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Claudia Fifí, Sheinbaum Chaira: El Alcázar no se renta (a menos que seas Gianni Infantino)

Por María Beasain / IAQuemada

El Castillo de Chapultepec, erigido con orgullo sobre el histórico Cerro del Chapulín, es un baluarte incalculable de la soberanía nacional. Por eso mismo, el reglamento del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) es tajante: está estrictamente prohibido rentar este sagrado monumento para la frivolidad burguesa. Si usted, aspirante a potentado de la sociedad civil, quiere celebrar ahí los quince años de su hija, una boda o un banquete de aniversario, la respuesta del Estado mexicano será un rotundo e impecable “no”. Para los mortales no hay precio; la patria no se alquila.

A menos, claro, que su nombre sea Gianni Infantino, traiga bajo el brazo el balón de la FIFA y venga escoltado por la crema y nata del capitalismo monopolístico global. En ese caso, la rigurosa burocracia federal dobla las manos, el nacionalismo se vuelve flexible y el Alcázar se transforma en el salón de fiestas más exclusivo del planeta.

La soberanía del centavo: Mientras el INAH persigue con furia legal y punitiva a plataformas de streaming como Max por usar una imagen digital del Castillo para promocionar La Casa del Dragón, a la FIFA le otorgó el uso comercial de la imagen real de nuestro patrimonio histórico por la estratosférica y ridícula suma de 12,000 pesos mexicanos. Al parecer, el fuego de los dragones de ficción quema el orgullo nacional, pero los millones de la televisión deportiva lo dejan impecable.

La pasarela del poder: Izquierdas VIP y Derechas con Palco

La noche del miércoles 10 de junio de 2026, la víspera del silbatazo inaugural del Mundial, el Castillo de Chapultepec dejó de ser el Museo Nacional de Historia para convertirse en una sucursal del Olimpo corporativo. Alrededor de mil comensales de la élite política, financiera y diplomática se dieron cita para cenar bajo la curaduría del chef Eduardo García (Máximo Bistro), arrullados por drones que dibujaban la Copa Jules Rimet en el cielo y coreando «El Rey» junto a Alejandro Fernández.

La lista de asistencia es un manual perfecto de la sociología del poder en México. Ahí, donde la retórica oficial jura que “ya no hay complicidades”, las copas de cristal chocaban entre mundos supuestamente irreconciliables: Gianni y Claudia, Emilio Azcárraga Jean, Carlos Slim Domit… Clara Brugada, Pedro Haces, Ramírez Luna, Julieta Ramírez. Para Infantino, la velada fue el escenario perfecto de cabildeo internacional. Para Azcárraga, la confirmación de que el negocio de la costosa remodelación del Estadio Azteca sigue firme.  Todos contentos, todos hermanados por el balón: el perfecto crush de la 4T con la oligarquía.

Es en este punto donde la realidad mexicana supera la ironía. Al día siguiente del banquete, la presidenta Claudia Sheinbaum ejecutó una obra de arte del teatro político: rechazó públicamente asistir al partido inaugural en el Estadio Azteca. El argumento performativo fue impecable: los boletos comerciales costaban 120 mil pesos, una cifra “inaccesible para la población trabajadora”. Bajo las insignias de la Cuarta Transformación, la mandataria entregó su boleto de protocolo a Yolett Cervantes, una joven de origen indígena veracruzana, sentenciando con orgullo que su administración “no necesita codearse arriba”. ¿Así o más contradictorio? ¡Uf, uf y recontra uf!

La paradoja, como el banquete servido, es exquisita. El gobierno condena el encumbramiento de las élites financieras en los espacios masivos de consumo (el estadio), pero cohabita, cena, brinda y negocia activamente con esos mismos corporativos globales bajo la protección hermética y militarizada de los palacios de la nación. Abajo, el discurso populista; arriba, en el Alcázar, el menú de autor. La verdadera ideología de la izquierda es la hipocresía.

La irrupción de la FIFA en México ha demostrado que los contratos tienen más peso que la mismísima Constitución. El despojo de los palcohabientes históricos del Estadio Azteca lo constata: ciudadanos con títulos de propiedad legítimos por más de 60 años fueron bloqueados físicamente por el personal del estadio, desobedeciendo abiertamente las suspensiones provisionales dictadas por jueces de distrito. En México, la justicia local se arrodilla si la FIFA exige un enclave transitorio de exclusividad comercial.

Y para que los dueños del dinero no vieran las grietas del “tercer mundo”, el erario público se movilizó con una velocidad que ya quisieran los hospitales públicos. El INAH inyectó de urgencia 5 millones de pesos para raspar puertas de madera fina, pintar muros y remozar las rampas del Castillo, terminando los trabajos apenas el 31 de mayo de 2026. Mientras el presupuesto embellecía el palacio para los directivos transnacionales, la Guardia Nacional y los antimotines de la Ciudad de México montaban operativos para encapsular y silenciar las marchas de la CNTE y de las familias de víctimas de desaparición forzada que buscaban visibilizar su dolor ante las cámaras internacionales.

El Castillo de Chapultepec, al final, cumplió su función histórica moderna: servir como el escenario perfecto donde el Estado maquilla sus heridas, flexibiliza su soberanía y demuestra que, detrás de cualquier retórica chaira, siempre late un corazón profundamente fifí. Literal.

Fuente:

// Medios / La Mañanera Semanal / IAQuemada / HeyGen

Vía / Autor:

// Staff

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Autor: lostubos
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