Por María Beasain // IAQuemada
Hubo un tiempo —remoto, casi paleolítico, allá por el heroico plantón de Reforma en 2006— en que la salvación del alma cívica nacional radicaba en un mantra visceral, bronco, de garganta reseca y carpa de lona: «¡Voto por voto, casilla por casilla!». Abrir los paquetes electorales era el único conjuro capaz de espantar a los demonios del fraude cibernético, del algoritmo calderonista y del alquimista de cañería priista.
Dos décadas después, instalados con comodidad tlatóanica en el segundo piso del Popocatépetl republicano, el catecismo para chairos remisos ha sido refinado por la gracia del Quetzalcóatl burocrático. Hoy el dogma exige la conversión inversa: cerrar la caja, tragarse la llave, arrodillarse ante el misterio y acatar con beatitud macehualli. El templo Mayor, regentado con mano de hierro y sonrisa de trámite por Ariadna Montiel y la incombustible Citlalli Hernández desde la Comisión Nacional de Elecciones, ha obsequiado a la República su primer milagro rumbo a 2027: diez coordinaciones estatales sacadas de la chistera hermenéutica. Diez bendecidos que, estatutos en mano, coordinan comités de defensa pero que, en el lenguaje terrenal de cualquier mortal con dos dedos de frente, son virtuales candidatos a gobernador con pase VIP para esquivar las engorrosas leyes de precampaña.
El detalle —la nimiedad técnica que tiene a los próceres de la izquierda desgarrándose las vestiduras de lino campesino y a la dirigencia del PT al borde del patatús es que nadie vio la encuesta. No hay marcos muestrales, no hay ponderaciones cualitativas, no hay cruces de variables, no hay margen de error visible. Wey, la demoscopia guinda ha alcanzado el estatus teológico de la Santísima Trinidad colonial: sabemos que existe, se nos exige adorarla, pero intentar explicarla empíricamente raya en la herejía.
La presidenta Claudia Sheinbaum tuvo que descender a la arena en su Mañanera. Para resolver el dilema ético, aplicó un prodigio de desdoblamiento cuántico: anunció que se despojaba momentáneamente de la “investidura presidencial” para opinar como una sencilla y desinteresada militante de base. Faltaba más. Con su proverbial aplomo tecnocrático, Sheinbaum pontificó que el método de la encuesta probabilística es la cúspide moral de la izquierda científica, el único antídoto contra el viejo canibalismo perredista donde las tribus se disputaban las urnas a patadas, padrones inflados y compra de despensas. La encuesta, vino a decirnos, mide honestidad percibida, reputación, cercanía y potencial de voto a través de diez reactivos sagrados. Pero cuando le preguntaron por qué nadie puede ver las hojas de campo, la doctora recurrió al truco más viejo del repertorio cortesano: “En su momento tendrán que abrir todas las encuestas”.
Y para darle barniz de institucionalidad a esa patada hacia adelante, la propia dirigente nacional de Morena, Ariadna Montiel, salió presurosa a ofrecer rueda de prensa para calmar las aguas: prometió que las encuestas sí se harán públicas, que se transparentará el proceso rumbo a 2027 y que se mostrarán “detalladamente, una por una”… pero con una pequeña y deliciosa cláusula de letra chiquita: los datos se darán a conocer únicamente hasta que terminen las presentaciones de todos los coordinadores del movimiento. Uf, uf y recontra uf: primero te nombro a los ungidos, primero te impongo a los coordinadores, primero te tomo la foto oficial levantándoles la mano, primero sofoco o disciplino a los inconformes, y ya cuando el pastel esté repartido, digerido y convertido en trámite irremediable, entonces sí —con la generosidad que caracteriza al vencedor— abriremos la gaveta para que miren las gráficas de adorno. Una autopsia estadística a destiempo, donde el cadáver de la democracia interna ya estará enterrado y con misa de réquiem pagada. La transparencia como trámite post mortem.
La ironía histórica es demoledora. En 2011, Andrés Manuel López Obrador y Marcelo Ebrard pactaron encuestas cruzadas, firmas privadas y apertura inmediata de datos para no quebrar el movimiento. En 2017, la propia Sheinbaum se vio beneficiada por la “caja negra” que Ricardo Monreal impugnó hasta el delirio en la Ciudad de México. En 2023, para aplacar a Ebrard, montaron el circo monumental de las cuatro encuestas espejo, las boletas circulares y las urnas transparentes de policarbonato custodiadas con sangre de unicornio —lo que no impidió que Marcelo denunciara en 41 cuartillas la operación descarada de los Servidores de la Nación. El lopezobradorismo comenzó exigiendo contar los votos uno a uno para exorcizar al fantasma del fraude, y el régimen de Claudia Sheinbaum ha descubierto que la forma más limpia de sofocar la rebelión interna es decretar la victoria en secreto y prometer que, después de la fiesta, enseñarán las cuentas. A los dirigentes de Morena no les importa la base… wey, lo repito, a los dirigentes de Morena no les importa la base. Enrique Dussel fue lapidario al confirmar ante Julio Astillero que las encuestas en Morena son un disfraz del dedazo. Literal. Disfraz del dedazo. Finalizo con una duda razonable y pregunto: ¿se están vendiendo las candidaturas en Morena?



