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La excusa propiciatoria o la inutilidad de la ONU

Hay una palabra que no aparece en ningún discurso y sin embargo explica casi todos.

Por Carlos Chavarria Garza

Cada septiembre se repite la misma escenografía en Nueva York. Ochenta y tantos jefes de Estado y medio centenar de jefes de gobierno suben a la misma tribuna del debate general de la Asamblea de la ONU, cada uno con su turno cronometrado, su intérprete, su aplauso protocolario, para decir casi siempre lo mismo que dijeron el año anterior. Esta edición abrió con Lula, seguido de Trump, y a pocos kilómetros de la sede, en una prisión federal de Brooklyn, esperaba juicio el hombre que hace apenas un año ocupaba una butaca en ese mismo salón, Nicolás Maduro. Nadie tuvo que mencionarlo para que su ausencia dijera más que cualquiera de los discursos pronunciados esa semana.

Ver ese desfile anual de banderas, apretones de manos y fotografías protocolarias es medir con precisión cuánto ha cambiado el mundo desde la última vez, que casi siempre es nada. Se habla de paz mientras las bombas siguen cayendo, se habla de cooperación mientras cada delegación negocia por separado su propia salida, se habla de futuro compartido mientras el salón se vacía en cuanto termina el turno de cada quien. La ceremonia se repite intacta, generación tras generación, y ese ritual vacío es quizás el síntoma más claro de la palabra que da título a este texto.

Ver las escenas de ataques mutuos entre países, Rusia contra Ucrania, Israel contra Irán, y tantos otros frentes que ya perdimos la cuenta, es recordar algo muy triste, que todo esto ya lo habíamos vivido demasiadas veces antes y que precisamente para evitar que volviera a pasar se construyó algo que hoy parece habernos quedado grande.

El siglo XX dejó dos grandes guerras y un montón de ruinas, y de esas ruinas salió algo que no se había visto antes con esa escala, un humanismo solidario y convivencial que se volvió el acicate global de una generación entera que al parecer ya se fue. 

No fue un sentimiento espontáneo, fue una maquinaria construida a propósito, con nombre y apellido en cada pieza: la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Plan Marshall, Bretton Woods, la Comunidad Europea del Carbón y del Acero que con los años se volvió Unión Europea, el Estado de bienestar como pacto explícito entre el capital y el trabajo. Todo ese aparato perseguía dos cosas a la vez, primero lograr la recuperación posible, segundo impedir que volvieran a darse las condiciones de inestabilidad que habían llevado a esa senda de oprobio y miserias humanas. Quien lo construyó sabía exactamente por qué lo hacía, porque lo había visto de cerca.

Hoy padecemos un gran desapego por ese espíritu prosocial, y hay una palabra que lo nombra con más precisión que cualquier diagnóstico político de moda: desprecio. Desprecio por lo humano, por la escala humana de las cosas que nos son comunes. Diseñamos nuestras ciudades y aglomeraciones pensando en el rendimiento privado aunque destruyamos la calidad de nuestras vidas. Con tanta facilidad se desprecia el dolor de los migrantes, como si fuera un dato de coyuntura y no gente caminando en busca de su vida y sueños. Se desprecia la calidad de vida mínima que requiere un crecimiento parejo en cualquier sociedad, como si la desigualdad fuera clima y no decisión. 

Se desprecia lo que implica la convivencia con compromiso hacia lo colectivo, ese esfuerzo de sostener algo que no es de uno solo. Despreciamos a la naturaleza como nunca antes en la historia, y despreciamos la calidad de los recursos materiales que usamos, convirtiéndolos en desecho sin darles ninguna oportunidad de circularidad, restándole potencial a las generaciones que todavía no llegan a reclamar nada.

Lo que vuelve a este desprecio más difícil de combatir que cualquier extremismo de podio es que no necesita ideología propia. No es de derecha ni de izquierda, es el piso que ambas comparten mientras se pelean por la superficie. El migrante no es despreciado solo por la retórica antiinmigración que cierra fronteras y prohíbe idiomas; es despreciado también por quien lo usa como bandera humanitaria en un mitin y no le resuelve nada concreto al día siguiente. 

La naturaleza no es despreciada solo por quien niega el cambio climático desde la tribuna; es despreciada igual por quien firma acuerdos verdes vistosos mientras la economía real sigue extrayendo recursos sin ciclo de retorno. El desprecio no elige bando, elige conveniencia, y ahí está exactamente su eficacia.

La lista no necesita alargarse para probar el patrón, basta con mirar a quienes llegaron prometiendo justamente lo contrario. Cristina Kirchner llegó al poder denunciando el saqueo de los de siempre y terminó condenada, con la confirmación de la Corte Suprema argentina, por liderar una asociación ilícita que desvió fondos de obra pública hacia el empresario amigo de la familia, mientras Santa Cruz se quedaba sin las rutas que le habían prometido. 

Nicolás Maduro heredó el país con las mayores reservas petroleras del planeta y lo dejó hundido en la peor crisis humanitaria de América Latina en décadas; hoy espera juicio en una cárcel federal de Brooklyn, acusado de haber convertido al Estado venezolano en una empresa de narcotráfico. Los Castro gobernaron Cuba más de sesenta años prometiendo igualdad y dejaron una isla donde el salario no alcanza para comer, mientras la opacidad del régimen nunca permitió saber con precisión cuánto acumuló la familia en el poder. 

José Luis Rodríguez Zapatero salió de la política española arrastrando señalamientos, todavía bajo investigación en dos países, por presuntos pagos recibidos del chavismo a cambio de blindar internacionalmente al régimen que saqueaba a la petrolera estatal venezolana, y Pedro Sánchez gobierna España hoy con su hermano ya condenado por un puesto público a modo, su esposa bajo investigación judicial, y una cadena de causas de corrupción que salpica a todo su círculo más cercano.

Ninguno de los cinco fue impuesto por la fuerza. A todos los llevó el voto, la confianza genuina de gente que creyó la promesa, y todos, sin excepción, usaron esa confianza como materia prima para su propio beneficio y el de los suyos. Ese es el eslabón que le falta a cualquier explicación que se quede solo en el discurso, el desprecio no se limita a ignorar el dolor ajeno, se perfecciona cuando además se lucra con él.

No hacen falta bombas para destruir una sociedad, basta con dejar al cinismo y la indiferencia generalizados como única salida para sobrevivir al desengaño. Cuando cada opción disponible termina revelándose como de la misma madera, cuando ya no importa por cuál se vote porque todas desembocan en el mismo despojo, lo que se destruye no es un gobierno ni un partido, es la posibilidad misma de creer que otra cosa es posible. Ahí está la verdadera trampa en que se ha convertido la democracia electorera, no ofrece salida, solo turnos, y en esos turnos no cabe más que una sola clase de política despreciable, la que dirige al mundo entero, sin excepción de bandera ni de geografía, por el mismo camino de la destrucción. Basta con mirar alrededor para comprobarlo.

Porque la relación de causalidad que uno esperaría está invertida. No es que el poder desprecie a la gente desde arriba, es que el desprecio generalizado, el nuestro también, hacia el recurso compartido, hacia el prójimo migrante, hacia lo que nos toca sostener entre todos, es la condición que el poder necesita que exista para no tener que rendir cuentas de nada. Somos la excusa propiciatoria y conveniente para que se mantenga el estado de cosas que el  poder cin conciencia historica nos impone .

Al poder no le hace falta despreciar a nadie mientras nosotros sigamos haciéndole el trabajo gratis.

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Vía / Autor:

// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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