Hay bandas que cambian la historia llenando estadios. Otras vendiendo millones de discos. Y existen algunas mucho más extrañas: aquellas que quizá nunca alcanzaron el éxito comercial que merecían, pero terminaron enseñándole a miles de músicos que también podían hacer rock. Los Ramones pertenecen a esa última categoría; publicó MILENIO.
El 16 de agosto de 1974, Joey, Johnny, Dee Dee y Tommy Ramone tocaron por primera vez en el CBGB de Nueva York con aquella formación. Nadie podía imaginar que ese pequeño club del Bowery terminaría convertido en un santuario y que aquellos cuatro muchachos de Queens serían fundamentales para entender el nacimiento del punk.
Lo primero que hay que recordar es que no eran hermanos. Joey se llamaba Jeffrey Hyman; Johnny, John Cummings; Dee Dee, Douglas Colvin; y Tommy, Thomas Erdelyi. Adoptaron el apellido Ramone y terminaron creando una de las familias ficticias más famosas del rock. Su propuesta era casi una reacción contra lo que estaba sucediendo en la música de mediados de los setenta. Mientras muchas bandas hacían canciones largas, arreglos complejos y solos interminables, los Ramones decidieron eliminar prácticamente todo lo que consideraban innecesario. Tres o cuatro acordes. Dos minutos. Velocidad. Volumen. Y otra canción. “One, two, three, four”.
En 1976 grabaron su primer álbum, Ramones, en apenas siete días y con un presupuesto cercano a los 6 mil 400 dólares. Su portada tampoco necesitó grandes artificios: cuatro tipos con chamarras de cuero y jeans frente a una pared de ladrillos. Una fotografía aparentemente sencilla que terminaría convertida en una de las imágenes más reconocibles de la historia del punk.
Lo mismo sucedió con su famoso logotipo, creado por Arturo Vega e inspirado en el sello presidencial de Estados Unidos. Décadas después, aquella águila con un bat de béisbol y la frase “Hey ho, let’s go” aparecería en millones de camisetas alrededor del planeta.
Y aquí surge una de las grandes paradojas de su historia: probablemente existen personas que han usado una camiseta de los Ramones sin haber escuchado jamás un disco completo de los Ramones. Pero detrás de aquella imagen de pandilla inseparable había enormes diferencias. Joey y Johnny tenían personalidades prácticamente opuestas. Su relación se complicó todavía más cuando Linda, quien había sido pareja de Joey, comenzó una relación con Johnny y finalmente se casó con él. A pesar de aquella fractura personal siguieron compartiendo escenarios durante años. Otra historia extraordinaria ocurrió cuando trabajaron con el legendario Phil Spector en End of the century. Los Ramones estaban acostumbrados a grabar rápidamente; Spector podía pasar horas buscando un sonido específico. Johnny llegó a repetir incontables veces un mismo acorde hasta conseguir lo que el productor quería.
Quizá el episodio más importante para entender su legado ocurrió en Inglaterra. Cuando los Ramones llegaron a Londres en 1976 encontraron una generación de músicos jóvenes buscando precisamente una señal que les demostrara que no era necesario ser un virtuoso para formar una banda. Los Ramones se la dieron. El punk británico desarrollaría después su propia identidad con grupos como Sex Pistols y The Clash, pero aquellos cuatro muchachos de Nueva York habían demostrado algo fundamental: para hacer rock no necesitabas tocar 20 minutos. Necesitabas tener algo que decir y atreverte a subir al escenario.
Los Ramones tocaron juntos durante más de dos décadas y realizaron 2 mil 263 conciertos. Su última presentación ocurrió el 6 de agosto de 1996 en Los Ángeles. Después llegaría la parte más triste de la historia. Joey murió en 2001. Dee Dee en 2002. Johnny en 2004. Y Tommy, último sobreviviente de la formación original, en 2014.
Los cuatro desaparecieron físicamente, pero para entonces su influencia estaba en todas partes. Porque quizá esa sea la gran enseñanza de los Ramones. El éxito y la trascendencia no siempre son la misma cosa. Nunca vendieron tantos discos como otros gigantes de su generación. Nunca fueron durante su carrera la banda más grande del planeta. Pero miles de jóvenes escucharon sus canciones, tomaron una guitarra y pensaron: “Yo también puedo hacerlo”. Y pocas cosas pueden ser más importantes para un artista que provocar eso.
Han pasado 52 años desde aquella noche de 1974. Y continúan sonando jóvenes, rápidos, imperfectos y maravillosamente urgentes. Y para cambiar la historia del rock, les bastaron una chamarra de cuero, una guitarra, dos minutos… y cuatro palabras: One, two, three, four.
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