Nadie se vacuna contra una enfermedad que jura, en plena salud, que nunca va a enfermarse.
Por Carlos Chavarría Garza
Llevamos años discutiendo sobre izquierdas y derechas como si fueran la causa de algo, cuando son apenas el disfraz que se pone la misma enfermedad según el clima político del país donde brota. Cuba, Venezuela, Nicaragua no colapsaron por leer demasiado a Marx; de hecho, en El Capital no hay una sola línea sobre comisariados, partido único o culto al líder vitalicio. Colapsaron porque Lenin, no Marx, inventó al vanguardista que sabe mejor que el pueblo lo que al pueblo le conviene, y porque esa vanguardia construyó una burocracia, el Comité Central, el Politburó, la prohibición de fracciones que Lenin mismo decretó en 1921, en plena Kronstadt, como medida «temporal» que Stalin no inventó, solo heredó, y descubrió que nadie podía ya quitarle la llave.
Ortega, de Nicaragua, no gobierna con Das Kapital bajo el brazo. Gobierna con el manual de Somoza traducido a consignas sandinistas, que es harina de otro costal. La etiqueta ideológica cambia; lo que no cambia es la estructura: alguien se autodeclara el pueblo, sin que el pueblo pueda ya contradecirlo, y ahí empieza la cuenta regresiva.
Aquí es donde México debería dejar de mirar a Nicaragua con lástima y asombro, deberia empezar a mirarse al espejo con más cuidado. No hace falta un gulag para desmontar la corrección política de un sistema. Basta con controlar al árbitro electoral, colonizar las cortes, desaparecer los órganos autónomos de control, y ahora ir por el último eslabón que faltaba: la regulación de medios y redes, vendida, como siempre se vende, con el envoltorio más difícil de rechazar, la protección a la niñez. Ese es el patrón, no la ideología: cuando el mecanismo que corrige al poder queda en manos del propio poder, ya no hace falta reprimir con tanques. Basta con elevar el costo de la disidencia informada lo suficiente para que la mayoría racional, agotada, elija el silencio. Eso no es menos grave que el estalinismo. Es más barato, y por eso mismo más difícil de nombrar y de combatir.
Pero equivocarse de enfermedad es peligroso, porque uno acaba tratando el síntoma y dejando viva la causa. La causa no es de qué lado del espectro gobierna el partido en turno. La causa es monetaria y social, y es más vieja que cualquier presidencia.
Emisión y deuda crecen sin freno porque a ningún gobierno, de cualquier color, le conviene frenarlas mientras dure la fiesta; el costo político de apretar el cinturón siempre se paga antes de la próxima elección, y el costo de la purga siempre se hereda al que venga después.
La expansión fiscal no es un simple error contable, sino la válvula de escape financiera a la que recurren las élites para postergar los conflictos distributivos que no saben resolver en la economía real: repartir hoy la riqueza que todavía no se produce es la forma más elegante de comprar paz social a crédito, y a crédito se cobra siempre, con intereses. Hyman Minsky lo dijo con una frase que debería estar tatuada en la puerta de cada Secretaría de Hacienda del mundo: «la estabilidad es desestabilizadora en sí misma».
Mientras nada truena, la confianza crece; mientras la confianza crece, el financiamiento sano se convierte en financiamiento especulativo, y el especulativo en Ponzi puro, apostando a que el valor del activo siga subiendo para siempre. Ray Dalio le puso número y calendario: el superciclo de deuda no es un accidente de mal gobierno, es la fase madura de un sistema fiat que ningún imperio, desde el siglo XVI, ha logrado evitar. La pregunta nunca es si truena. Es cuándo, y con cuánto control.
México ya está en la fase madura. Aunque la cifra de deuda sobre el PIB suela maquillarse en el debate público para aparentar moderación frente a las economías desarrolladas, la métrica real de asfixia capacidad-ingreso es implacable: una deuda que equivale hoy al 232% de los ingresos presupuestales totales del gobierno; al termino de Fox ese valor fue de 146%; significa que hoy se necesitarían más de dos años completos de toda la recaudación del Estado mexicano solo para cubrir lo que ya se debe. Y llegamos ahí sin el consuelo del auge previo, sin la bonanza petrolera que amortiguó crisis pasadas, con Pemex sostenido con más de catorce mil millones de dólares anuales solo en servicio de deuda. Nada es gratis, y la cuenta siempre llega, tarde o temprano, la pida uno o no.
Ahora viene la parte incómoda, esa que ni la izquierda ni la derecha quieren aceptar: cada bando cree que su fase del péndulo redistributivo es la solución definitiva, no una fase más del mismo ciclo. El que hoy celebra la concentración como eficiencia de mercado está sembrando, con su propio éxito, la próxima reacción distributiva. El que celebra la redistribución sin freno como justicia social está sembrando el vacío de productividad que, tarde o temprano, alguien con aparato coercitivo va a llenar, porque el vacío nunca queda vacío mucho tiempo. Polanyi lo llamó el doble movimiento hace ochenta años y seguimos actuando como si fuera noticia de esta mañana.
El dinero explica cuándo truena. No explica hacia dónde caemos, ni quién decide el reparto mientras tanto. Ese segundo tramo lo decide otra variable, y aquí es donde Karl Popper y Stafford Beer, cada uno desde su trinchera, dicen exactamente lo mismo con palabras distintas. Un sistema con capacidad de disenso, de prensa que investiga, de cortes que no responden a una sola voz, puede corregir su trayectoria antes del despeñadero, amortigua el péndulo, como hace Suecia desde su crisis bancaria de 1992, o como hizo Argentina después del corralito de 2001. Un sistema que ya desmanteló ese mecanismo de corrección —el Sistema 4 de Beer, la variedad requerida de Ashby para responder a la complejidad del entorno— no puede corregir hasta que el golpe es demasiado grande para ignorarlo.
La República de Weimar tuvo dos años más de intento democrático después de la hiperinflación de 1923; lo que la hundió no fue la crisis sola, fue que del otro lado ya había una década de aparato nazi esperando organizado. La crisis no elige su desenlace. Lo elige quién llegó primero con el proyecto ya armado: la alternativa democrática, o el que ya tenía el control y solo esperaba el pretexto para consolidarlo.
Mientras tanto, la generación que va a heredar la próxima purga ni siquiera está leyendo el expediente. No porque no le importe, el argumento de la juventud vaga y desinteresada es cómodo y es falso, sino porque el canal de las redes por el que hoy le llega la política exige una transacción perversa: la plataforma recompensa la dopamina de la indignación rápida y castiga el costo cognitivo de la complejidad. El consumidor no solo es víctima, es participante activo de su propia anestesia en fragmentos de treinta segundos, sin encadenamiento causal. El algoritmo de la red le entregó el resultado que el Estado ni siquiera tuvo que fabricar. No hizo falta censurar a nadie. La demanda de tribalismo y la plataforma hicieron el trabajo primero.
Entonces, ¿qué vacunas aplicarse, mientras hay tiempo, antes de que la próxima purga decida por nosotros? Ninguna elimina la enfermedad, eso hay que reconocerlo, porque prometer un sistema económico sin crisis es la misma trampa que prometió el hombre nuevo soviético: bonita en el papel, imposible en la práctica, porque el crecimiento, la deuda y la ambición humana no se dejan planificar hasta la extinción del error.
Lo que sí se puede hacer es lo que Suiza buscó con su freno constitucional a la deuda, lo que Chile intentó con su regla de balance estructural, o lo que Noruega hizo con su fondo soberano que ahorra en la bonanza para gastar en la sequía: no asumir que la norma escrita es mágica por sí sola, sino elevar tanto el costo político y social de violarla que se vuelva prohibitivo saltársela, sacando la disciplina fiscal de la discrecionalidad del político de turno y poniéndola en una regla automática, aburrida y despolitizada, que actúe sola incluso cuando ningún gobierno tenga el valor de actuar por su cuenta. Esa es la vacuna real: no un profeta que prometa evitar la fiebre, sino un mecanismo que baje la temperatura antes de que llegue la convulsión.
La segunda vacuna es institucional, y ya la escribimos: cortes que no respondan a un solo color, árbitro electoral que nadie controle desde Palacio Nacional, prensa y organismos autónomos con dientes reales, no de adorno. No porque eso elimine la ambición de concentrar poder, esa ambición es constante, no hay sistema que la cure, sino porque un Sistema 4 de inteligencia que mira afuera y adelante vivo es lo único que convierte la próxima crisis en corrección amortiguada en vez de en captura definitiva. Ahí está la diferencia entre Suecia y Nicaragua, no en el nivel de deuda, sino en si quedó algo vivo capaz de decir que no.
¿Y la innovación que de verdad llevaría al sistema económico a un futuro sin crisis? No existe, y quien te la venda te está mintiendo con la misma elegancia con la que Lenin le vendió al proletariado una dictadura «temporal». La innovación real no es abolir el péndulo, eso es fantasía de ingeniero que nunca ha tocado un sistema vivo, es abolir la necesidad de la catástrofe como único mecanismo de corrección.
La inteligencia colectiva articulada es la que debe asumir e institucionalizar el backcasting, no como ejercicio voluntarista del gobierno en turno ni como columna dominical, sino como práctica de preparación previa: partir del futuro que no queremos, trabajar hacia atrás, y dejar la corrección ya diseñada, ya legislada, ya blindada social e institucionalmente, antes de que la próxima crisis nos obligue a improvisarla con el país ya en llamas. La conciencia no despierta sola en la crisis, como algunos quieren creer con demasiado optimismo. Despierta hacia las ideas que alguien, con tiempo, tuvo el trabajo de dejar ya preparadas.
La crisis no es el castigo. Es la factura que llevamos meses, años, décadas, dejando correr sin pagar.



