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Clara Luz: el cuarto lugar que Ariadna convirtió en victoria

Por María Beasain // IAQuemada

Escucho a Ariadna Montiel asegurando —sin que le tiemble un solo músculo facial de la disciplina partidista— que «el pueblo de Nuevo León votó por Clara Luz Flores» produce una fascinación casi patológica. Habrá que preguntarle a la lideresa del partido en qué pliegue del multiverso ocurrió semejante epifanía popular, porque en este plano terrenal, regido por las actas del órgano electoral, el «pueblo» mandó a su ungida a un humillante y desértico cuarto lugar.

Hagamos un poco de memoria forense, esa disciplina tan temida en el Instituto de Formación Política de la 4T. En 2021, la señora Flores Carrales arrancó con un generoso 33% de intención de voto; tres meses después, la ciudadanía la catapultó con singular entusiasmo hasta un raquítico 14%. No sólo la barrieron el carisma de redes de Samuel García y el colmillo priista de Adrián de la Garza; el colmo de la degradación comicial fue quedar relegada detrás de Fernando Larrazábal, un panista cuyo mayor capital político era cargar con la fantasmagoría de los quesos de su hermano. Si eso fue «el pueblo votando por Clara Luz», la dirigencia morenista requiere con urgencia una auditoría semántica.

Wey, el Olimpo del Comité Ejecutivo Nacional opera con la lógica del fósil: si la realidad estorba a la camarilla, se inventa otra. La dupla de Montiel y Citlalli Hernández en la cúpula, operando el dedazo con la liturgia estalinista disfrazada de «encuesta científica», nos vende que el electorado de la Sultana del Norte sufrió un súbito lavado de cerebro colectivo. Tras pasar años llamando conservadores irredentos a los nuevoleoneses, ahora resulta que las masas del Cerro de la Silla clamaban en vigilia por el regreso de la ex priista.

Claro que para tragar semejante rueda de molino hay que fingir que la biografía de la flamante Coordinadora Estatal de la Transformación empezó ayer. La bendición cupular, cocinada a fuego lento bajo el manto protector de Rosa Icela Rodríguez desde Bucareli —quien la paseó primero por la burocracia de la seguridad pública y luego por la mismísima Subsecretaría de Asuntos Religiosos, en un acto de humor involuntario insuperable—, pretende sepultar dos pecados capitales que ningún regio olvida: la devoción tutorial de Keith Raniere y el feudo conyugal de Abel Guerra.

Lo de Raniere no fue un traspié, fue una cátedra de impostura. No colapsó su campaña porque tomara cursos de superación personal con un depredador hoy refundido a 120 años de cárcel, sino porque juró mirando a los ojos que no lo conocía… hasta que el video de sus confidencias pedagógicas con el gurú la exhibió de cuerpo entero. A eso sumó su particular noción de la tolerancia: mandar a sus abogados a perseguir penalmente al comediante Marco Polo por atreverse a parodiar la indiscutible verdad de que su carrera política no es más que la franquicia electoral de su marido, el eterno cacique de Escobedo. Aquel mismo Abel que, con un machismo pedestre pero descriptivo, pontificaba que la gente votaba por Clara Luz porque era su esposa.

El tufo a dinosaurio tricolor es tan penetrante que ni la propia interesada logra disimularlo. Hace apenas unas semanas, en un arranque de honestidad freudiana que provocó muecas de espanto y rechiflas entre las bases morenistas, Clara Luz se plantó en General Escobedo para proclamarlo un «bastión priista». Veintidós años de militancia tricolor no se borran con tres chalecos color pantone Morena; el inconsciente no recibe línea del CEN. El pitorreo fue mayúsculo.

Frente a esta imposición, el deslinde de Tatiana Clouthier es devastador. «La Tía» conoce bien la idiosincrasia de las clases medias urbanas que Morena necesita para no hacer el ridículo en el norte, y su respuesta ha sido la más elocuente bofetada política: lealtad a la Presidencia, sí; complicidad con el cacicazgo de Escobedo y su marioneta, jamás. Dejar a Clouthier y a los cuadros históricos al margen para imponer a una candidata que ya demostró ser dinamita pura contra su propio partido revela la verdadera calaña de los acuerdos cupulares.

El dedazo de Citlalli y Montiel hacia 2027 no es un acto de audacia política, es una mezcla de cinismo centralista y terquedad suicida. Han resucitado a una figura sin arraigo orgánico, hipotecada por el escándalo, tutelada por un cacique del viejo régimen y repudiada en las urnas por los propios votantes a los que hoy pretenden insultar. Wey, si la receta de Morena para conquistar Nuevo León consiste en reciclar a quien ya los llevó al sótano electoral, no se quejen luego cuando el electorado les vuelva a recordar que allá, con el orgullo de ser del norte, del mero San Luisito, la memoria no se borra por decreto partidista. Desde el Cerro de la Silla se divisa un panorama devastador para Morena. Literal.

Fuente:

// Medios / IAQuemada / HeyGen

Vía / Autor:

// Staff

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Autor: lostubos
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