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Citla y Ariadna, calderonistas

Por María Beasain // IAQuemada

Hay que tener un estómago de plomo o una amoralidad a prueba de ácido para contemplar el espectáculo que Citlalli Hernández y Ariadna Montiel montaron en este patético septiembre de 2026. Mírenlas bien: ahí están las autoproclamadas sacerdotisas del pueblo bueno, las guardianas del templo obradorista, convertidas en las edecanes de lujo del calderonismo más rancio, pestilente y desvergonzado. El muerto se les metió en el cuerpo y ni siquiera se dieron cuenta. O peor: se dieron cuenta y les encantó el perfume a cinismo. ¡No manches!

Felipe Calderón tardó dos décadas, pero al final su mayor victoria biológica y política no fue la guerra ni el fraude del 2006: fue inocularles su ADN a estas dos comisarias de pacotilla. Su célebre «haiga sido como haiga sido» ya no vive en Las Lomas ni en los clubes de golf; despacha orondo en la dirigencia guinda. Citlalli y Ariadna sepultaron el «voto por voto» bajo toneladas de grasa burocrática y erigieron el altar del «haiga salido como haiga salido en la lámina». Su desprecio por la transparencia no es incompetencia: es pura arrogancia de nuevo rico con poder.

Wey, mienten con la soltura de quien se sabe inmune y tratan a sus militantes como ganado domesticado. Proyectan tres diapositivas de mierda en un salón a media luz, con barras pintadas como si fueran tareas de secundaria técnica, y exigen genuflexión inmediata. «Miren la pantalla y cállense el hocico», parece ser la directriz no escrita de la dupla. ¿Y los microdatos brutos? ¿Y los archivos? ¿Y las coordenadas GPS de los levantamientos? ¿Y la matriz de calibración censal? Escondidos bajo siete llaves en el cajón de la impunidad. El que pide auditar las encuestas es tachado de traidor, exactamente igual a como el IFE de Ugalde tachaba de rijoso a quien exigía abrir los paquetes electorales. Son el calderonato reloaded, pero con chaleco guinda y discurso de cartón.

¡Jolines! Dan vergüenza ajena. Pasaron de comer garnachas en el camellón denunciando la dictadura del algoritmo a encerrar a su propia gente en un cuarto para obligarla a comulgar con la hostia consagrada de un cañón proyector. Citlalli y Ariadna son el recordatorio viviente de que para volverse el monstruo solo hacía falta tener acceso al control remoto de la computadora. Felipe Calderón debe estarse carcajeando a mandíbula batiente frente a su televisor: sus dos mejores alumnas nunca fueron del PAN; estaban agazapadas en la izquierda, esperando su turno para escupirle al pueblo en la cara y firmar el asalto con un PowerPoint. Literal.

Fuente:

// Medios / IAQuemada / HeyGen

Vía / Autor:

// Staff

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Autor: lostubos
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