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El Reloj alcanza a todos los países

Por Carlos Chavarria Garza

Los sistemas no colapsan por sorpresa. Colapsan porque nadie estaba mirando el reloj que no marca horas, sino los años.

Suiza tiene dinero. Suiza tiene guarderías. Suiza tiene 1.29 hijos por mujer. Suiza esta envejeciendo y cada vez con mas problemas económicos que los sitúan en causas que no muestran su problema real en toda su magnitud.

Esa cifra debería preocupar más de lo que sorprende. Suiza no es Grecia, no es el sur de Italia, no carga con la precariedad que uno normalmente asocia con la gente que «ya no quiere tener hijos». Es de los países más ricos del planeta, con uno de los mejores sistemas laborales de Europa, y aun así su tasa de natalidad cayó por debajo de la media de la Unión Europea. El dato desmonta, de un solo golpe, la explicación cómoda que todos traemos como mas a la mano: que la gente no tiene hijos porque no le alcanza. No. La gente rica tampoco los está teniendo. Y eso cambia por completo la conversación.

Porque si no es dinero, es tiempo. Y el tiempo, a diferencia del dinero, no se imprime.

Una mujer tiene, en términos prácticos, una ventana de quince o veinte años para tener hijos con relativa seguridad biológica. Esa ventana no negocia, no se estira con voluntad ni con políticas públicas. Al mismo tiempo, el mundo moderno le pide que use esos mismos años para construir lo otro que también le exige tiempo: carrera, estabilidad, capital propio. Son dos proyectos que compiten exactamente por el mismo recurso escaso, en el mismo tramo de vida, y uno de los dos siempre pierde.

 La mayoría está eligiendo, racionalmente, posponer el que sí se puede posponer un rato más — hasta que deja de poderse. Bergson decía que el tiempo humano no es el del reloj, uniforme y divisible, sino duración vivida, algo que no se puede fraccionar sin traicionarlo. La biología reproductiva es de las pocas cosas que todavía obedece al reloj de pared, no a la duración subjetiva de quien cree que «todavía hay tiempo». Ese choque entre dos tiempos —el que uno siente y el que el cuerpo mide— está detrás de buena parte del 1.29 suizo.

Las guarderías ayudan. Los permisos de maternidad ayudan. Pero le están apuntando al síntoma, no a la restricción real. Nadie ha resuelto el problema de fondo, que es que la ventana biológica y la ventana de construcción profesional se traslapan y no caben las dos completas. Por eso hasta los países nórdicos, que subsidian la crianza más que nadie en el planeta, tampoco llegan a la tasa de reemplazo. Se acercan un poco más. No resuelven nada.

Y aquí es donde el asunto deja de ser un tema de familia y se vuelve un tema de ingeniería de sistemas, que es lo que a mí me interesa señalar. Todo el aparato económico que conocemos —pensiones, deuda pública, mercados de capital— se diseñó bajo el supuesto silencioso de que siempre habría más gente joven entrando que gente vieja saliendo. 

Ese supuesto ya no se cumple en medio planeta, y el aparato no tiene plan B. En Estados Unidos, entre los años ochenta y hoy, el crecimiento de la fuerza laboral se desplomó a menos de la mitad, y el crecimiento del PIB cayó con él, punto por punto, casi en espejo. El Fondo Monetario Internacional ya lo puso en números: si nadie hace nada, el crecimiento económico mundial va a ser como un punto porcentual más lento de aquí a mediados de siglo, solo por el envejecimiento. Eso no es una advertencia sobre el futuro. Es un descuento que ya está corriendo dentro de la tasa de crecimiento que cualquier gobierno presume hoy en sus discursos.

Nadie está gritando esto porque nadie está diseñado para gritarlo a tiempo. Un político no gana una elección anunciando que hay que subir la edad de retiro para un problema que va a explotar dentro de veinticinco años; gana más prometiendo que todo sigue igual. Los mercados sí lo están descontando —ahí están las tasas de los bonos japoneses, ahí están las calificadoras bajándole la nota a Italia—, pero lo hacen tarde y en silencio, no como alarma pública. 

Popper explicaba que las sociedades abiertas se corrigen por prueba y error, ajustando poco a poco frente al fracaso visible. El problema es que este fracaso no es visible todavía. Se mueve más lento que cualquier ciclo electoral, más lento que cualquier ciclo de noticias, más lento que la paciencia de cualquier sistema diseñado para reaccionar rápido. Cuando por fin sea visible —como ya lo es en Japón, treinta años estancado, pagando la factura con deuda en vez de con reforma real— va a ser demasiado tarde para corregirlo sin dolor.

Y hay una trampa más, para el que piensa que el problema es solo de países ricos: no lo es. Donde todavía se tienen muchos hijos es, sobre todo, donde un hijo sigue siendo un activo económico —trabaja la tierra, sostiene al negocio familiar, es el fondo de retiro de sus padres porque no hay otro. En cuanto un país se desarrolla, se urbaniza, formaliza su economía, esa misma lógica se invierte: el hijo deja de ser activo y se vuelve costo. Es decir, el bono demográfico de los países pobres no es una ventaja permanente. 

Es una ventana que se cierra exactamente en la medida en que esos países logran lo que están buscando. El desarrollo que necesitan para competir es el mismo mecanismo que les va a quitar, veinte o treinta años después, su única ventaja frente al mundo rico.

No hay nada gratis, decía Friedman, y esta es quizás la versión más cruel de esa frase que vamos a ver en nuestra vida: alguien va a pagar la cuenta de sesenta años de crecimiento perpetuo construido sobre una pirámide poblacional que ya no existe. La está pagando ya Japón. La va a pagar Europa. La va a pagar, con más rezago, hasta el país que hoy todavía presume su bono demográfico como si fuera una renta fija.

Le seguimos llamando tema secundario a lo que ya nos está costando un punto de PIB cada año. No es profecía. Es la factura de este trimestre, y ya llegó.

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// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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