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Enanos en el pleito de gigantes

La ONU se fundó para que el mapa nunca más se dibujara con sangre; nadie dijo que no pudiera volver a dibujarse con contratos.

Por Carlos Chavarria Garza

Mientras estamos esperando que Rocha Moya agarre valor, el orden internacional de las últimas décadas se derrumbó sin una declaración solemne de guerra, sino con la pérdida gradual de la vergüenza. Durante casi un siglo nos acostumbramos a que el despojo exigiera al menos cierta coreografía diplomática: tratados redactados con cuidado, organismos multilaterales fungiendo de árbitros y un lenguaje técnico que disimulaba la asimetría del poder bajo el barniz de la cooperación. El acuerdo tácito consistía en que la fuerza bruta quedaba proscrita de la vitrina pública, reservada apenas como último recurso inconfesable o administrada mediante la asfixia silenciosa del crédito y la deuda .

Ese decoro acaba de quedar enterrado. Cuando la potencia que redactó las reglas decide que ya no tiene tiempo que perder en intermediarios ni disfraces, la geopolítica deja de parecerse a un tribunal para volver a operar como un patio de cobro. Lo que se avecina no es una anomalía pasajera, sino el regreso abierto al reparto de los recursos estratégicos, inaugurado con un descaro que desmantela las ficciones jurídicas de la posguerra y redefine el tablero continental ante nuestros propios ojos.

Los EEUU en boca de su presidencia lo anuncia , como quien no tiene nada que esconder porque ya no necesita esconderlo: Venezuela, ese «buen amigo y vecino», firmó para que Estados Unidos administre su petróleo. Sesenta y cinco mil millones de barriles, el control mayoritario, cincuenta y cinco por ciento de la producción efectiva de la nueva empresa, todo «sin costo alguno para el contribuyente estadounidense». Siete meses antes, tropas norteamericanas habían sacado a Maduro de Caracas en una operación nocturna y lo habían llevado a Nueva York a enfrentar cargos. Delcy Rodríguez, sin urnas de por medio, quedó como interlocutora reconocida. El petróleo llegó después, como llega siempre: cuando ya no hay quién pregunte en qué condiciones se negoció.

No hay que llamarle colonialismo territorial porque no lo es; nadie plantó una bandera nueva en Caracas. Es algo peor en su honestidad y más viejo en su forma: la concesión petrolera de antes de las nacionalizaciones, la que México cortó en el 38 y la que Irán intentó cortar con Mossadegh (el Cárdenas de ellos), solo que esta vez no hizo falta esperar a que un gobierno se pusiera necio. Se le quitó primero al gobierno la cabeza, y luego se negoció con el que quedó. Ese es el detalle que cambia todo: no es la vieja explotación colonial disfrazada de nuevo, es esa vieja explotación colonial sin disfraz, porque ya no hace falta.

Nadie debe sorprenderse. La Doctrina Monroe de 1823 fue la declaración de espacio vital de Estados Unidos, con el mismo tono paternal con el que hoy se llama a Venezuela «amigo y vecino». El Corolario Roosevelt de 1904 ya avisaba que Washington se reservaba el derecho de intervenir cuando algún país del continente se portara mal. No hay que rasgarse las vestiduras como si esto fuera nuevo; hay que rasgarlas porque volvió sin que nadie siquiera chistara.

Después de la Segunda Guerra el mundo construyó, con toda la mala conciencia posible, un cortafuegos para que el espacio vital no volviera a resolverse a cañonazos. La Carta de la ONU prohibió la fuerza como método de disputa entre Estados; Bretton Woods abrió la vía sustituta, brutal en sus asimetrías pero al fin y al cabo negociada: deuda, condicionalidad, ajuste estructural, en vez de tanques. Dolió, y dolió mucho a regiones enteras, pero mientras ese cortafuegos aguantó, la disputa por recursos no se jugaba con ejércitos. Ese fue el trato tácito de la posguerra: se puede seguir siendo desigual, pero no se puede volver a matar por el mapa.

Lo que ahora Venezuela deja ver es que el garante del cortafuegos puede ser el primero en perforarlo. No un Estado marginal desafiando el orden desde afuera, sino el propio fundador del sistema, usando la fuerza para instalar gobierno y después cobrando el recurso con el vocabulario limpio de la inversión privada. Y si el garante de Breton Woods lo hace y sale ileso, ¿con qué autoridad se le exige a Rusia que no reclame su salida al Mediterráneo y el granero de Crimea, esa sí, necesidad estratégica real, aguas cálidas y trigo, el “Lebensraum” (espacio vital) más clásico que ha vuelto a ejecutarse en Europa desde 1945? ¿Con qué cara se le pide a China, acreedora de sesenta mil millones de dólares que metió en el chavismo y que nunca le pagaron, que no cobre algún día por su propia vía, más paciente, más política , pero de la misma familia?

Porque el mundo no se quedó tranquilo mientras tanto, aunque lo parezca desde acá. Todos aprovecharon el momento, Rusia convirtió el trigo en instrumento de política exterior, pasó de quinto exportador mundial a primero en dos décadas calculadas al milímetro, y hoy reorienta lealtades enteras en África y Medio Oriente con la promesa o el veto de un barco de grano. India prohibió de un plumazo la exportación de arroz no basmati en 2023 y el precio global saltó de inmediato, sin un solo disparo. Cuatro corporaciones privadas controlan buena parte del comercio mundial de granos y ganaron más que nunca precisamente en los años de la crisis de precios. La guerra del arroz ya empezó; simplemente no usó uniforme.

Los tres grandes evitaran chocar entre sí desviando el conflicto hacia la parte más débil: los reclamos de China y Rusia se litigan contra Venezuela, no contra Estados Unidos, mediante arbitraje de inversión; Pekín opta por la paciencia, apostando a recuperar terreno cuando cambie el ciclo político antes que confrontar ahora; lo que está en disputa es, además, una fracción acotada frente al total de reservas de PDVSA, lo que le resta urgencia al cálculo de escalar; las protestas de ambas potencias se quedan en el terreno verbal, sin represalia material que las respalde; y, sobre todo, Venezuela pesa poco frente a lo que China y Rusia tienen en juego con Washington en otros frentes, así que la pérdida ahí se absorbe dentro de negociaciones bilaterales mucho más grandes. Ningún amortiguador es virtud diplomática; todos comparten el mismo mecanismo, que el costo del choque lo termine pagando el enano más débil de la cadena.

En tanto los mexicanos; mientras el tablero se reparte; seguimos discutiendo entre nosotros mismos si el adversario ideológico de enfrente es más o menos traidor, entrampados en una guerra doméstica contra la corrupción del régimen y sus ramificaciones con el narco, como si esa guerra, siendo real y siendo necesaria, nos diera derecho a no levantar la vista. Somos un país enano en medio de un pleito de gigantes?  Que con toda facilidad, nos pueden aplastar sin siquiera notarlo, ocupados como estamos en pelearnos por el patio mientras a la casa entera le están cambiando de dueño?.

Mientras discutimos quién es más corrupto, los gigantes ya firmaron quién es dueño del mundo.

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Vía / Autor:

// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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