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Apuntes para desmemoriados III: Cuando se acabe la fiesta

¿De qué auge nos vamos a colgar cuando ya no tenemos uno propio del cual sostenernos?

Por Carlos Chavarria Garza

Las dos columnas anteriores fueron diagnóstico. Como estan las cosas esta es apuesta, y las apuestas obligan al riesgo de errar. Así que aquí va: el próximo ciclo de crecimiento (si lo hay)  en Occidente ya tiene motor, y no somos nosotros. Ese motor sigue siendo Estados Unidos, y no porque lo digan sus propios voceros, eso lo dicen desde 1945 y a veces mintieron, sino porque no existe en el horizonte ningún otro mercado de consumo con esa potencia, esa profundidad y esa velocidad de absorción mas cerca de nosotros. Europa no lo va a ser: seguirá su propia ruta de acomodamiento lento, con Alemania otra vez como centro motriz de una economía que confunde deliberación con parálisis, y que se va a tardar una década discutiendo lo que Washington resuelve en un trimestre. 

China, que construyó sesenta años de superávit exportando más barato de lo que le costaba producir, ya está llegando al fondo de ese pozo: le va a tocar, tarde o temprano, aceptar bailar al ritmo que le marquen desde el norte, porque un país no puede vender para siempre más de lo que compra sin que alguien, en algún momento, deje de comprarle. Pero debe reconocerse: ese motor americano tampoco está del todo sano.

El propio Tesoro estadounidense reconoció este año un pasivo neto que ronda los cuarenta y dos billones de dólares, y el fondo que sostiene las pensiones de sus jubilados se agota en 2032. No hay refugio seguro al que amarrarse sin condiciones. Hay, apenas, el mercado más grande disponible, y hay que usarlo sabiendo que también ese mercado va a tropezar.

A nosotros nos toca la parte más difícil de esta coreografía, y hay que decirlo bien porque lo que buscamos no es sumisión: es inserción productiva sin tutelaje. No se trata de tragarnos nuestra soberanía como defensa narrativa hacia todo, ni de implorarle trato preferencial a nadie, tal cosa sería cambiar una dependencia por otra, la petrolera de ayer por una dependencia diplomática que tampoco vamos a controlar. Se trata de algo más exigente: construir la capacidad propia —ahorro interno, productividad real, instituciones que funcionen— necesaria para posicionarnos en la cadena de valor que nuestro vecino está reconfigurando por necesidad geopolítica y economica propia, sin que esa localizacion nos deje, otra vez, arrastrados por una crisis que no fabricamos nosotros. 

Sesenta años de discurso nacionalista , del PRI viejo al Morena de ahora, que en esto son la misma escuela con distinto uniforme, nos vendieron la idea de que la dignidad nacional se mide en qué tan lejos nos mantenemos del vecino. Esa idea nunca nos dio ni dara de comer. Pero la respuesta correcta no es el extremo opuesto, pegarnos tanto al vecino que su próxima crisis fiscal se vuelva automáticamente la nuestra. Lo mejor es construir margen propio. 

Crecer, esta vez, no va a significar administrar mejor la renta petrolera ni prometer más programas sociales financiados con deuda de corto plazo que depende de que el peso siga de moda entre especuladores (carry trade) Va a significar ser productivos en serio, o al menos sin odiar la productividad, palabra que en este país llevamos dos generaciones sin practicar con seriedad.

Y aquí está el filtro que decide si el próximo auge se convierte en algo real o en otra fiesta capturada antes de empezar: hay que terminar con la reforma política que nos ha traído hasta aquí, concluir los debates pero sin sesgos ideologicos, para que la apertura económica funcione de verdad para todos, no solamente para las pandillas  y grupos devenidos en dueños de las instituciones. 

Esa frase no es metáfora, la venimos documentando columna tras columna: un gobernador imputado, una nómina de sobornos con nombre y apellido, cero por ciento de confianza entre los analistas que consulta el propio banco central. Ninguna cadena de suministro global se va a instalar con seriedad en un país donde el que reparte los contratos y el que se encarga de la proteccion  del crimen organizado terminan siendo, cada vez con más frecuencia, la misma mano. El nearshoring no es una promesa automática. Es una ventana, y las ventanas se cierran si nadie se asoma a tiempo.

Pemex es el caso que mejor resume todo lo anterior, y por eso no se puede dejar fuera de esta apuesta: hay que reconducir la empresa para que sobreviva a sus cánceres internos sobre diagnosticados, y sobre todo hay que evitar que la ineficiencia del propio gobierno termine por comérsela entera, como se está comiendo todo lo demás. No hace falta privatizarla para salvarla —esa es otra discusión, con otro costo político—, pero sí hace falta dejar de tratarla como caja chica de la política y empezar a tratarla como lo que es: el activo patrimonial más grande que tiene el país, y el que menos cuidado ha recibido desde siempre.

Nada de esto va a ser gratis, y aquí es donde toca ser directo y realista con el lector en vez de venderle otra ilusión: vendran ajustes fiscales que van a doler, porque no se puede seguir financiando el gasto corriente con diferencial de tasas indefinidamente. Va a haber una crisis política, quizás más de una, antes de que cualquier reforma real logre desplazar a los que hoy se benefician de que nada cambie. Se va a tener que pagar deuda que hoy se disfraza de estabilidad cambiaria. Y va a haber pérdidas de patrimonio —para el que tiene ahorro en pesos, para el que tiene propiedad expuesta a la incertidumbre jurídica, para el que confió en que el Estado iba a seguir siendo árbitro y no jugador— antes de que el nuevo ciclo, si llega, reparta algo parecido a prosperidad amplia otra vez.

La pregunta que abrí al principio no tiene una respuesta cómoda, y por eso valía la pena hacerla en voz alta: no vamos a tener un auge propio que nos cargue solos, porque no lo hemos construido. Vamos a tener que insertarnos en el auge de otro, el de Estados Unidos, mientras dure, pero eso solo funciona si llegamos con algo que ofrecer y con reservas propias para cuando a ese vecino también le truene la fiesta, no si llegamos con la mano extendida ni discutiendo soberanía retórica mientras el tren ya se fue. 

La soberanía declarativa no alimenta a nadie. La productividad, cuando existe de verdad, sí.

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// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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