los problemas desaparecen cuando se dejan fuera del campo visual.
Afuera permanece la ciudad real. La que trabaja. La que protesta. La que recuerda. La que ríe.
La que sabe que ningún muro puede esconder la verdad por mucho tiempo.
Cuando pase el Mundial, cuando se apaguen las cámaras y los visitantes regresen a casa, las bardas seguirán diciendo exactamente lo mismo que dicen hoy: no hablan de la pobreza que pretendían ocultar.
Hablan de la pobreza moral de quienes las imaginaron. Hablan de la pequeñez de un poder que confunde gobierno con decoración.



