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Sheinbaum y sus hijos del quinto patio

Por María Beasain / IAQuemada

Hay que reconocerle a la Presidencia de la República una capacidad envidiable para metabolizar la tragedia en ternura institucional. En el teatro matutino del poder, la doctora Claudia Sheinbaum ha decidido inaugurar una modalidad inédita del ejercicio público: la maternidad por asignación simbólica. Con el pecho henchido de una fragilidad rigurosamente calculada, la titular del Ejecutivo contempló a los participantes del certamen México Canta y, en un arrebato de lirismo matriarcal, concluyó que la investidura presidencial incluye el instinto de amamantar las conciencias de la juventud. “Siento como si fueran mis hijos también”, pontificó desde el atril, convirtiendo el Estado laico en un orfanato sentimental.

Atrás quedaron las añoranzas estéticas de la 4T, cuando la nostalgia cultural se vestía con las formas cultas o de izquierda de Silvio Rodríguez o los boleros melancólicos de Armando Manzanero, con la ayuda de Beatriz Gutiérrez Müller. Hoy, la tutela cultural exige referentes más afilados o, al menos, más lucrativos. Para afianzar el mensaje de paz y combate a las adicciones, el aparato institucional reclutó a luminarias de la lírica contemporánea como El Bogueto y Junior H. Una pirueta conceptual deslumbrante: combatir la apología del delito y la degradación social contratando a quienes han construido su patrimonio sobre las mismísimas narrativas que el concurso pretende erradicar.

Mientras esta maternidad de Estado repartía bendiciones al ritmo de dembow, la realidad nacional cobraba su cuota de sangre habitual. El asesinato del productor Darcy Zatarain en Sinaloa recordó —con la crudeza del plomo— que la violencia no se detiene a escuchar discursos de autoayuda. Pero no nos confundamos: en el universo de la propaganda oficial, la coexistencia de la sangre en las calles con la lírica de vitrina no es un fracaso de la política pública; es simplemente el paisaje de fondo sobre el cual la presidenta ejerce su compasión maternal.

El enternecimiento presidencial, sin embargo, no es gratuito; cotiza muy bien en el Presupuesto de Egresos. La revisión a las entrañas administrativas de la Secretaría de Cultura revela que la paz, la prevención de adicciones y la ternura de la Doctora tienen un precio exacto: 77 millones 250 mil 763 pesos.

Un análisis a la arquitectura financiera del evento México Canta por la Paz y Contra las Adicciones demuestra que la administración pública domina el arte de la pirueta legal. La licitación pública nacional terminó convertida en una adjudicación directa de facto gracias al milagro de la propuesta única conjunta. El consorcio bendecido con esta bolsa millonaria, integrado por Exofilms y Prestadora de Servicios Atenea, S.A. de C.V., operó sin la molestia de la competencia económica ni la fiscalización técnica. El Estado eliminó de un plumazo la contienda comercial para entregarle decenas de millones de pesos a intermediarios corporativos cuyos objetos sociales guardan la misma relación con la producción televisiva binacional que la cúpula gubernamental con la austeridad republicana.

Para entender la dimensión del despropósito cultural financiado por la bolsa pública, basta con asomarse a la obra de una de las joyas de este cartel institucional: Armando Toledo Rosas, alias El Bogueto. Su célebre manifiesto urbano, «Mi barrio», es el estándar de oro de esta política cultural. En él, la métrica brilla por su ausencia y la poética se reduce a recitar un diccionario de sinónimos de la precarización laboral: camellando, joseando, chambeando, laborando, generando. Tras deslizar una retórica que pretende reflejar el peligro de las calles, la épica urbana del Bogueto alcanza su clímax filosófico deseando “salud y belleza”. La musa del perreo mexa no habita en las periferias del Estado de México; vive en el folleto promocional de un spa de lujo o en el catálogo de oferta de una tienda departamental.

Retóricamente, el texto es un monumento a la esquizofrenia ideológica. El autor nos notifica que ama al barrio con fervor patriótico, pero inmediatamente aclara que trabaja dieciocho horas diarias con la única meta de no volver a pisarlo jamás. Es el síndrome de Estocolmo con autotune: la romantización de la pobreza como pretexto para la huida individual. Y cuando la jerga de Neza o la Morelos resulta insuficiente, la canción importa modismos dominicanos o puertorriqueños para sonar “internacional”, confirmando que hasta el dialecto de la marginalidad de Estado viene por catálogo de importación.

Brr, brr, brr. Amén.

Fuente:

// Medios / La Mañanera del Pueblo / IAQuemada / HeyGen

Vía / Autor:

// Staff

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Autor: lostubos
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