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No es lo mismo no crecer que no querer verlo.

Por Carlos Chavarria Garza

México lleva ocho años con un crecimiento insuficiente y sin incentivos para lograrlo. No es una opinión, es aritmética. Y un país que no crece, que carga corrupción como quien carga una hipoteca vencida, que ya no tiene margen de maniobra económico ni financiero, no se puede dar el lujo de mentirse a sí mismo. Esa frase debería estar grabada en la puerta de Palacio Nacional. En cambio, lo que hay ahí adentro es exactamente lo contrario: un aparato entero dedicado a que el país no vea el tamaño real de su propios fracasos .

El cambio que se necesita no es misterioso. Reducir el gasto corriente. Desregular la economía. Liberar las trabas a la inversión y sobre todo, deshacerse de ese nuevo sector paraestatal, bancos, ferrocarriles, puertos, y la lista sigue, que no es política industrial, son abismos financieros y de corrupción con nombre de proyecto insignia. Nadie en Hacienda lo va a decir así, pero cualquiera que haya hecho números lo sabe. El problema no es que México no sepa qué hacer. El problema es que sabe exactamente qué hacer y decide no hacerlo, porque hacerlo cuesta votos y no hacerlo, por ahora, no cuesta nada visible.

Ahí está la trampa. Porque no hacerlo tampoco es gratis, ese es el error de cálculo. No hay lonche gratis, y este gobierno cree que sí lo hay. Cuando un Estado se niega a reconocer el costo real de su gasto, tarde o temprano tiene que salir a buscarlo, y lo busca donde siempre: en la sociedad. Más mecanismos “novedosos” para sacar recursos públicos de los bolsillos de la gente. Y eso no es un ajuste técnico, es un veneno lento: destruye el ahorro, destruye la confianza, y ninguna de las dos cosas se recupera con un comunicado de prensa.

El truco favorito no es nuevo, pero este sexenio lo perfeccionó: mover la definición de las cosas en vez de mover las cosas. Reclasificar gasto social como «inversión en capital humano» para que el presupuesto se vea equilibrado en el papel. Apoyo total diario  a Pemex  del orden de 200 millones de pesos diarios, nada menos) fuera del reflector del déficit oficial, y cuando ni eso alcanza para maquillar el cuadro, aparecen las denuncias de datos inflados llegando al propio INEGI, actividad de gobierno y de Pemex que no cuadra con la realidad. Popper decía que una afirmación que no se puede poner a prueba no es ciencia, es dogma. Un Estado cuyas cifras no se pueden falsear tampoco hace política económica: hace propaganda con calculadora.

La factura de esa mentira no se pagara sola, ni se paga adentro. México vive amarrado al carry trade: el peso se sostiene porque Banxico mantiene la tasa alta, no porque la economía real lo justifique. Cuando el Tesoro de Estados Unidos decide intervenir su propio mercado de deuda para bajar sus costos de financiamiento, el peso se mueve, sí, pero no por mérito propio, se mueve porque un capital golondrino decidió que, por ahora, seguía siendo negocio venir. El día que ese cálculo cambie, el diferencial de tasas que hoy nos regala una moneda dizque “fuerte” (habrá que preguntarle a los exportadores y los que viven de remesas en dólares que piensan) es el mismo que entonces la va a hundir. Todo esto ocurre justo cuando el proceso electoral mexicano de 2027 ocurrirá, meses después de que Estados Unidos resuelva el suyo en Noviembre de 2026: la economía nacional bailando al ritmo de un reloj que no controla, en el peor momento posible para dejarlo solo.

Si en lo fiscal el gobierno elude la factura con definiciones, en lo internacional la elude con doctrina. La misma administración que se escondió en la «autodeterminación de los pueblos» para abstenerse de condenar el pestilente intento de legalizar en Nicaragua una dictadura en toda la forma, no tuvo el menor pudor en criticar los resultados electorales de Colombia cuando esos resultados no le convenían. Cuando se trata de Ortega, la no intervención es principio sagrado. Cuando se trata de Espriella, de pronto sí hay opinión, sí hay señalamiento, sí hay hasta calificativo de ultraderecha. Eso no es política exterior. Es conveniencia con vocabulario constitucional.  Conviene recordar que el país cuyo gobierno acusamos de doble discurso es, casualmente, el mismo con el que hacemos más del ochenta por ciento de nuestro comercio exterior.

Por si algo faltara, el mismo gobierno que no puede sostener una postura firme frente al mundo, gobierna hacia adentro como si cada crítica fuera un pleito de vecindad. Se levanta una lista de periodistas, que insisten en que no es lista, pero que exhibe nombres y apellidos en cadena nacional. Se responde a la oposición no con argumentos, sino con «esa es su pobre historia de vida». Se resuelve un conflicto institucional en el Senado trayendo a cuento una cuenta pendiente de la propia juventud universitaria. No se discute lo que se dijo, se señala a quien lo dijo. Eso no es conducción de Estado, es rencor con micrófono oficial.

Entonces llega la pregunta que de verdad importa, la que se hace cualquiera que tenga que decidir dónde poner su dinero: ¿quién va a confiar en invertir o hacer negocios en un país así? La respuesta ya está en los números, aunque el discurso oficial la disfrace de éxito. Casi toda la inversión extranjera que hoy presume México es reinversión de utilidades de empresas que ya están aquí, atrapadas por sus propios costos hundidos, no capital nuevo apostando en frío por el país, y cuando se le pregunta al empresario mexicano; el que no tiene el filtro de la distancia, el que vive el país todos los días; cada vez cree menos que sea buen momento para invertir. Eso no es confianza. Es inercia disfrazada de confianza, y la inercia se acaba.

Un país que se ve enano ante sus propios problemas no va a crecer confrontando a sus vecinos: ni a los de fuera, ni a los de adentro.

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// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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