Estos son mis principios, si no le gustan, ¡tengo otros! (Groucho. Marx)
Por Carlos Chavarria Garza
Un principio que cambia según la temperatura de la crítica ya dejó de ser principio. Eso es lo primero que hay que decir con todas sus letras, sin el eufemismo de llamarlo «evolución del pensamiento» o «aprendizaje en el cargo». Un principio que se ajusta en tiempo real a la presión del entorno no es principio, es táctica de supervivencia disfrazada de convicción, y la diferencia entre una cosa y otra no es sutil, es la diferencia entre gobernar con ancla y gobernar a la deriva. El político que hoy jura algo y mañana lo desmiente no está siendo flexible, está revelando que aquello nunca fue una convicción sino una posición útil para ese momento del juego, buena solo mientras durara el clima que la hizo conveniente.
Hoy más que nunca estamos en deuda con nuestras propias palabras. No es solo una frase, es diagnóstico de cómo esta la época: la tecnología no inventó la incongruencia, los políticos llevan siglos contradiciéndose, lo que hizo fue volverla inarchivable y por tanto inocultable. Antes una declaración se disolvía en el ruido de fondo de la hemeroteca y ahí quedaba, muerta, sin nadie que fuera a desenterrarla veinte años después. Hoy cada palabra queda con fecha, con rostro, con voz, indexada y recuperable en segundos por cualquiera con un teléfono. Esa es la novedad real, no que los políticos mientan más, sino que ya no pueden confiar en que se olvide lo que dijeron.
Ahí está el caso que lo ilustra sin necesidad de adornarlo: el video de Claudia Sheinbaum hablando, mucho antes de que Morena fuera partido en el poder, sobre lo hitleriano que le parecía elaborar listas de opositores y críticos, resurgido justo cuando ella misma quedó señalada por mandar hacer una lista semejante. No fue una mentira descubierta por un tercero, fue una filmación de ella misma articulando con total convicción el argumento que después terminó violando.
Cuando el material que te desmiente eres tú mismo hablando con la seguridad de quien cree que nunca lo van a grabar de nuevo diciendo lo contrario, no hay salida de «me malinterpretaron» ni de «fue sacado de contexto». El espectador entiende de inmediato que no hubo error de apreciación, hubo adaptación oportunista, y eso erosiona la compostura pública de una manera que ninguna acusación externa logra igualar.
Esto no es fenómeno exclusivo mexicano, es de época. En España, Pedro Sánchez dijo en septiembre de 2019, frente a cámaras, que no dormiría tranquilo si aceptaba un gobierno de coalición con ministros sin experiencia de gestión pública puestos por Pablo Iglesias. Dos meses después, con apenas 48 horas transcurridas desde las elecciones, anunció exactamente ese gobierno con Iglesias de vicepresidente. Nadie sacó ese video de un archivo secreto, estaba en la televisión abierta, y su propio protagonista lo hizo irrelevante en menos tiempo del que tarda una negociación normal en cerrarse.
En Estados Unidos, Kamala Harris se paró en un foro de 2019 y afirmó sin titubeo que no había duda de que estaba a favor de prohibir el fracking desde el primer día de su eventual gobierno. Cinco años después, ya candidata presidencial, dijo lo contrario, y cuando se lo confrontaron con el clip original no reconoció el giro, insistió en que sus valores nunca habían cambiado y que ya lo había aclarado desde 2020. Ese segundo movimiento, negar el cambio en vez de simplemente explicarlo, es el que de verdad delata que no había principio detrás, solo cálculo electoral con ropa de convicción.
En el Reino Unido, Keir Starmer ganó el liderazgo laborista en 2020 con un video de campaña donde fijaba diez compromisos, entre ellos subir impuestos a los más ricos y revertir los recortes al impuesto corporativo. Dos años después, ya al frente del partido, los desechó en bloque alegando que la pandemia había vuelto obsoletas las promesas hechas antes de ella, y llegó a despedir a un miembro de su propio gabinete por acudir a una línea de piquete sindical, el mismo Starmer que en 2020 se presentaba como sindicalista convencido. Aquí ni siquiera hizo falta que alguien desenterrara el video, él mismo lo dejó circulando como material de campaña, y ahí sigue, disponible para cualquiera que quiera medir la distancia entre lo que prometió y lo que gobernó.
De regreso en México, el patrón se repite hasta en el tono: en julio pasado circuló un audio del dirigente panista Rodrigo Gutiérrez Ureña en Chihuahua, donde ante la pregunta directa sobre acuerdos de su partido con el crimen organizado respondía de forma afirmativa. La defensa que siguió fue la de siempre en estos casos, que se trataba de una lectura ajena y no de una confesión textual, que todo dependía del sentido que se le diera a la frase. Pero la grabación no necesitaba interpretación forzada para incomodar, incomodó sola, que es justamente lo que distingue al video que desmiente del rumor que se puede negar.
Es una desgracia para todo político olvidar lo postulado al calor de salirle al paso a todo evento o suceso, solo por aparecer en todos los juegos y escenarios. Y esta es la parte que casi nadie nombra porque parece menor comparada con la hipocresía misma: la compulsión de opinar sin pausa, la incapacidad de dejar pasar un micrófono sin llenarlo. El político que hablara menos tendría, por pura aritmética, menos con qué contradecirse.
El problema no es solamente que cambien de convicciones, es que producen tantas declaraciones que ninguna alcanza siquiera a madurar antes de que la siguiente urgencia la vuelva obsoleta o la desmienta. Hay un proverbio, se dice que árabe, que resume mejor que cualquier tratado de ética pública lo que le falta a esa clase política: solo habla cuando tus palabras sean mejor que tu silencio. No es consejo de introvertidos, es filtro de relevancia, algo que evitaría que cada aparición se convierta en una nueva oportunidad de quedar documentado contradiciéndose a sí mismo.
El riesgo, sin embargo, no está solo del lado de quien habla de más, está también del lado de cómo usamos esa memoria perfecta que ahora tenemos. Si el único destino de ese archivo inmenso es cazar contradicciones para linchar figuras, sin que exista ningún proceso paralelo que reconstruya y premie la congruencia sostenida, el efecto no es más honestidad pública, es más cinismo.
La gente aprende que todos mienten, que todos se contradicen, que la única diferencia entre un político y otro es qué tan bien editado tiene su pasado, y entonces el voto deja de ser elección entre proyectos y se convierte en el péndulo electorero: cambio de rostro, cambio de bandera, cambio de lema, la misma decepción de siempre disfrazada de renovación. Eso no es democracia funcionando, es democracia simulando que funciona mientras lo que de verdad decide permanece intacto detrás del vestuario que se cambia cada seis años.
La salida no está en tener menos memoria tecnológica, sería absurdo pedir eso, está en que esa memoria empiece a servir no solo como arma de exhibición sino como base de datos de trayectoria. Un político auditable no por un clip aislado sino por la coherencia entre veinte años de declaraciones y veinte años de decisiones. Ahí sí el péndulo tendría que aprender a distinguir entre quien cambia de opinión porque le llegó evidencia nueva, que es legítimo y hasta deseable, y quien cambia de opinión porque le llegó una encuesta nueva, que es exactamente lo que llevamos décadas normalizando.
Mientras eso no ocurra, la cuenta sigue corriendo.
Toda deuda se paga porque se paga, aunque queramos negarla.



