Por Carlos Chavarría Garza
Lo grave no es que manden tres. Eso ya pasaba.
El 25 de Septiembre próximo pasado, en la cena de Estado de la Casa Blanca, Xi Jinping levantó la copa y dijo que el “hacer grande a Estados Unidos otra vez” de Trump y el “gran rejuvenecimiento de China” pueden reforzarse mutuamente. MAGA en boca de Xi. Un gesto de cortesía casi cómico, casi sarcástico. Conviene no reírse tan rápido, porque detrás de la broma hay una propuesta muy seria y su lectura correcta es : tú mandas en tu patio, yo en el mío, y los demás que se acomoden como puedan.
Mientras tanto, en Nueva York, la Asamblea General de la ONU cumplía su ritual. Discursos, delegados que se salen de la sala, cancilleres hablándole a butacas vacías, presidentes que usan la tribuna del mundo para hablarle a su electorado. Lo que de verdad se firmó, se firmó en los pasillos: Groenlandia, las pláticas con Irán, los enviados del Kremlin sentados con los de Washington. El Consejo de Seguridad, como siempre, esperando a que los tres grandes se decidan para luego pronunciarse.
La plantilla ya se agotó. Aquella que se construyó sobre las ruinas de la Sociedad de Naciones, ese mapa mental para la convivencia entre países, se desorganizó tanto como el mapa del poder geopolítico y el de la economía. Hasta el Secretario General tuvo que recordarles a las superpotencias, en su discurso de apertura, que su poder tiene límites. Cuando el administrador de la casa tiene que decirle eso a los dueños, la casa ya no funciona para todos.
Pero cuidado con el diagnóstico fácil. Que la paz dependa de que tres potencias se pongan de acuerdo no es ninguna novedad. Yalta fue un acuerdo entre tres. El derecho de veto del Consejo de Seguridad es, ni más ni menos, la confesión por escrito de que nada se mueve si los grandes no quieren. Eso lo sabemos desde 1945.
Lo que cambió es otra cosa. En 1945 el reparto de la obra quedó escrito: Carta de San Francisco, veto, Bretton Woods, reglas de comercio. Uno podía estar en desacuerdo con el reparto, y muchos lo estuvimos, pero sabía cuál era. Hoy el reparto se renegocia cada mañana, en tablas de influencia de cada día que nadie firma y que valen mientras la política doméstica de cada uno no apunte hacia otro lado.
No murió el concierto de las potencias. Se reescribe la pauta cada dia.
Ya vimos esta película. Después de Napoleón, las cortes europeas armaron su propio concierto: equilibrios entre caballeros, acuerdos de palabra contra enemigos comunes, casi un siglo sin guerra general. Funcionó hasta que dejó de funcionar. En 1914 las tablas ya no cuadraron y nadie tenía un papel firmado al cual regresar.
Karl Popper decía que “¿quién debe gobernar?” es la pregunta equivocada; la correcta es cómo arreglar las instituciones para que un mal gobernante no pueda hacer demasiado daño. La ONU, con todos sus defectos, era un intento de responder la pregunta correcta. Hoy regresamos a la equivocada. La paz del mundo depende de quién despacha en Washington, en Beijing y en Moscú, y de cómo le vaya a cada uno en su casa.
Aquí el asunto deja de ser tema de cancilleres y se vuelve tema de cualquiera que tenga una empresa, una nómina o un ahorro.
Milton Friedman pasó media vida defendiendo las reglas por encima de la discreción. Su argumento era sencillo: el agente económico se adapta a casi cualquier regla; lo que no soporta es no saber qué regla le van a aplicar mañana. Piense en un empresario de Monterrey que compra maquinaria china, vende a Texas y se financia en dólares. ¿A qué se atiene? ¿Al arancel de hoy, al acuerdo de mañana, a la declaración de pasado mañana? ¿Bajo qué reglas decide construir una planta que se paga en veinte años, si las reglas duran lo que dura una cena de Estado?
Nuestros abuelos lo resolvían con un refrán: el que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija. El problema es que hoy los árboles caminan. Al agente privado ya no le basta con producir bien y vender bien; tiene que adivinar bajo qué influencia cobijarse, y cambiarse de sombra antes que el vecino. Eso no es mercado. Es vasallaje. Gana el que lee mejor el humor del poderoso, no el que hace mejor su trabajo.
Hay algo peor que el costo. Frank Knight, allá por 1921, distinguió entre el riesgo, que se puede medir porque uno sabe más o menos cómo se reparten los resultados, y la incertidumbre, que no se puede medir porque no hay con qué. Todo el edificio financiero moderno, desde la tasa de un crédito hasta el cálculo de si conviene o no construir una planta, está levantado sobre el supuesto de que vivimos en el mundo del riesgo. Funciona mientras el pasado sirva para estimar el futuro, y el pasado solo sirve para eso cuando las reglas están escritas.
Cuando el reparto del poder se renegocia en cada cena, el costo de oportunidad deja de ser un dato y se vuelve una apuesta. La tasa que se usaba como referencia sin riesgo empieza a cargar su propia prima política. Los modelos calibrados con la historia no ven venir un arancel ni una sanción, porque eso no es una variación, es un cambio de régimen. Los activos que antes se compensaban entre sí caen juntos, y la diversificación deja de proteger justo cuando más falta hace. El sistema financiero, que suaviza las distorsiones a base de arbitraje y diversificación, se queda sin sus dos herramientas.
¿Qué hace entonces? Lo único que puede hacer: cobrar la ignorancia. Tasas de largo plazo más altas, plazos más cortos, más garantías, más apetito por liquidez. El dinero no sale mal calculado; sale más caro y más inestable, porque ahora trae incluido el precio de no saber.
Esa prima alguien la paga, en crédito de largo plazo que desaparece, en inversión que se pospone, en empleos que nunca llegan. México lo sabe mejor que nadie, porque durante décadas usó el derecho internacional como escudo frente al vecino más fuerte. Sin reglas escritas, ahora ese escudo es papel mojado.
Por eso no basta con lamentarse de la ONU. Hay que actualizar todos los instrumentos de la gobernanza global. Un Consejo de Seguridad que retrata el mundo de 1945. Un Fondo Monetario y un Banco Mundial con cuotas de otra época. Una Organización Mundial de Comercio cuyo tribunal de apelación está paralizado desde 2019. Sistemas de arbitraje de inversión que se respetan mientras el que pierde no sea grande. A eso súmele los territorios que ni siquiera tienen reglas: la inteligencia artificial, los datos, los minerales críticos, el Ártico.
No se trata de quitarles el poder a los grandes. Eso no va a pasar, y quien lo prometa vende ilusiones. Se trata de obligarlos a escribir lo que hoy acuerdan en voz baja. Un reparto escrito, aunque sea injusto, se puede leer, discutir, impugnar y, sobre todo, planear. Un reparto de palabra solo se puede adivinar.
Un mundo sin reglas escritas no premia al que produce mejor, sino al que adivina primero.



