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Samuel, Morena y el juicio fallido

Por Valeria Riaño / IAQuemada

En política, una denuncia puede producir titulares; en derecho, necesita producir pruebas. La diferencia entre ambas lógicas explica buena parte del revés que sufrió Morena en su intento por promover un juicio político contra el gobernador Samuel García. El problema central no radica en la legitimidad de fiscalizar al Ejecutivo —atribución indispensable en un régimen democrático—, sino en la fragilidad jurídica con la que se construyó una acusación que terminó encontrando un muro en el control constitucional federal.

El expediente exhibe una paradoja reveladora. Las imputaciones formuladas son extraordinariamente graves: peculado, desvío de recursos y enriquecimiento ilícito. Sin embargo, el estándar probatorio utilizado para sostenerlas dista mucho de la gravedad de las consecuencias pretendidas. No aparecen auditorías concluyentes, dictámenes periciales, resoluciones firmes de autoridades fiscalizadoras ni sentencias que acrediten la existencia de responsabilidades administrativas o penales. En cambio, buena parte de la narrativa acusatoria descansa en notas periodísticas y en procedimientos aún inconclusos.

Ese déficit técnico no constituye un simple detalle procesal. Es la diferencia entre una denuncia políticamente rentable y una jurídicamente sostenible. La jurisprudencia mexicana ha sido consistente al establecer que las publicaciones periodísticas poseen únicamente valor indiciario; informan sobre hechos de interés público, pero por sí mismas no acreditan la comisión de ilícitos. Pretender remover a un gobernador electo mediante ese estándar probatorio equivale a rebajar el juicio político de instrumento constitucional excepcional a mecanismo ordinario de confrontación partidista.

La segunda debilidad resulta todavía más delicada. Morena construyó parte de su argumentación sobre investigaciones que permanecen abiertas y carecen de resolución definitiva. Con ello introdujo un problema constitucional de fondo: convertir sospechas en responsabilidades consumadas. El principio de presunción de inocencia no desaparece porque el escenario sea político. Al contrario, adquiere mayor relevancia cuando las consecuencias implican la eventual destitución de un funcionario elegido mediante voto popular. La justicia constitucional no podía ignorar esa circunstancia.

A ello se sumó la velocidad con la que la Comisión Anticorrupción impulsó el procedimiento. La premura legislativa terminó generando cuestionamientos sobre el respeto al debido proceso y a las formalidades previstas por la propia Ley de Juicio Político de Nuevo León. Paradójicamente, el Congreso abrió espacios para que la defensa del Ejecutivo trasladara exitosamente la controversia al ámbito federal, donde las reglas procesales son considerablemente más estrictas que las dinámicas de la confrontación parlamentaria.

Las resoluciones posteriores confirman esa lectura. Primero, el Juzgado Tercero de Distrito suspendió provisionalmente la posibilidad de que el Congreso emitiera el dictamen definitivo y lo sometiera a votación. Después, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, mediante la controversia constitucional 386/2026, permitió que el procedimiento continuara, pero prohibió ejecutar cualquier eventual destitución o inhabilitación mientras no resolviera el fondo del asunto. No se trata de fallos contradictorios, sino complementarios: uno protege los derechos procesales del gobernador, el otro preserva la estabilidad institucional del Poder Ejecutivo estatal.

Desde una perspectiva estrictamente jurídica, ambas resoluciones envían un mensaje inequívoco: los Congresos locales conservan facultades de control político, pero estas encuentran límites cuando el procedimiento vulnera principios constitucionales básicos. La división de poderes no autoriza que el juicio político se convierta en un mecanismo de sustitución anticipada de la voluntad popular sin satisfacer un estándar probatorio robusto y un debido proceso escrupuloso.

El caso deja una enseñanza para Morena. La fuerza política que durante años denunció el uso faccioso de las instituciones termina enfrentando una crítica semejante cuando privilegia la rentabilidad política sobre la precisión jurídica. El derecho constitucional exige algo más que convicción política: exige evidencia, técnica y respeto irrestricto al procedimiento. Mientras tanto, Samuel García obtiene un doble blindaje judicial que hace prácticamente inviable una remoción durante el tiempo que resta de su mandato. La batalla política continuará en el Congreso y en la opinión pública; la batalla jurídica, en cambio, parece haber sido definida por una realidad elemental que ninguna estrategia partidista puede eludir: en un Estado constitucional, las acusaciones se sostienen con pruebas, no con presunciones.

@espejonegromx Samuel, Morena y el juicio fallido Por Valeria Riaño / IAQuemada El caso deja una enseñanza para Morena. La fuerza política que durante años denunció el uso faccioso de las instituciones termina enfrentando una crítica semejante cuando privilegia la rentabilidad política sobre la precisión jurídica. Mientras tanto, Samuel García obtiene un doble blindaje judicial que hace prácticamente inviable una remoción durante el tiempo que resta de su mandato. #Morena #nuevoleon #ariadnamontiel ♬ original sound – espejonegromx

Fuente:

// Medios / IAQuemada / HeyGen

Vía / Autor:

// Staff

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Autor: lostubos
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