Por Joaquín Hurtado
Pamela Yajaira tenía veinticinco años cuando la violencia feminicida terminó por alcanzarla. La noche del 10 de julio acudió a una fiesta en la colonia Dos Ríos, en Guadalupe. Allí, varios hombres se enfurecieron con ella. La rociaron con gasolina y le prendieron fuego.
Horas más tarde apareció en Vistas del Río, en Juárez, con el noventa por ciento del cuerpo quemado. Todavía tuvo fuerzas para nombrar a quienes la habían atacado antes de morir en el hospital.
La crónica policial suele detenerse ahí, como si bastaran unas cuantas líneas para explicar un feminicidio. Pero esa versión apenas alcanza a describir el instante en que el fuego tocó la piel. No explica quién alimentó las llamas.
Los medios registraron que Pamela había conocido a sus agresores por Facebook. El dato es verdadero, pero también engañoso. Hace creer que la tragedia comenzó con una chica fácil que acepta una invitación en una red social, que ella se lo merecía por ofrecida, por jugar con el riesgo.
Hay una cultura que enseña a demasiados hombres que el cuerpo de una mujer puede convertirse en recompensa, en propiedad o en escenario donde demostrar poder. Los perpetradores interpretaron el rechazo a sus intenciones como afrenta, la autonomía de Pamela Yajaira desafió jerarquías que se consideran naturales.
No basta con señalar a los ejecutores sin mirar el mundo que los hizo posibles. Con la muerte de Pamela Yajaira aparecieron palabras como misoginia, violencia simbólica, masculinidad dominante, manosfera.
En internet prospera toda una industria dedicada a convencer a los hombres de que la igualdad les arrebató un privilegio que les pertenecía por derecho divino. Influencers, gurús y figuras mediáticas construyen discursos donde las mujeres aparecen como enemigas, manipuladoras o trofeos que deben conquistarse y conservarse.
¿Hasta dónde puede llegar el negocio de convertir la dominación masculina en una aspiración vendible?
El feminicidio de Pamela Yajaira adquirió otra dimensión cuando trascendió que uno de los presuntos responsables es hijo de un cantante ampliamente conocido. De pronto, el brutal crimen dejó de ser únicamente una tragedia privada para convertirse también en un espejo incómodo de la sociedad.
Las preguntas comenzaron a extenderse más allá del expediente judicial. No se dirigen sólo al joven señalado por la investigación, sino al mundo que ha contribuido a formarlo.
Ser padre no convierte a nadie en responsable penal de los actos de un hijo adulto. Esa responsabilidad pertenece exclusivamente a quien comete el delito, si así lo determina la justicia.
Pero la sociedad tiene derecho a preguntarse algo distinto: ¿cuántas señales pasan inadvertidas antes de que una violencia extrema estalle? ¿Cuántas bromas, desprecios, formas de hablar sobre las mujeres, delitos perdonados, estallidos de ira o afán de control son interpretados como simples rasgos de carácter?
Tal vez nadie imaginó un desenlace así. Tal vez las señales nunca parecieron suficientes. O tal vez, como ocurre tantas veces, la cultura nos enseñó a llamar «normal» a conductas que nunca debieron naturalizarse.
La pregunta tampoco termina en una familia. Alcanza a una industria cultural que durante décadas ha convertido el dominio masculino en espectáculo.
Canciones que celebran la posesión tóxica, que romantizan los celos, que presentan a la mujer como propiedad, rara vez son escuchadas como una pedagogía, parecen sólo entretenimiento. Sin embargo, toda cultura enseña algo. No porque las canciones produzcan un feminicida, sino porque miles de mensajes repetidos durante años terminan dibujando el mapa de lo que una sociedad considera aceptable, admirable o incluso deseable.
Quizá esa sea la parte más difícil de enfrentar como consumidores de estos productos culturales. La violencia extrema casi nunca nace de un solo discurso, de una sola canción o de una sola influencia. Brota de la suma de muchas pequeñas autorizaciones: las que llegan desde la familia, las amistades, la escuela, las redes sociales, los escenarios y las pantallas. Cuando todas apuntan en la misma dirección, el desprecio hacia las mujeres deja de parecer una anomalía y empieza a sentirse como parte del paisaje.
Y eso, precisamente eso, es lo que convierte un crimen como el de Pamela Yajaira en algo más que un caso policial: lo vuelve una pregunta dirigida a toda la sociedad.



