Por Joaquín Hurtado
Mi pareja y yo fuimos a ver la nueva película de Iñárritu. Era un domingo lluvioso, sin tráfico en las calles ni gente en la sala. Nos dimos vuelo gritando como demonios. Alejandro González Iñárritu viene más cabrón que nunca. La sátira escarnece sin compasión a los hipócritas del planeta. Qué suerte verla en una sala completamente vacía: pudimos elaborar una catarsis fabulosa, adjetivar con lenguaje bastante florido cada cuadro y cada personaje que aparecía en pantalla.
Definitivamente, Iñárritu se ubica en el selecto grupo de los verdugos cinematográficos. Me refiero a esa clase de directores que no consuelan al espectador.
Hay momentos exquisitos de poesía cruel. Festín gourmet donde se degusta una crueldad muy refinada, ésta no está solamente en lo que ocurre, sino en la manera de contarlo. El sufrimiento adquiere una belleza casi obscena. La cámara no aparta la mirada: convierte la desgracia en paisaje, el cuerpo en grito, la angustia en risotada.
Iñárritu pone al personaje y al espectador en el potro de tortura. Su obra nos mete de chingazo en un mundo corrupto, maloliente, cayéndose a pedazos. Nos acorrala desde la primera escena en un mundo, mi mundo, yéndose mucho a la verdolaga. Yo me decía, no te la creas, no te rías tanto, esto se va a poner peor. La ansiedad al mirar aquello me duraba poco, la panza volvía a doler pero de risa en un largo plano de puras mamadas, luego otra vez el nudo en la garganta al borde de la lágrima. Extraña manera de gozar con la tortura moral, decía mi pareja. Es punto y aparte la fotografía, cuánta belleza visual.
La película mezcla sátira, apocalipsis y tragedia alrededor de un magnate petrolero que intenta salvar a la humanidad del desastre que él mismo provocó. El protagonista es verdugo y víctima de su mundo, ha construido una máquina de destrucción mundial y luego se presenta como el héroe destinado a apagarla.
Me gustan los cineastas verdugos: aquellos que no filman para salvar al espectador del dolor, sino para aumentarlo al hacerlo mirar. Iñárritu pertenece a esa estirpe. En Digger, la crueldad se vuelve filosofía. No necesariamente odia a sus personajes; los tortura para arrancarles una verdad: la devastación del planeta como ejercicio de poder, el placer de dominar, la violencia de un sistema que premia y mantiene impune al abusivo.
Digger es una denuncia al falocentrismo, éste parece funcionar como principio de poder: penetrar, conquistar, poseer, desgarrar y expoliar más que los demás. El chiste está ya en el nombre. To dig es excavar, pero permite construir un vocabulario de doble sentido alrededor de una masculinidad que necesita demostrar continuamente que puede meterse más hondo, llegar más lejos y dominar el planeta. La excavadora se vuelve una prótesis industrial de la testosterona.
La sátira alcanza así un triunvirato tóxico: la empresa, la política y el arte gobernados por orates fuera de control. Tres territorios donde el macho poderoso convierte su deseo en espectáculo público. El empresario penetra el subsuelo; el político, las instituciones; el artista, la imaginación. Todos quieren dejar una marca, abrir una herida, poner su nombre sobre algo.
Iñárritu lleva el mecanismo hasta el absurdo: la potencia masculina termina pareciendo una enfermedad del ego castrado. Cuanto más monumental es la máquina, más pequeño puede resulta el hombre que la conduce. Digger podría leerse como una comedia fálica disfrazada de ecologismo ramplón sobre el fin del mundo: los hombres que creen poder salvar la Tierra son precisamente los que no quieren dejar de perforarla.
Aquí comienza la parte que me parece más oscura. Digger no sólo escarnece al poder que produce la catástrofe; también pone bajo sospecha el dispositivo cultural que convierte esa catástrofe en espectáculo.
La película contiene una especie de obra dentro de la obra, un mecanismo que permite reflexionar sobre los límites de la ficción y el arte de contar historias. Algunos comentaristas la leen también como una crítica a las obras satisfechas de sí mismas al proclamar su propia corrección política y, simultáneamente, lanza un cuestionamiento a los espectadores, aquéllos como mi pareja y yo, un domingo lluvioso, buscamos que el arte nos devuelva nuestra indignación ya digerida.
Ahí hay una trampa. El arte puede convertirse en parte del mecanismo que denuncia. El espectador contempla al magnate, al político, al científico y al espectáculo teatral. Se indigna, reconoce al culpable, se ríe de él, admira la fotografía, se entusiasma con un espléndido Tom Cruise, y sale de la sala con la sensación de haber comprendido algo. Pero la película puede haber conseguido exactamente aquello contra lo que protesta: transformar una catástrofe real en una experiencia estética consumible.
El dramaturgo Bertolt Brecht quería que el espectador no quedara hipnotizado por la ficción, sino que despertara frente a ella. Iñárritu con el guión de Sabina Berman, nos lleva por el mismo camino: ¿qué haremos nosotros con aquello que acabamos de mirar?
Digger parece, por momentos, rechazar el cine desde dentro del cine. Nos ofrece imágenes poderosas, estrellas hollywoodenses, humor, destrucción, belleza visual, símbolos fálicos y grandes discursos. Nos proporciona exactamente aquello que la industria cinematográfica sabe producir con eficacia: una experiencia fascinante sobre un mundo que se está destruyendo. Y después, la cámara nos golpea en seco: Recuerda que es tu mundo, ¿qué harás con esa fascinación apocalíptica?
Por eso la película me parece más sombría que una simple farsa ecológica. El problema ya no es que el poder destruya al mundo, sino nuestra increíble capacidad para mirar esa destrucción transformada en un chiste de 160 millones de dólares, y seguir viviendo como si nada; cada vez más contaminados y asfixiados.
La ironía alcanza su dimensión industrial: una película que cuestiona nuestra capacidad para convertir la catástrofe en espectáculo llega a nosotros convertida en un producto visual de enorme presupuesto, que parece estar fracasando en taquilla. La serpiente se muerde la cola.
Iñárritu no sólo castiga a sus personajes. Esta vez parece colocar también al director, al actor, al estudio y al espectador en el mismo patíbulo. Quizá no exista una posición inocente desde la cual mirar el desastre irreversible del único hogar que tenemos. La redención, si la hubiese, ocurriría precisamente dentro del mecanismo que la condena.
Eso explica por qué la película resulta tan abrasiva. No nos concede la comodidad habitual de la sátira, nos permite reírnos del tirano y después nos pregunta qué parte de nuestro placer pertenece al mismo horror. Cineasta verdugo, Iñárritu no sólo castiga al personaje. También castiga al espectador por disfrutar del castigo.



