Por José Jaime Ruiz
Hay que recordar al Carlos Monsiváis incisivo, el cronista ácido y lúcido, y no los menesteres fake de estos días sin guardar. En 1986, el personaje fue Francisco El Abuelo Cruz: “Y ya presagiado por un anuncio luminoso en la calle (‘Sacaremos al Abuelo de la banca/ Enviaremos a Alemania a la barranca’), la compulsión: Abuelo: el que persevera alcanza. La mejor afición te apoya’ / Bora: con El Abuelo el Tri será campeón’ / Abuelo/ ‘Abuelo*** para Presidente’. Francisco Javier Cruz, El Abuelo, es el personaje mexicano de la Copa, o tal arguyen las interminables porras, y las expresiones mesiánicas que provoca la mención o la vista del jugador. ¿Quién que es no sabe quién es?” (“¡¡¡Goool!!! Somos el desmadre”).
La euforia oligárquica del Estadio Ciudad de México –Estadio Banorte–, Estadio Azteca, no ha generado ningún ídolo en este Mundial. Gilberto Mora apenas es un esbozo. Los hinchas proletarios en el Fan Fest van a otra cosa. La maroma del circo FIFA no sólo es clasista, también pomposamente desigualitaria: detrás de la línea, joven, que estamos “extractivando”. Entre el zombi y el fanático, el Mundial hace extraños compañeros de cama. Como toda pulsión, la ilusión será breve y el “Cielito lindo” terminará siendo un cielo de tormenta, lluvia, lodazal.
Volvamos a lo esencial. Escribe Raúl Rojas González: “No hay espacio aquí para ahondar en el tema, pero indudablemente que en la FIFA la corrupción es sistémica y ‘fractal’. Es sistémica porque en los diversos escalones de la FIFA no existe transparencia y cada presidente de confederación, federación y hasta club es una especie de virrey. Es ‘fractal’ porque se reproduce en la misma forma a todos los niveles, desde los torneos locales hasta la Copa del Mundo. La corrupción de la FIFA tiene la misma forma y origen, ya sea que la veamos con microscopio, a nivel local, o con telescopio, a nivel mundial (El futbol bajo el microscopio, FCE, p. 201).
Archisabida la corrupción extractivista de la FIFA, la mercantil y la deportiva. La mercantil tornando el soccer en futbol americano en cuatro tiempos con la innecesaria hidratación. Y, la deportiva, a través del arbitrio conveniente de los juzgadores centrales. La industria de mayor extracción histórica, Google, lo narra así: “En los minutos finales del encuentro, con México ganando 1-0, el delantero holandés Arjen Robben ingresó al área mexicana, sintió un contacto del defensa Rafael Márquez y se dejó caer. El árbitro central decretó la pena máxima, lo que permitió a Holanda empatar el partido y eventualmente ganarlo 2-1. Esta eliminación frustró el pase de México a los cuartos de final, marcando la historia del futbol”. Este 2026 también existe el eurocentrismo FIFA a favor de Portugal y en contra de Colombia. Posteó David Faitelson en X: “El futbol, en tiempos del software… Esto no puede ser ‘fuera de juego’. La esencia de la regla es no sacar ventaja. ¿Realmente la saca el futbolista colombiano? ¿Por una uña? No me jodan…”.
¿Y Gilberto Mora? Veamos. César Luis Menotti aludía a Borges al decir que el futbol era orden y aventura. Borges, a su vez, aludió al poeta Apollinaire al escribir: “En una especie de salmo —cuya dicción confidencial y patética es evidente aprendizaje de Whitman—, Apollinaire separa los escritores en estudiosos del Orden y en traviesos de la Aventura, y tras incluirse entre los últimos, solicita piedad para sus pecados y desaciertos”. Crisol en movimiento, Gilberto Mora ordena la aventura y se aventura en el orden. Si “toda aventura es norma venidera y toda actuación tiende a inevitarse en costumbre”, que Mora nos acostumbre a su calculada aventura. Panóptico, no vigila una cárcel (Foucault), al contrario, “se lanza a la prohibida aventura de la libertad” (Galeano). No ídolo, crack.



