Por Joaquín Hurtado
Esto me lo contó Gala, la madre de Tony. El niño de siete años estaba emocionado con la visita de su abuela. Por estos días, el ambiente escolar es relajado, muy festivo por la cercanía de Halloween. Aunque el paisaje se vuelve gris con el otoño llegando al norte de Alemania. Los bosques se visten con tonos sepia y oro rojo entre los árboles que se deshacen de su follaje.
Gala, mitad mexicana y mitad catalana, y su madre mexicana de origen poblano con pasaporte europeo, se presentaron en la escuela para recoger a su niño, un chavito rubio de ojos azules que habla fluidamente sueco, alemán, y español. Tony tomó de la mano a su abuelita, orgulloso y feliz de tenerla en casa durante una breve temporada.
–Ven, te quiero presentar con Frau Tanja, mi maestra. –Error del inocente Tony, ya veremos por qué.
Durante muchos años he visitado Alemania sin conocer personalmente episodios como el que ahora me cuenta Gala. He conocido sus zonas duras y sus barrios de clase media, con casas ordenadas, jardines cuidados, calles bien trazadas. Suburbios impecables donde parece que hasta el silencio obedece un riguroso reglamento. Nunca había escuchado nada parecido a lo que me relata Gala entre triste y enojada.
Tony presentó a su abuelita a Frau Tanja. La maestra saludó a la anciana que ha vivido casi toda su vida en Barcelona, donde enseña técnica escultórica, ya que tiene una maestría en Bellas Artes. Frau Tanja, al apretar su mano, le soltó una parrafada en alemán, convencida de que todos la entendían. Cuando Gala le explicó que su madre no hablaba ese idioma, la actitud de la maestra cambió radicalmente. Entornó los ojos con fastidio, elevó los ojos al cielo, y exclamó:
–¡Pero claro, esta es la nueva Alemania! – Comentario racista por donde se le mire.
La frase no es inocente. Invoca en algunos una idea de nación que se siente amenazada por quienes no encajan en la imagen tradicional del germano monolingüe. Frau Tanja convirtió al niño y a su familia en destinatarios de una disputa que se esparce por el mundo como gas tóxico: la inmigración, las políticas de acogida, el multiculturalismo, los cambios demográficos. Utilizó su autoridad para hacerle saber a un menor que su presencia, o la de los suyos, puede ser motivo de rechazo.
Lo inquietante no es solamente el patente racismo, sino el lugar donde se ejerce. No ocurrió en una manifestación neonazi ni en una esquina frecuentada por grupos extremistas, sino en una escuela, donde la palabra de una maestra debería servir para ampliar el mundo de un niño, no para levantar exclusiones.
Durante décadas, Alemania construyó su identidad democrática sobre la necesidad de enfrentar su pasado. El proceso nunca fue perfecto y el racismo no desapareció con la reconstrucción económica. Pero la memoria histórica y la lucha de los colectivos progresistas impuso una vigilancia, siempre insuficiente, frente a los símbolos y las palabras capaces de evocar las peores tradiciones del país. Por eso sorprende escuchar semejante frase en una sociedad que uno asocia con la estabilidad, la prudencia y el respeto a las reglas.
La historia reciente ayuda a comprender el contexto. En las elecciones regionales de septiembre de 2026, Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo el 43,8 % de los votos en Sajonia-Anhalt, más del doble que en 2021, y el 38,2 % en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, donde quedó como segunda fuerza, muy cerca del SPD. Son resultados que muestran la consolidación electoral de una derecha retrógrada, nacionalista y contraria a la inmigración en el este alemán. No convierten automáticamente a todos sus votantes en racistas, pero sitúan la frase de Frau Tanja en un clima político que ya no puede ignorarse.
También se acumulan reportes de incidentes en las escuelas. En Elmshorn, ciudad de Schleswig-Holstein, se documentó el caso de dos alumnos que imitaron los ojos asiáticos junto a un compañero en una fotografía escolar. Los intentos de la familia por obtener explicaciones y una respuesta pedagógica no prosperaron. La escuela no ofreció disculpas ni medidas de apoyo. El episodio plantea una pregunta incómoda sobre la respuesta institucional ante la humillación racista.
En Renania del Norte-Westfalia, la emisora pública WDR informó que los acosos de extrema derecha registrados conjuntamente en escuelas y universidades aumentaron de 277 en 2023 a 452 en 2024. Los reportes incluyen insultos racistas, símbolos extremistas y manifestaciones de simpatía neonazi.
Hesse ofrece otra señal. Según una cadena noticiosa regional los incidentes de extremismo de derecha comunicados a las autoridades escolares pasaron de 37 en 2023 a 167 en 2024. Entre los casos mencionados figuraba una esvástica de grandes dimensiones pintada en una escuela primaria de Kassel.
No sería justo concluir que una maestra racista representa por sí sola el ascenso de la extrema derecha alemana en el occidente alemán. Pero tampoco sería sensato ignorar el contexto político en el que ciertas expresiones de hostilidad parecen encontrar cada vez más espacio. Lo preocupante es que aquello que uno creía impensable comienza a manifestarse en lugares donde debería prevalecer el respeto, especialmente en las escuelas.
“¡Esta es la nueva Alemania!”. La expresión parece anunciar una conquista, como si el país hubiera recuperado algo valioso que le pertenecía y alguien se atreviera, por fin, a decirlo en voz alta. Pero ¿qué Alemania está celebrando Frau Tanja? ¿La que acepta que un niño sea juzgado por su origen, su aspecto o el de su abuela morena?
Gala, la madre de Tony, publicó una queja en sus redes sociales. Otros padres expresaron también su inconformidad con las prácticas pedagógicas de la misma maestra, aunque por otros motivos. Las quejas llegaron a oídos de los directivos y Frau Tanja fue llamada a rendir cuentas. Y aquí viene la parte más interesante de esta historia.
En un arranque de soberbia profesional, la maestra decidió interrogar a sus alumnos sobre los reclamos de sus padres.
–He sabido que sus papis están hablando por WhatsApp sobre mi trabajo con ustedes. Díganme en qué he fallado.
Los niños y niñas de segundo grado de primaria respondieron con una sencillez demoledora:
–Nosotros no tenemos permitido usar teléfonos. No sabemos nada.
La maestra insistió, reformulando su reproche:
–Es que la directora me dijo que ustedes no están de acuerdo con la manera en que los educo.
Las criaturas volvieron a poner las cosas en su sitio:
–Nosotros no sabemos nada de lo que piensa la directora.
Frau Tanja prefirió cerrar el asunto. Ahora, según me cuenta Gala, prepara su cambio de plantel.
Tony, mientras tanto, solo quería presentar a su abuela, quien posee varios premios artísticos. No había llevado a la escuela más que el entusiasmo de un infante por tener en su casa a su Oma, como se le dice cariñosamente a las abuelas en Alemania. Llevaba de la mano a una mujer a la que ama, y ese amor lo quería compartir con su maestra.
La “nueva” Alemania apareció en ese encuentro, pero no necesariamente donde Frau Tanja creía. Apareció en el niño plurilingüe, en la abuela mexicana formada en Cataluña, en la familia que atraviesa culturas y enriquece al país donde se encuentra y en los escolares que se negaron a cargar con una maldición que, por cierto, debe ser erradicada del planeta.



