Por Joaquín Hurtado
En mi casa el agua llega cuando quiere y, cuando llega, huele tan feo que parece que alguien hizo del baño dentro del tinaco. Mi mamá dice que no debemos usarla, puede enfermarnos. Yo no sé si está envenenada, pero sí sé que no debería darnos miedo abrir la llave.
El domingo fuimos a casa del abuelo Chito, dice que la misma gente del gobierno ensucia a propósito el agua potable para hacer creer que es urgente privatizarla, obligarnos a pagar a los extranjeros por el control de nuestra agua. De su llave sale el agua color naranja, el color del partido que gobierna.
El lunes me desperté a las cuatro porque mi mamá gritó que había salido un chorrito. Vimos que salió de color azul solo por quince minutos, y luego nada. Se acabó. A las seis me lavé la cara con una botellita, y los dientes con una taza de té de ayer. Mi hermano derramó la mitad de su porción en la camisa, mamá dijo que ya no había más. Él contestó que iría a la escuela con cara de cochino. Nos reímos mucho, pero mi mamá no tenía humor y nos regañó.
Para desayunar y preparar comida usamos el agua de la pipa, que no se puede beber. Papá dice que al hervirla se desinfecta, pero yo veo que sigue turbia. Los platos sucios tienen que esperar porque una cosa es tener hambre y otra tener agua para quitar la grasa. Propuse limpiarlos con toallitas desinfectantes, pero mi mamá dijo que no podíamos darnos ese lujo.
En la escuela la situación es peor. Vienen pocos alumnos porque andan enfermos de la panza, ayudando en casa por el desabasto. La maestra nos explicó que es necesario aguantar las ganas si queremos hacer “del dos”. En el recreo fui al baño, el lavabo estaba seco y los sanitarios saturados. Me limpié las manos en el uniforme. La maestra dice que debemos lavarnos las manos para no enfermarnos, pero primero necesitamos que haya agua. Mis amigos comentan que en sus casas el agua sale roja. O amarilla, a veces verde.
A las dos volví a casa. Mi uniforme estaba muy sucio, un montón de ropa esperaba en el lavadero. Mi mamá dijo que había muchas tareas que hacer con el agua. Los deberes de la escuela pueden esperar. Primero necesitamos acarrear dos tinas desde los tambos, después otras dos para el sanitario. La tarea de buscar agua purificada es más difícil, significa salir a buscarla donde la encuentres, es escasa.
A las cuatro, un vecino gritó desde la calle que estaba llegando agua. Mi papá abrió la llave del patio. Salió agua negra, completamente oscura. Olía a caño, a podrido, a algo que no quisiera conocer ni de lejos. Mi hermano opinó que los puercos de los ranchos grandes nos han regalado el caldo de sus corrales. Me dio risa, pero mi papá cerró la llave de golpe y nos gritó muy enojado, esa agua no servía ni para el sanitario.
Mi mamá se preocupa porque, si el agua está contaminada con materia fecal, puede contener microbios que nos enferman. Yo no vi caca flotando, pero el olor era tan horrible que nadie quiso acercarse. ¿Cómo sabemos qué líquido estamos usando? Tenemos que comprar agua embotellada hasta para lavarnos las manos.
A las cinco llegó mi tía Paty porque en su colonia no sube la pipa de agua, no da abasto. Nos preguntó si ya nos habíamos bañado. Mi mamá le respondió que podía bañarse aquí pero con mucho cuidado de no tirar ni una gota al resumidero porque el agua de nuestro aseo corporal merece otra oportunidad en el excusado. Mi tía se echó a llorar y mejor se fue a otro lugar diciendo que no había problema, que podía esperar otro día. U
A las seis salí a comprar otro galón a la tienda, pero ya no había. Mi papá tuvo que recorrer más calles hasta encontrar un garrafón. Le dije a mi mamá que podíamos bañarnos con botellas más pequeñas, le prometí que yo gastaría solamente un litro. Pero la verdad, ¿Quien puede lograrlo? Ella me contestó que, por mi salud, no dijera tonterías.
A las siete, mi mamá calentó un poco de agua de la pipa para bañarnos por turnos. Primero mi hermano y mi papá juntos, luego ella y yo. Mi papá se lavó con un trapito y una jícara, mi hermano igual. Los hombres no ocupan tanto líquido como nosotras las mujeres. Nos enjuagamos rápido, sin cantar, porque cantar nos hace llorar.
A las ocho lavamos los últimos platos y colamos el agua revuelta para usar en el excusado. Nunca imaginé que hubiera tenido que hacer tantas cuentas para ir al baño. En matemáticas sumamos manzanas; en mi casa atesoramos gotas, chorritos, vasos, botellas…
A las nueve preparé la mochila. Mi mamá revisó lo que quedaba de líquido para el desayuno y encontró apenas lo justo. Le pregunté si mañana habría agua. Me contestó lo de siempre: no sabemos. Llevamos varias semanas padeciendo lo mismo.
Mi mamá se cansa, mi papá se enoja y nosotros pasamos el día bien atareados, buscando agua limpia. Me da coraje que nos pidan ahorrar cada gota mientras nadie nos explica por qué llega agua que huele a drenaje. Ahorrar agua limpia es una cosa; tener que defendernos del agua sucia es otra.
Mi mamá dice que no soporta esta situación, se quiere ir de esta ciudad con olor a excremento. Yo nací aquí y no quiero dejar mi casa, mi escuela ni a mis amigas. Pero tampoco quiero acostumbrarme a que el agua huela a mierda. Mañana será martes. No sé si habrá agua, si llegará limpia o si tendremos que volver a comprarla.



