Por Martha Herrera
Monterrey creció para moverse, no para quedarse. Vías rápidas, pasos a desnivel, avenidas de ocho carriles y kilómetros de muros de concreto que no dicen nada. Buena parte de quienes la habitamos la vivimos desde el coche o el camión: salimos de casa, cruzamos la metrópoli y llegamos al trabajo sin haber estado en ningún sitio intermedio. La calle es un trayecto entre dos puntos, no un sitio donde pasa la vida.
El antropólogo Marc Augé llamó «no-lugares» a los espacios diseñados solo para transitar: autopistas, estacionamientos, pasillos de centros comerciales. Nadie se queda en ellos; nadie construye vínculos ahí. Un lugar, en cambio, es un espacio con significado: lo reconoces, te identificas con él, ahí ocurren encuentros y se acumulan recuerdos. Si medimos Monterrey con esa vara, demasiada ciudad es un no-lugar.
Este verano vi cómo se revierte eso. Con Mike Lamadrid impulsamos «La Mera Rima», un torneo de freestyle que recorrió La Alianza, el Centro y el sur de la ciudad hasta su final en el Colectivo Regio 818. Chavas y chavos de toda la zona metropolitana llegaron con sus letras, acompañados de sus familias, a decir en voz alta lo que viven.
Todos me han enseñado algo, pero hay dos que me llegaron al alma. Lukah Sos llegó directo del trabajo, todavía con las manos y la ropa manchadas de grasa, y se subió así, tal cual, a mostrar una poesía profundísima. Esa imagen no se me olvida: el mismo joven que se gana la vida con las manos, se ganó nuestra admiración con la palabra. Fue así que una esquina que el resto del año era pura circulación se convirtió, por unas horas, en un lugar: con nombre, con público, con memoria. Nuestras juventudes no piden permiso para crear; piden espacios. Eso es lo que hace el arte urbano, y lo hace en tres niveles.
Primero, convierte tránsito en pertenencia. Un muro intervenido deja de ser superficie y se vuelve referencia: «nos vemos en el mural». La gente empieza a quedarse donde antes solo pasaba.
Segundo, democratiza la cultura. Una galería tiene puertas, horarios y barreras invisibles; la calle no. Un mural está ahí para quien va al trabajo, para la familia que sale a caminar, para la estudiante que espera el camión. Da voz a colonias que la ciudad ha preferido no mirar y ofrece a las juventudes una plataforma legítima para ser vistas.
Tercero, guarda memoria. El arte urbano es el archivo vivo de una comunidad; cuenta sus luchas, su diversidad y lo que valora. En una ciudad que se demuele y reconstruye a gran velocidad, es un antídoto contra la amnesia colectiva.
Hay que decir también lo que el arte urbano no es. No es decoración para tapar el abandono, ni la última capa de pintura que se aplica cuando el proyecto inmobiliario ya se vendió. Un mural que llega después de que subió la renta no construye comunidad; la despide. Por eso el arte no puede entrar al final como adorno; tiene que entrar desde el inicio como pilar del urbanismo social.
¿Cómo se hace eso desde un municipio? Apunto tres cosas.
Una: un fondo permanente de mecenazgo comunitario, conformado por presupuesto municipal más aportaciones privadas, con incentivos, con una regla simple: las vecinas y vecinos codiseñan la obra con el artista. Sin esa regla, el mural es de quien lo paga, no de quien lo vive.
Dos: una ventanilla ágil para intervenir el espacio público, con reglas claras que protejan tres cosas a la vez: la libertad creativa, los derechos del artista y la propiedad comunitaria de la obra. Hoy, pintar un muro con permiso puede ser más difícil que pintarlo de noche.
Tres: brigadas de arte urbano integradas desde el diseño a los programas de regeneración de espacio público, desarrollo social y prevención de la violencia. No como actividad complementaria, sino como componente con presupuesto y metas.
A Monterrey no la definen sus torres, sus avenidas ni su fuerza industrial; la definen los lazos entre quienes la habitamos. Cada muro que habla convierte un no-lugar en un lugar. Y una ciudad hecha de lugares es una ciudad donde la gente se queda, se reconoce y se cuida.



