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¿Homofóbico Paco Ignacio?

Por Joaquín Hurtado

Me cuesta creer que Paco Ignacio Taibo II sea un homófobo furibundo. Sin embargo, existen señalamientos formulados por Víctor Santana, escritor y trabajador del Fondo de Cultura Económica, quien afirma haber sido objeto de comentarios difamatorios en el ámbito laboral de esa institución. Según lo expuesto, su denuncia habría sido ignorada por el director, al considerar que no estaba respaldada por pruebas fehacientes.

Vi la reacción de Paco Ignacio y, debo decirlo, no ayudó mucho. Minimizar las quejas y responder de una manera que puede ser percibida como revictimización no es precisamente la mejor estrategia para un funcionario público. Paco Ignacio Taibo II parece aferrado a su propia versión de los hechos y poco dispuesto a conceder que, aun cuando no exista una política institucional de homofobia, determinados dichos o conductas pueden ser objetivamente reprobables.

Sin embargo, aparte del hermoso catálogo lgbt del Fondo, hay algo más que me impide aceptar sin más la imagen del Taibo homofóbico.

Hace una década viajé a Guadalajara para presentar un libro en la FIL. En las escalinatas del hotel, frente a la FIL, Taibo II conversaba y bromeaba con un grupo de escritores, algunos homosexuales. Departía con ellos con absoluta naturalidad. Me acerqué y, al ser presentado, me preguntó de qué ciudad venía. Cuando supo que era de Monterrey, sonrió y quiso saber cómo era vivir en una ciudad cuyo ambiente consideraba conservador. Incluso me preguntó si alguna vez había sufrido alguna agresión homofóbica y me ofreció su respaldo ante cualquier actitud de censura o discriminación.

Aquella breve conversación me dejó la impresión de estar frente a un hombre abierto, relajado y solidario con las luchas de la diversidad sexual.

Vuelvo al caso del escritor Víctor Santana. Si damos por buenos los motivos de su reclamo, no podríamos afirmar que exista una política institucional de homofobia sistémica dentro del organismo. La denuncia apunta, más bien, a un hecho puntual: determinados comentarios discriminatorios y, frente a ellos, una respuesta institucional insuficiente.

Yo no veo en Taibo II a un hombre empeñado en perseguir homosexuales. Lo que vi, al menos en sus declaraciones públicas, fue fastidio. El fastidio de un militante político acostumbrado al combate, enfrentado ahora a un conflicto laboral que quizá considera menor frente a los enormes problemas de México.

Si hay verdad en las quejas del empleado, el director del Fondo de Cultura Económica ya no puede hablar únicamente como Paco Ignacio, escritor, militante de izquierda, portentoso polemista. Tendría que hablar desde una responsabilidad institucional. Y esa responsabilidad tiene límites. No basta con tener buenas convicciones personales sobre la diversidad. Tampoco basta con haber defendido históricamente determinadas causas. Un funcionario debería responder a las denuncias de sus trabajadores conforme a las normas que regulan su actuación.

Taibo II se metió solo en un lodazal y, una vez dentro, sus propias declaraciones terminaron haciendo el barro más espeso. El problema creció hasta dar armas de sobra a los adversarios. Paco quiso salir del entuerto con rapidez y terminó alimentando la polémica. Su capacidad para usar la lengua como látigo, tan eficaz en la literatura y en la polémica política, puede resultar bastante menos afortunada cuando quien habla ocupa la dirección de una institución pública de enorme peso cultural.

El problema es que el Fondo de Cultura Económica no es una tribuna personal. Es una institución. Y precisamente por eso su director no puede responder a un conflicto laboral como si estuviera todavía en una asamblea política. Tendría que actuar con una responsabilidad proporcional al cargo que ocupa.

El viejo lobo de la izquierda históricamente combativa parece interpretar la protesta como una nueva batalla política. Se irrita, se fastidia y responde como militante. Pero Víctor Santana no tiene por qué comportarse como un partisano. Es un trabajador que plantea una queja dentro de una relación laboral. No necesita compartir la trinchera política de su jefe para exigir un trato digno.

Y cuando un trabajador denuncia discriminación, la respuesta institucional no puede depender de que el director considere exagerada, inoportuna o políticamente incómoda.

Tampoco me trago toda la alharaca de los medios de derecha que tratan de llevar agua a su molino. Es evidente que algunos sectores aprovecharán cualquier conflicto dentro de la llamada 4T. Pero desacreditar la explotación política de un caso no significa desacreditar a quien presenta la queja. Son dos cosas distintas.

No hace falta convertir a Taibo II en un monstruo ni a Víctor Santana en un héroe impoluto para reconocer algo elemental: una denuncia merece ser escuchada. Y quizá esa sea la salida más honrosa que todavía tiene Taibo II.

No necesita declararse culpable de una homofobia que él mismo rechaza. Tampoco necesita aceptar sin matices la interpretación de sus críticos. Puede hacer algo mucho más sencillo y mucho más coherente con la tradición política que dice defender: someter el conflicto a las leyes y procedimientos vigentes, garantizar que la denuncia sea investigada imparcialmente, proteger los derechos del trabajador y aceptar las consecuencias que correspondan si se acredita alguna conducta sancionable.

Eso no sería una derrota política. Sería, precisamente, el comportamiento que se espera de un funcionario. Porque el respeto a la diversidad no se demuestra únicamente con convicciones personales, amistades o antiguas solidaridades. También se demuestra cuando alguien que ocupa una posición de poder acepta que existen reglas destinadas a proteger a quienes se encuentran en una posición más vulnerable.

Taibo II todavía puede salir del atolladero. Pero no lo hará ganando la discusión a gritos ni imponiendo su versión de los hechos. Saldrá de él de manera mucho más digna si permite que las instituciones, las leyes y los procedimientos hagan aquello para lo que existen. El Fondo de Cultura Económica merece algo mejor que convertirse en escenario de una batalla de lodo en las trincheras culturales.

(Monterrey, México, 1961. Premio Nuevo León de Literatura 2006. Cronista urbano. Ha publicado los libros: Guerreros y otros marginales, Ruta periférica, Laredo song, Crónica Sero,  La dama sonámbula, Los privilegios del monstruo, Vuelta prohibida (obra reunida en dos tomos), Teorema del equívoco, La estructura de Andrómeda, La luna es un tiburón. Creador de plástica amateur. Participa en la defensa de los derechos de las minorías sexuales y personas con vih/sida. Viajero incansable, padece deficiencia renal y colitis crónica. Ama los mapas de ciudades perdidas, ver el mundo a través de la poesía y comer en mercados rodantes.)

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// Joaquín Hurtado

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Autor: lostubos
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