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Por María Beasain / IAQuemada

Olviden los viejos y aburridos tiempos en que la FIFA fingía mantener el futbol libre de política suspendiendo a federaciones rebeldes de países del tercer mundo. En 2026, la “neutralidad deportiva” ha evolucionado hacia un modelo mucho más lucrativo: la diplomacia de compadres. La tierna historia de amor institucional entre Gianni Infantino y Donald Trump nos demuestra que el balón no se mancha, pero sí se cotiza en la Torre Trump de Manhattan, donde la FIFA convenientemente inauguró oficinas para estar más cerca de las hamburguesas y los hilos del poder mundial.

Tras años de cenas de gala en Davos —donde Gianni, con su habitual dignidad de monarca absoluto, proclamó que Donald era un “gran amigo”— y paseos por la Casa Blanca coleccionando réplicas de trofeos de oro “exclusivas para ganadores”, el idilio alcanzó su clímax cómico en el Kennedy Center. Con la Gracia Divina que lo caracteriza, Infantino le otorgó a Trump el “Premio de la Paz de la FIFA – El Futbol Une al Mundo”. El argumento oficial fue el supuesto rol de mediador de Trump en Gaza y Ucrania; un chiste de humor negro que provocó que Amnistía Internacional y Human Rights Watch casi se ahogaran con sus propios comunicados de prensa. Mientras el premiado tildaba de “basura” a los migrantes somalíes y desmantelaba las campañas antirracistas de la propia federación, Infantino le entregaba un galardón de paz. Todo muy coherente.

La cumbre de esta farsa llegó con el ya legendario “Caso Balogun”. El delantero estadounidense Folarin Balogun vio una tarjeta roja directa contra Bosnia, lo que según el sagrado —e inapelable— reglamento de la FIFA significaba irse a ver los octavos de final por televisión. Pero una llamada telefónica desde la Casa Blanca al teléfono rojo de Infantino obró el milagro: “Oye, Gianni, que eso no fue falta”. Santo remedio. En un acto de magia burocrática sin precedentes, la FIFA suspendió la sanción 24 horas antes del partido contra Bélgica recurriendo al siempre útil Artículo 27. Aleksander Čeferin, jefe de la UEFA, casi sufre un síncope acusando a la FIFA de cruzar “líneas rojas”, y Gary Neville soltó que aquello apestaba a cacicada. Pero claro, ya lo habían ensayado una semana antes levantándole un castigo a Cristiano Ronaldo tras una oportuna visita diplomática saudí a Washington. Las normas, como los precios de las entradas, son dinámicas.

Con Balogun milagrosamente limpio de culpa gracias al indulto presidencial, las cuentas oficiales de la Casa Blanca ya saboreaban los cuartos de final con su habitual modestia imperial. Los 66 mil 925 espectadores que abarrotaban el Seattle Stadium esperaban un paseo militar frente a una Bélgica que, para colmo del desconcierto táctico de los analistas de sillón, saltaba al campo con Kevin De Bruyne y Jérémy Doku congelados en el banquillo por orden de Rudi García.

El problema es que el futbol insiste en jugarse con un balón y no con decretos ejecutivos. Al minuto 9, la defensa estadounidense —esa obra de arte de la improvisación liderada por el inoperante Sergiño Dest— decidió que era buena idea dejar que Nicolas Raskin paseara por la banda izquierda y le pusiera un bombón a Charles De Ketelaere para el 1-0. Ni la rotura de ligamento cruzado del belga Amadou Onana al minuto 20 logró reanimar el desastroso esquema 4-3-3 de Mauricio Pochettino.

El destino, que tiene un sentido del humor retorcido, les dio un caramelo amargo a los locales en el minuto 31. Malik Tillman cobró un tiro libre que se desvió en la cabeza del recién ingresado Hans Vanaken, descolocando a Courtois para el 1-1. Tillman celebró como si hubiera inventado el futbol al emular a Bernard Genghini en 1982 marcando dos goles de falta directa en un mismo Mundial, pero la alegría estadounidense duró lo que un suspiro en una tormenta. Dos minutos después, en el 33, De Ketelaere humilló en el salto al tatarabuelo del torneo, Tim Ream, quien a sus 38 años demostró que la experiencia no te da alas, poniendo el 2-1 de cabeza.

En el segundo tiempo, Pochettino quitó a Dest en un ataque de furia e introdujo a Gio Reyna, pero la mística de la remontada se lesionó junto con Christian Pulisic en el minuto 52. Para el minuto 57, el ridículo se tiñó de comedia slapstick: el portero estadounidense Matt Freese tuvo la brillante idea de salir de su área a controlar un balón largo con el pecho; dudó tanto sobre qué hacer con sus pies que De Ketelaere le robó la cartera y se la dio a Vanaken, quien desde 35 yardas se cobró su deuda del autogol rematando a portería vacía para el 3-1.

Mientras Pochettino destrozaba el mobiliario del banquillo pateando estantes y botellas de agua, Romelu Lukaku entró al 67 para el tiro de gracia. En el minuto 93, Chris Richards perdió el balón con la elegancia de un amateur y Lukaku selló el 4-1. Con el pitazo final, Estados Unidos se unió al club de los anfitriones desempleados junto a México y Canadá, dejando el torneo sin dueños de casa antes de los cuartos de final. Para cerrar con broche de oro, la cuenta de la selección belga publicó las fotos de sus festejos con un sutil mensaje al Despacho Oval: Overturn this (Anulen esto). Literal: a llorar a la Casa Blanca.

@espejonegromx ¡Bien belgas! // María Beasain / IAQuemada La cumbre de esta farsa llegó con el ya legendario “Caso Balogun”, pero con el pitazo final, Estados Unidos se unió al club de los anfitriones desempleados junto a México y Canadá, dejando el torneo sin dueños de casa antes de los cuartos de final. Para cerrar con broche de oro, la cuenta de la selección belga publicó las fotos de sus festejos con un sutil mensaje al Despacho Oval: Overturn this (Anulen esto). Literal: a llorar a la Casa Blanca. #FIFA #Infantino #Trump ♬ sonido original – espejonegromx

Foto portada: Inteligencia Artificial (IA)

Fuente:

// Medios / IAQuemada / HeyGen

Vía / Autor:

// Staff

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Autor: lostubos
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