Por Joaquín Hurtado
Estudié para maestro de primaria porque ahí no había que decidir entre comer y estudiar. Me recibí. Fui, durante años, el joven que enseñaba a otros niños pobres a sumar fracciones, y guardé ese título con orgullo y agradecimiento. Pero cargué también, por décadas, una envidia que nunca confesé en voz alta.
Cuando alguien decía “soy egresado de la UANL”, yo sonreía y por dentro hacía la resta: lo que ellos tuvieron y a mí me faltó no fue talento, fue una familia que pudiera esperar varios años el retorno de esa inversión. El problema de la educación superior en este país nunca ha sido un examen de inteligencia. Ha sido, antes que nada, un examen de resistencia económica.
La UNAM suspendió las inscripciones de este año porque su examen de admisión –el mismo examen que a mí me habría cambiado la vida si hubiera podido presentarlo– se cayó a pedazos. No por un hackeo espectacular, sino por algo más humillante para la institución: veinte candados tecnológicos, pagados en más de cien millones de pesos, con inteligencia artificial vigilando el rostro y el cuarto y el silencio de ciento cincuenta y ocho mil aspirantes, no lograron detectar a quienes usaron IA para responder, ni a quienes armaron una cámara de trescientos sesenta grados para simular que veían al frente mientras leían de un segundo dispositivo, ni a quienes recibieron las respuestas filtradas en un grupo de WhatsApp.
Hoy la discusión ya no gira únicamente alrededor de quién sabe más, sino de cómo aprendemos, cómo resolvemos problemas y cómo convivimos con máquinas capaces de escribir, traducir, programar e investigar en segundos.
Si un joven logra comprender una tecnología compleja, adaptarse a ella, encontrar soluciones creativas y utilizarla con habilidad para superar obstáculos técnicos, ¿qué nos dice eso sobre sus capacidades? Tal vez no demuestra únicamente que el sistema tiene vulnerabilidades, también revela que existe una generación cuyos conocimientos tecnológicos ya corren más rápido que los modelos educativos encargados de evaluarlos.
Durante décadas, la escuela premió la memoria. Hoy el conocimiento cabe en un bolsillo. Durante décadas se entrenó para repetir respuestas. Hoy el verdadero desafío consiste en formular mejores preguntas. Hoy quizá debería medir quién piensa con mayor profundidad, quién verifica información, quién argumenta mejor, quién crea, quién resuelve problemas inéditos y quién utiliza responsablemente las nuevas herramientas.
Ahí está la tremenda paradoja. El dispositivo de evaluación, diseñado con los más sofisticados candados algorítmicos fracasó estrepitosamente. No solo porque los muchachos hicieran trampa, sino porque usaron la herramienta, la doblegaron a su favor, y obtuvieron buenos resultados. Lo podemos ver como fraude. Yo, desde mi escritorio de profe de Primaria, me pregunto: ¿No es esto encomiable?
Estos jóvenes, a los que el sistema también trata de excluir (porque el examen de la UNAM es, ante todo, un filtro clasista disfrazado de mérito), demostraron una habilidad que ningún plan de estudios obsoleto enseña: la adaptabilidad. Mientras las universidades como la “Máxima casa de estudios» diseñan candados, estos estudiantes aprenden a abrir cerraduras digitales. ¿Quién es el tramposo aquí? ¿El chico que, sin recursos para un curso caro, usa la IA para nivelar el terreno, o la institución que insiste en evaluar conocimientos memorísticos con herramientas del siglo XXI?
Quizá el modelo educativo está fallando. Está anclado en el siglo XIX, evaluando personas del siglo XXI con herramientas del siglo XX. La revolución tecnológica ya rebasó a un sistema que se niega a mutar. Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿qué clase de modelo tendríamos que sustituir y probar? ¿La privatización, como claman algunos, sería la respuesta? No. La privatización no es más que el mismo sesgo clasista, pero con elevadas cuotas de pago. Es cambiar el muro de concreto por uno de cristal; igual de infranqueable para el hijo del obrero.
¿La anulación de estos filtros? Tal vez. Pero anularlos sin transformar la enseñanza es solo postergar el colapso. Porque la verdadera bronca no es que los jóvenes usen IA; la verdadera exclusión es que la UNAM y la UANL sigan midiendo con una regla que ya no sirve para medir el mundo. Yo fui excluido por el dinero. Los chavos ahora están siendo excluidos por vencer un dispositivo tecnológico. Pero ellos, al menos, devolvieron el golpe. Le mostraron a la máquina que la inteligencia no es propiedad de los algoritmos, sino de la astucia humana.
Mientras seguimos diseñando filtros cada vez más sofisticados para impedir el uso de la IA, millones de estudiantes la incorporan a su vida cotidiana con la misma naturalidad con la que generaciones anteriores aprendieron a usar una calculadora o Internet. Es una carrera imposible: cada candado tecnológico inspira una nueva llave tecnológica.
El fraude tecnológico, como el examen mismo, terminó reproduciendo la misma jerarquía de siempre: quien tiene posibilidades, tiene también los recursos para eludir los filtros diseñados para igualar la cancha. Yo, a los diecisiete, no habría sabido burlar ese candado. No por honestidad —por pobreza de herramientas.
Tal vez necesitamos universidades menos obsesionadas con seleccionar y más comprometidas con formar y enseñar a investigar, colaborar, verificar, crear y utilizar críticamente las herramientas tecnológicas. No una educación que compita contra la inteligencia artificial, sino una que aprenda a dialogar con ella. Porque si la máquina nos da todas las respuestas, entonces el verdadero título no será el que cuelga de una pared, sino el que nos permita entender que la educación superior ya no está en los edificios, sino en la capacidad de navegar el caos.
Al final, ellos pasaron el examen. El sistema, no. Y eso, aunque duela, es la más hermosa y triste de las victorias.



