Todo el mundo quiere vivir en paz. Quizas nadie quiera pagarla.
Por Carlos Chavarria Garza
Hace poco vi el anuncio de una empresa de robótica que presumía, entre las virtudes de su máquina, algo que no esperaba encontrar en una hoja de especificaciones técnicas: » We are building machines with brains, muscles, batteries, and one surprisingly human instinct: noticing when we are about to get hurt.», habla de robots que pueden advertir cuándo están a punto de salir lastimados. Le construimos ese instinto a un robot con circuitos y baterías, con la misma precisión con la que durante treinta años nos lo fuimos desmontando a nosotros mismos. https://roboticsherald.com/humanoids-need-real-organs/?ref=robotics-herald-newsletter.
La paz y la estabilidad que nos regaló el Consenso de Washington, o al menos creímos que nos regalaba, porque nunca fue gratis, solo parecía serlo, nos volvió torpes para anticipar el daño. No solo como país, como región, como sistema económico: como personas, como familias, como comunidades que dejaron de leer las señales porque durante tres décadas nadie tuvo que hacerlo. Construimos la máquina que sí nota cuándo le va a doler. Y mientras tanto, dejamos que se nos atrofiara a nosotros el mismo instinto.
Llevo semanas siguiendo el mismo patrón en tres continentes distintos y llego siempre a la misma conclusión incómoda: no estamos viendo crisis aisladas. Estamos viendo el mismo truco financiero y político, repetido con distinto acento, en Beyrut, España, México, Londres y en Tokio. El truco es simple: cuando el capital privado se niega a comprometerse porque no confía en las reglas del juego, el poder, cualquier poder, del signo que sea, sale a comprar tiempo con deuda, con intervención, con subsidio. Y comprar tiempo se siente, por un rato, igual que tener futuro. Pero no lo es.
Empezemos donde el engaño es más difícil de sostener por ser tan obvio: Líbano sigue ocupado por Israel desde la invasión de marzo, con Netanyahu diciendo abiertamente que no retira tropas hasta que exista un «frente interno» libanés contra Hezbolá. Gaza lleva casi trescientos días de «alto el fuego» con más de mil doscientos palestinos muertos dentro de ese mismo alto al fuego y apenas el treinta y cinco por ciento de la ayuda humanitaria pactada cruzando la frontera.
Un alto el fuego o tregua donde se mata gente todos los días no es paz. Es administración de la violencia con otro nombre, Max Weber ya nos había dado la regla para medirlo hace un siglo: paz de verdad es cuando existe un único poder reconocido como legítimo para ejercer la fuerza. Ni Líbano ni Gaza tienen eso, y ningún papel firmado entre poderes que van a seguir siendo poderes mañana instaura ese orden. Johan Galtung le puso nombre a la trampa: paz negativa, ausencia de guerra formal, vendida como si fuera paz positiva, ausencia de la violencia que de verdad importa. Y quien la compra sin revisar la letra chica es, con perdón, un idiota útil.
¿Por qué nadie corrige esto si todos dicen quererlo? Porque la estabilidad regional es, en el sentido técnico de Paul Samuelson, en un bien público: nadie es excluido de sus beneficios y nadie tiene, por si solo, el incentivo de pagar su costo completo. Estados Unidos vende armas, quince mil setecientos millones de dólares aprobados a Israel y Arabia Saudita a finales de enero, sin tener incentivo real en cerrar el conflicto que sostiene ese mercado. Rusia se beneficia del petróleo caro sin mover un soldado. China compra petroleo a ambos bandos sin tomar partido. Free-riding en las tres direcciones, mientras el bien público que todos dicen querer, la paz, nunca se produce.
Despues el patrón salta de Medio Oriente a nuestro propio terreno, aunque con otros instrumentos. Susan Strange lo llamó poder estructural: Washington no necesita darnos una orden directa, basta con que fije las reglas arancelarias y energéticas dentro de las cuales tú tienes que operar. El primero de julio, Estados Unidos dejó el T-MEC en revisión anual hasta 2036 en vez de la renovación automática de dieciséis años. México llega con trece reclamos comerciales formales sobre la mesa, mientras Washington anuncia nuevos aranceles a mitad de la negociación. Se negocia y se golpea al mismo tiempo, y Dani Rodrik ya había anticipado que en ese trilema, soberanía, democracia, integración global, algo siempre cede o se cae.
Hay que recalcar algo, el discurso oficial se aprovecha exactamente de la distancia entre el titular y la letra chica. México presume récord histórico de inversión extranjera, veintitrés mil millones de dólares en el primer trimestre. Pero solo el siete por ciento de eso es capital nuevo; el resto es reinversión de utilidades de empresas que ya estaban aquí. Frank Knight explicó por qué: no es lo mismo el riesgo, que se puede calcular, que la incertidumbre, que no se puede modelar porque las reglas del juego mismo están en disputa. cuando una inversión es irreversible y el entorno es incierto, esperar tiene valor propio. Comprar tiempo vale más que comprar concreto. Mientras tanto, lo que sí entra a raudales es capital golondrino, atraído por un diferencial de tasas de más de quinientos puntos base entre Banxico y la Reserva Federal, el tipo de flujo que Guillermo Calvo advirtió que se va tan rápido como llega en cuanto el diferencial se cierra.
El empleo cuenta la misma historia. El IMSS reporta récord de afiliados, pero el crecimiento viene de transporte, comunicaciones e industria extractiva, mientras la manufactura, el sector que debería estar absorbiendo el supuesto boom del nearshoring, se contrae. ¿De dónde sale el empleo en transporte? Del presupuesto federal, no del mercado: el Tren Interoceánico se sostiene con veinticuatro mil millones de pesos de subsidio anual y genera apenas tres por ciento de sus ingresos por cuenta propia. Es sustitución de inversión privada por gasto público, financiado con deuda porque el capital que debería apostar su propio dinero sigue esperando.
No es exclusivo de México. Todos los gobiernos están usando la misma receta frente a la misma pérdida de sincronía entre lo que el mundo exige, certidumbre y lo que realmente ofrece, fricción constante. Adam Tooze lo llamó policrisis: crisis simultáneas que se retroalimentan sin resolverse una por una. Y el techo de esa receta ya se tocó, no en la teoría sino la semana pasada en Tokio.
Japón sostuvo tasas negativas durante años hasta que el yen se desplomó a mínimos de cuarenta años, y para defenderlo tuvo que vender bonos del Tesoro estadounidense de su propia reserva, disparando el rendimiento a treinta años de Estados Unidos a su nivel más alto desde 2007, justo cuando Washington tiene que refinanciar un tercio de su deuda en los próximos doce meses. El estrés de un país saltó, en días, al sistema financiero de otro. Mundell y Fleming lo habían anticipado con su trilema monetario: nadie sostiene tipo de cambio estable, capital libre y política independiente al mismo tiempo. Algo cede. Y Robert Triffin, medio siglo antes, ya había anticipado que hasta el país que emite la moneda de reserva global paga esa factura tarde o temprano.
¿Qué le queda entonces a un país instalado de lleno en la órbita de Estados Unidos, sin la escala de China ni el aislamiento de Rusia? No es resignarse ni esperar a que el mundo «se resuelva» solo. Es aceptar que la certidumbre de largo plazo que dábamos por sentada entre 1994 y 2020 ya no es un bien gratuito del sistema, y construir nosotros, puertas adentro, lo único que sí controlamos: certidumbre jurídica real, mercados diversificados, infraestructura que sirva bajo distintos escenarios, no solo bajo el que conviene al discurso del sexenio en turno. Porque se puede comprar tiempo con deuda, con tasas, con megaproyectos, con intervención cambiaria.
Lo que no se puede comprar es futuro. Y tarde o temprano, siempre llega la cuenta.



