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El censor oficialista: Álvaro Cueva y el negocio de la indignación por encargo

Por María Beasain // IAQuemada

Hay que tener un estómago blindado —o una nómina muy generosa del erario— para atreverse a escribir con la histeria moralina con la que Álvaro Cueva suele disfrazar sus ajustes de cuentas.

El otrora comentarista de la frivolidad televisiva, el veterano de la lisonja a las telenovelas de Televisa y los sillones de Ventaneando, ha decidido reinventarse en la madurez como el gran comisario de la decencia pública. Ahora se desgarra las vestiduras, invoca los derechos humanos entre chillidos tipográficos y califica de «mierda pura» cualquier cosa que no pase por el tamiz de su beatífica condescendencia oficialista. ¿Cuántos millones recibe Álvaro de la Cuarta Transformación?

Qué conmovedor espectáculo: el crítico que aplaudió durante décadas la degradación sistemática de la televisión abierta comercial hoy descubre, con espanto de catequista trasnochado, que la parodia política es de mal gusto.

La doctrina del doble rasero

El detonante de su última rabieta no es la calidad estética, ni la defensa del espectador, ni mucho menos la pulcritud legal. A Cueva no le estorba la basura audiovisual; le estorba la dirección en la que apunta la sátira.

Cuando la televisión pública y los corifeos digitales del régimen dedican horas y presupuestos a la burla procaz, la caricaturización grotesca y el linchamiento sistemático de cualquier opositor o periodista incómodo, Álvaro bosteza, mira para otro lado o encuentra virtudes pedagógicas en el lodazal. Pero en cuanto un producto como La casa de los mañosos recurre al meme, la inteligencia artificial y el ridículo para exponer a los jerarcas y consentidos del poder en turno, a Cueva le brota una úlcera institucional.

De pronto, la sátira ya no es sátira: es «odio», es «delito», es «una amenaza a la seguridad nacional».

Para sostener su teatro, Cueva recurre a la vieja táctica del burócrata asustado: citar leyes a conveniencia, retorcer artículos de radiodifusión que ni siquiera dicen lo que él afirma e implorar, casi de rodillas, la mano dura del Estado. El crítico de espectáculos exige censura previa con la misma soltura con la que antes calificaba vestuarios en una alfombra roja. Quiere que el gobierno apague interruptores, descuelgue transmisiones y multe a los insolentes.

El problema de Álvaro es que confunde la Constitución con un reglamento interno de televisora. En una democracia funcional, los funcionarios y las figuras públicas no tienen derecho a no ser ofendidos. La parodia cáustica, el mal gusto y el ridículo forman parte del costo de entrada al banquete del poder. Si los personajes del oficialismo quedan retratados como marionetas grotescas, el remedio nunca es la clausura estatal, por más que al censor en turno le ardan las pupilas. ¿Cuántos millones recibe Álvaro de la Cuarta Transformación?

El servilismo con barniz intelectual

Lo más grotesco de la prosa de Cueva no son sus adjetivos chillones ni su falso pánico moral; es el cinismo con el que pretende desvincularse de la política mientras cobra, opera y aplaude en los canales del régimen. Decir «esto no tiene que ver con una postura política» mientras se pide la guillotina para el contenido que incomoda a sus benefactores es un ejercicio de hipocresía que solo un público cautivo podría tragarse.

Álvaro Cueva no está defendiendo la ética, ni la paz social, ni a las audiencias. Está defendiendo el monopolio del vituperio. Le enfurece que otros usen las mismas herramientas de escarnio digital con las que sus aliados construyeron su oficiosa hegemonía mediática.

Al final del día, el crítico histriónico se ha quedado sin espejo: quien pasó su carrera pontificando sobre los contenidos ajenos ha terminado por convertirse en el contenido más predecible, servil y rancio de la comedia política mexicana. Literal: ¿cuántos millones recibe Álvaro Cueva de la Cuarta Transformación?

@espejonegromx El censor oficialista: Álvaro Cueva y el negocio de la indignación por encargo Por María Beasain // IAQuemada Álvaro Cueva pasó de calificar televisión a querer calificar quién merece hablar. Del crítico de espectáculos al inspector de la sátira. Qué metamorfosis: ayer crítico de televisión, hoy aspirante a comisario de la decencia pública. No está defendiendo el buen gusto., está proponiendo que el Estado decida qué sátira resulta tolerable. Cueva quiere convertir una discusión sobre contenidos en una discusión sobre castigos. Del control remoto al control político hay una distancia peligrosamente corta. Si necesitas al Estado para derrotar un meme, ya perdiste la discusión. #méxico #tvazteca ♬ sonido original – espejonegromx

Foto portada: Inteligencia artificial (IA)

Fuente:

// Medios / IAQuemada / HeyGen

Vía / Autor:

// Staff

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Autor: lostubos
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