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El poder viste, pero el ropaje no es propio

Al rey lo entierran una vez; al expresidente lo enterramos todos los días.

Por Carlos Chavarria Garza

Los reyes resolvían la sucesión con cinco palabras: el rey ha muerto, viva el rey. Al día siguiente la vida seguía. Nosotros, con todo y constituciones, elecciones y árbitros, no hemos podido resolverla igual de fácil. ¿Por qué? Porque el rey se moría y el expresidente no.

Kantorowicz (1957/2012) lo explicó: el monarca tenía dos cuerpos, uno que se pudría y otro, el político, que no moría nunca. El poder vivía en la sangre y en lo sagrado, no en el hombre. La república quitó la sangre y puso el voto. Desde entonces el poder es prestado, y quien lo tuvo sigue caminando por la calle, recordándonos que alguna vez fue la fuente de la legitimidad. Por eso la cortesía entre el que se va y el que llega no es asunto de modales. Es asunto de supervivencia.

¿Por qué volvería un expresidente a la escena? La razón más simple es el narcisismo, que en la política abunda. La más humana es defenderse, porque sin el manto del poder la intemperie es real. La más peligrosa es la ruptura del orden constitucional, callada o abierta: no irse nunca, o irse sin irse. Max Weber (1922/2014) añadiría otra: el carisma no se hereda y duele no tenerlo. Cuando un movimiento depende de un hombre y no de un método, el sucesor hereda los votos pero no la lealtad, y el que se fue se siente el pegamento indispensable.

En México el silencio del expresidente nunca fue educación, fue pacto. El sistema le pedía que se evaporara y a cambio le garantizaba retiro y una impunidad discreta (Cosío Villegas, 1972). Quien lo rompió lo pagó: Calles terminó en un avión rumbo al exilio en 1936; Salinas pasó de la huelga de hambre en Monterrey a la salida del país. Muerto el partido hegemónico, el pacto se quedó sin quien lo cobrara, y las redes le regalaron a cualquier expresidente un micrófono propio.

Hay algo que nadie dice en voz alta: no existe nada como una transmisión tersa del poder. Legal, sí. Tersa, nunca. Se gana exhibiendo los fracasos del otro, con nombre o sin él. Lo bueno no vende. El agravio se vive en la mesa y en la clínica; el logro es estadística. En sociedades desiguales la gente no busca buenas ideas, busca quien se las pague, busca su parte en esa microfísica del poder de la que hablaba Foucault (1979).

No es izquierda ni derecha. Es física. Las sociedades acumulan presión y las elecciones la descargan. El saliente es el tubo por donde salió el vapor, y queda caliente. René Girard (1982/1986) lo habría llamado chivo expiatorio. Si acepta el papel y se calla, el sistema se enfría. Si regresa, mantiene la tubería al rojo vivo.

Por eso escriben libros. Con verdades o con mentiras, da igual. Las memorias no le hablan al público, le hablan al sucesor: yo sé lo que tú vas a saber cuando te sientes en esa silla. Canetti (1960/1983) entendió que el secreto es el núcleo del poder. En ese círculo todos saben todo, y nadie tira la primera piedra porque el tejado de cristal es compartido.

Cuando el orden descansa en el miedo a un hombre, su muerte deja huérfanos. Rusia lo vivió con el zar y otra vez con Stalin. Jrushchov tardó tres años y un fusilado, Beria, en atreverse a desmontar el mito en 1956, y lo hizo para salvar al Politburó, no por justicia (Taubman, 2003). Sacrificaron al hombre para que no se desgranara la mazorca.

Popper (1945/2010) dejó la mejor definición de democracia: el sistema donde puedes sacar al que manda sin derramar sangre. Eso es todo lo que hemos ganado. No un poder bueno, sino un poder que se puede soltar sin muertos. Si la clase política se corrompe, en eso se pierde. No por la corrupción que roba, que el sistema aguanta un rato, sino por la que cambia las reglas para no irse.

Lo que mas preocupa es otra cosa. Los jóvenes van de prisa hacia el facil cerco del feudalismo tecnocrático. Varoufakis (2024) le llama tecnofeudalismo: plataformas que funcionan como feudos, usuarios que trabajan gratis la tierra del señor y lo hacen con gusto. El señor feudal no se jubila, no escribe memorias, no entrega la silla. Nadie lo eligió y nadie puede sacarlo. Para que eso prenda basta una generación que deje de preguntar. Las constituciones se reescriben en una tarde; la costumbre de irse con dignidad tarda siglos en formarse y se pierde con un solo precedente.

El poder viste, pero una república se salva por la costumbre de saber irse a tiempo.

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// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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