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Waldo Fernández: el traidor

Por Valeria Riaño / IAQuemada

En política existen dos formas de traicionar un proyecto: combatirlo frontalmente o vaciarlo desde dentro. La primera genera adversarios identificables; la segunda produce aliados aparentes cuya conducta termina beneficiando exactamente a quienes dicen combatir. La historia de la Cuarta Transformación está llena de debates sobre el oportunismo de quienes llegaron desde otros partidos. El caso de Waldo Fernández obliga a formular una pregunta distinta: ¿qué ocurre cuando el discurso de transformación no encuentra correspondencia con el desempeño legislativo?

Los datos de su paso por el Congreso local de Nuevo León ofrecen una radiografía incómoda. No se trata de opiniones ni de diferencias ideológicas. Se trata de productividad, asistencia y decisiones políticas documentadas. Durante la legislatura estuvo obligado a participar en 243 sesiones del Pleno. Asistió a 216 y acumuló 27 inasistencias, una asistencia efectiva de 88.89 por ciento. La cifra parecería aceptable si no fuera porque las ausencias más relevantes ocurrieron justamente cuando el Congreso enfrentaba una de las mayores crisis institucionales de los últimos años.

Entre febrero y agosto de 2024 el Poder Legislativo permaneció prácticamente paralizado. Durante 43 sesiones Movimiento Ciudadano y sus aliados bloquearon sistemáticamente el quórum constitucional al negarse a registrar asistencia. Antes incluso de solicitar licencia, entre el 6 y el 20 de febrero, Waldo Fernández dejó de registrar asistencia en seis intentos consecutivos de sesión. Posteriormente, su suplente continuó exactamente la misma conducta durante los siguientes seis meses. La coincidencia política resulta demasiado significativa para atribuirla únicamente a decisiones personales. El resultado práctico fue favorecer la estrategia de bloqueo impulsada por el Ejecutivo estatal, encabezado por Samuel García.

La Cuarta Transformación ha construido buena parte de su legitimidad sobre una premisa elemental: las instituciones deben funcionar y el mandato popular no puede ser secuestrado por intereses particulares. Impedir deliberadamente el funcionamiento del Congreso representa exactamente lo contrario.

La productividad legislativa tampoco sostiene un discurso de eficacia. Durante tres años presentó 93 iniciativas. Apenas seis fueron aprobadas. Su tasa de éxito fue de apenas 7.45 por ciento. Dos de esas seis reformas incluso terminaron vetadas por el Ejecutivo. Más aún, varias de las reformas aprobadas consistieron en modificaciones marginales o reiteraciones normativas. La obligación de que los municipios contaran con refugios para mujeres ya existía en la legislación; la reforma sobre productos de gestión menstrual terminó notablemente reducida respecto de su planteamiento original; otras modificaciones fueron esencialmente administrativas.

En contraste, muchas de sus iniciativas más difundidas públicamente terminaron convertidas en ejercicios mediáticos sin capacidad real de construir consensos legislativos: congelar primas de seguros privados, imponer nuevas obligaciones al IMSS o regular la exposición de menores en redes sociales. La distancia entre impacto mediático y eficacia parlamentaria terminó siendo considerable. Los exhortos muestran un patrón semejante. Presentó 194 puntos de acuerdo. Fueron aprobados 84, poco más del 43 por ciento.

Una parte importante se concentró en problemáticas locales de colonias metropolitanas, mientras que los asuntos estructurales de confrontación con el Ejecutivo terminaron teniendo un tratamiento mucho más ambiguo. Sin embargo, donde verdaderamente aparece el perfil político es en las votaciones decisivas. La lista de ausencias y abstenciones resulta particularmente reveladora.

Se abstuvo cuando el Congreso discutió la autonomía constitucional de la Unidad de Inteligencia Financiera, a pesar de haber impulsado previamente una iniciativa sobre el mismo tema. Estuvo ausente en reformas destinadas a corregir la negativa sistemática del Ejecutivo para publicar decretos aprobados por el Legislativo. No participó en las votaciones para fortalecer la autonomía de la Defensoría Pública. Se ausentó cuando el Congreso buscó regular las ausencias del gobernador. Tampoco estuvo presente en la superación de vetos relacionados con el fortalecimiento financiero de los municipios, la autonomía del SAT estatal o la creación de un fondo para familiares de policías caídos en servicio.

Su ausencia también aparece en reformas sobre violencia vicaria, violencia mediática, violencia en el noviazgo, legislación para personas con espectro autista y modificaciones ambientales vinculadas con contingencias atmosféricas. Las abstenciones continuaron cuando se discutió la licencia del gobernador Samuel García en 2023 y en diversos acuerdos para combatir jurídicamente la falta de publicación de decretos, investigar actuaciones judiciales favorables al Ejecutivo o revisar posibles irregularidades administrativas relacionadas con el propio gobierno estatal. Cada ausencia puede explicarse individualmente. El problema aparece cuando todas forman un mismo patrón. En política los patrones pesan más que las justificaciones aisladas.

Paradójicamente, uno de sus propios exhortos denunciaba que el gobernador pretendía “entorpecer las atribuciones y facultades del Poder Legislativo para hacer prevalecer su voluntad”. El diagnóstico era correcto. Lo contradictorio fue que su conducta parlamentaria terminó facilitando precisamente ese escenario.

La Cuarta Transformación sostiene que la política debe medirse por resultados y no por narrativa. Bajo ese criterio, el expediente legislativo de Waldo Fernández deja demasiadas preguntas abiertas. Porque el verdadero problema no consiste únicamente en haber faltado. Consiste en haber faltado exactamente cuando más se necesitaba presencia. No consiste únicamente en haberse abstenido. Consiste en haberse abstenido cuando el Congreso enfrentaba decisiones que definían el equilibrio entre poderes.

La política no juzga solamente las palabras pronunciadas en tribuna. También juzga las sillas vacías. Y, en ocasiones, una curul vacía termina votando a favor del poder que dice combatir. Ahí radica la contradicción central. La Cuarta Transformación nació para desmontar las viejas complicidades entre élites políticas y poderes establecidos. Cuando un representante popular normaliza la ausencia en los momentos decisivos, convierte la omisión en una forma de colaboración.

La traición contemporánea ya no siempre se expresa mediante el cambio de partido. A veces adopta una forma mucho más silenciosa: la política de la ausencia.

@espejonegromx Waldo Fernández: el traidor Por Valeria Riaño // IAQuemada La historia de la Cuarta Transformación está llena de debates sobre el oportunismo de quienes llegaron desde otros partidos. El caso de Waldo Fernández obliga a formular una pregunta distinta: ¿qué ocurre cuando el discurso de transformación no encuentra correspondencia con el desempeño legislativo? La traición contemporánea ya no siempre se expresa mediante el cambio de partido. A veces adopta una forma mucho más silenciosa: la política de la ausencia. https://aguaquemada.mx/traidor/ #nuevoleon #morena #waldofernandez ♬ sonido original – espejonegromx

Fuente:

// Medios/ IAQuemada / HeyGen

Vía / Autor:

// Staff

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Autor: lostubos
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