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Pensar cuesta, el dogma es gratis

«El dogma no es la ausencia de pensamiento, sino su momificación: ofrece la comodidad de una respuesta eterna para ahorrarnos la fatiga de una pregunta diaria».

Por Carlos Chavarria Garza

Ante el reciente memorándum de entendimiento firmado para detener y buscar acabar con la violencia en Oriente Medio, centrada por ahora en el desgastante conflicto entre Irán e Israel, la opinión pública internacional se debate entre el alivio y el escepticismo, obligándonos a plantear una interrogante incómoda pero critica : ¿cuánto habrá de durar la vigencia de este pacto? La respuesta a la viabilidad de cualquier acuerdo diplomático en la región no descansa únicamente en la voluntad de sus líderes firmantes o en el diseño de sus cláusulas, sino en la comprensión de una fuerza  que opera bajo la superficie política: el absolutismo ideológico y doctrinal. 

Existe una pregunta que la historia nunca se ha molestado en responder con delicadeza: ¿por qué los seres humanos, que son capaces de construir catedrales y calcular la trayectoria de un cometa, prefieren con tanta frecuencia no pensar? La respuesta no es halagüeña. Pensar cuesta. El dogma, en cambio, es gratis. O eso parece. 

El fundamentalismo —en cualquiera de sus formas— tiene una lógica sencilla y brutal: ofrece certeza donde no la hay, identidad donde escasea y enemigos donde hacen falta. Su fuerza no radica en la verdad de lo que afirma, sino en la facilidad explicatoria que proporciona y en la imposibilidad de una dialéctica en virtud de su hermetismo. No hay con qué discutirle. Eso, para mucha gente, no es una falla del sistema; es exactamente lo que buscan. Y un pueblo que no piensa es dócil al poder. Siempre lo ha sido. No es casualidad que los poderes de todo signo —teocrático, colonial, ideológico, cultural— hayan encontrado en el dogma su mejor aliado. 

No necesitan convencer; solo necesitan que la gente deje de hacerse preguntas.

El islam surgió en el siglo VII como una revelación total: fe, derecho, política y convivencia en un solo paquete. El problema no es la fe; el problema es cuando el islamismo político contemporáneo —distinto del islam como religión vivida y nacido en buena medida como reacción al colonialismo europeo del siglo XIX— declara que el tiempo se detuvo en el año 632 d.C. e intenta retroceder. 

Aquí el absurdo se vuelve visible: el fundamentalismo islamista usa la televisión vía satélite, internet, redes sociales y armamento moderno para predicar el retorno al siglo VII. Usa los productos de la modernidad que detesta para combatirla, y el dogma le permite vivir con sus propias contradicciones sin pestañear. 

Los ejemplos concretos duelen en su claridad, desde la Revolución Iraní de 1979 que instaló una teocracia con derecho de veto sobre el Estado, pasando por el Talibán destruyendo los Budas de Bamiyán en 2001, hasta el Estado Islámico y su intento de abolir las fronteras del siglo XX para regresar a un mapa del siglo VIII. Al final, el costo lo paga el ciudadano común que solo quería vivir: las mujeres sin escuela, los músicos perseguidos y los jóvenes con el futuro aplastado bajo el peso de una interpretación rígida. Ellos no eligieron el fundamentalismo; el fundamentalismo los eligió suprimir a ellos.

Por otra parte, el judaísmo es, en su dimensión más profunda, una religión de la pregunta, donde el Talmud funciona como un registro de debates donde los rabinos discuten, se contradicen y se corrigen dentro de una envidiable tradición intelectual. Sin embargo, su vertiente fundamentalista contemporánea —la de los sectores ultraortodoxos y los colonos mesiánicos— opera bajo una lógica distinta: leer un texto sagrado como un contrato territorial vigente e irrevocable, donde la promesa bíblica no es metáfora, sino una escritura de propiedad. 

Es imperativo, no obstante, contextualizar este fenómeno sin perder de vista que el rechazo, la deshumanización y los prejuicios en contra del pueblo judío han sido utilizados como el pretexto predilecto para justificar su persecución, segregación y exterminio a lo largo de los siglos; es precisamente esa memoria del trauma histórico la que, en ocasiones, el ala más radical instrumentaliza para blindar sus posturas. 

Sobre esa base absolutista, cualquier negociación política se convierte en sacrilegio, una lógica que llevó al asesinato del primer ministro Isaac Rabin en 1995 tras firmar los Acuerdos de Oslo. Para el fundamentalismo mesiánico, aquello no era diplomacia, sino traición a Dios. El dogma convierte un acto político en sentencia de muerte y permite a los ultraortodoxos (haredim) rechazar al Estado moderno de Israel por considerarlo una blasfemia humana, mientras dependen de sus subsidios para sostener a sus comunidades, ignorando las contradicciones propias mientras devoran la posibilidad de coexistencia.

Este fenómeno de pensamiento cerrado se manifiesta también en la occidentalización forzada, un fundamentalismo difícil de ver porque habla nuestro idioma, no usa turbante ni kipá, viste de traje, asiste a Davos y publica en revistas académicas. Su dogma central es que hay un solo camino correcto para organizar una sociedad y que ese modelo, el de la democracia liberal de mercado, fue descubierto por Occidente. 

Francis Fukuyama lo dijo sin pudor en 1992 al decretar el fin de la historia, pero la realidad envió sus propios mensajes de vuelta a través del 11 de septiembre de 2001, el ascenso de China, la crisis financiera de 2008 y la guerra de Ucrania. 

Antes de eso, el fundamentalismo occidental ya tenía su historial de sangre, pues la imposición colonial se presentó como una misión civilizatoria que justificaba destruir civilizaciones enteras para salvarlas. Como documentó Edward Said, Occidente construyó al Otro oriental como irracional para justificar su tutela mediante un dogma con pretensión científica que, al tener cañones detrás, ya no necesitaba que nadie lo creyera, sino que nadie pudiera contradecirlo. El caso más reciente y costoso fue Irak en 2003, al final un experimento de ingeniería social que desmanteló un Estado esperando que la democracia brotara sola en un laboratorio, dejando medio millón de muertos y una región desestabilizada mientras el dogma sobrevivía intacto a sus propias consecuencias.

El fundamentalismo ni siquiera necesita de Dios, le basta con un canon para convertirse en ortodoxia perseguidora dentro del arte, la cultura o la economía. Lo vimos en el realismo socialista soviético que censuró a Shostakóvich por no mostrar el optimismo heroico exigido por el partido, pero también ocurre en las academias occidentales, donde los guardianes del gusto excluyeron durante décadas cualquier pluma que no encajara en su árbol genealógico de influencias. 

En la economía, el neoliberalismo en su versión más ortodoxa operó como un catecismo: los mercados libres son siempre superiores, el Estado es el problema y la privatización es la solución. No importó la evidencia empírica en contra en la Argentina de 2001 o en la crisis global de 2008; el dogma sobrevivió a todas sus refutaciones prácticas porque, aunque Milton Friedman propuso un marco teórico, sus seguidores lo convirtieron en religión, demostrando que el fundamentalismo momifica cualquier idea original.

Al revisar los rasgos que Umberto Eco identificó en el ur-fascismo—el miedo al debate, el rechazo al pensamiento crítico, el desacuerdo visto como traición y la necesidad de un enemigo permanente— resulta inquietante descubrir que la estructura es invariante sin importar el contenido. Erich Fromm explicó desde la psicología que el dogma es un refugio ante la angustia de la libertad, la cual implica una responsabilidad y una posibilidad de error que agotan al individuo; el dogma lo libera de ese peso al decirle qué pensar, a quién odiar y a quién culpar. 

Pero como argumentó Karl Popper, una sociedad que no puede ser cuestionada no puede ser corregida y acumula errores hasta colapsar. El filósofo Henri Bergson definía la vida como un impulso creador, un movimiento continuo, un río; el dogma es el intento de convertir ese río en estatua. Puede funcionar un tiempo, pero el agua siempre termina rompiendo la piedra, y la pregunta relevante es cuánto se lleva por delante cuando cae.

México no es inmune a estos procesos, pero poseemos una ventaja histórica al no tener la misma densidad de fundamentalismos arraigados que las sociedades más antiguas ni siglos de guerras religiosas en nuestro suelo. La separación entre Iglesia y Estado que Juárez instituyó en el siglo XIX fue una operación politica  que costó una guerra, pero nos heredó un espacio laico donde el pensamiento crítico puede respirar. 

El riesgo real hoy no es el radicalismo teológico, sino el fundamentalismo del resentimiento: esa narrativa que divide el mundo entre el pueblo bueno y la élite corrupta, que convierte la pobreza en identidad sagrada y la prosperidad en pecado. Este absolutismo comparte la misma estructura que los demás: facilidad explicatoria, sordera ante la evidencia, necesidad de un enemigo permanente e imposibilidad de diálogo. 

El ciudadano común que solo quiere paz y sacar a los suyos adelante no pide que el mundo sea perfecto, sino que sea manejable. Y los fundamentalismos —todos, sin excepción— lo vuelven inhabitable, no porque sean fuertes, sino porque son ciegos. Los ciegos en posición de poder no solo tropiezan ellos, sino que arrastran a todos los demás. El dogma es fácil; el pensamiento es incómodo. Pero para resolver las cosas, primero hay que estar dispuestos a verlos, y para verlos es necesario soltar las certezas prestadas. 

 El dogma es la piedra que alguien planta en la orilla creyendo que así detiene la marea. Y por un rato lo parece: el agua rodea, no avanza, el que plantó la piedra se siente arquitecto del mar. Pero la marea no negocia con piedras. Sube un milímetro a la vez, sin prisa, sin enemigo, hasta que un día no queda piedra ni orilla ni recuerdo de quién creyó que mandaba ahí. Eso es lo único que la historia siempre ha hecho con los que intentan detenerla: no los vence. Los rodea hasta que dejan de importar,como es el caso de la antigua URSS y hoy Cuba.

“La historia no vence al dogma. Lo rodea hasta que deja de importar”.

Referencias:

Bergson, H. (2007). La evolución creadora (Trad. M. C. Jaramillo). Cactus. (Trabajo original publicado en 1907).

Eco, U. (1995). Ur-Fascism. The New York Review of Books, 42(11), 12-15.

Fromm, E. (1947). El miedo a la libertad (Trad. G. Germani). Paidós. (Trabajo original publicado en 1941).

Fukuyama, F. (1992). The End of History and the Last Man. Free Press.

Popper, K. (1957). La sociedad abierta y sus enemigos (Trad. E. Loedel). Paidós. (Trabajo original publicado en 1945).

Ravitzky, A. (1996). Messianism, Zionism, and Jewish Religious Radicalism. University of Chicago Press.

Said, E. (1990). Orientalismo (Trad. M. Fuentes). Debate. (Trabajo original publicado en 1978).

Tibi, B. (2012). Islamism and Islam. Yale University Press.

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Vía / Autor:

// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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