Un tango de 1934 sigue dibujando lo cotidiano.
Por Carlos Chavarria Garza
Imagínese a un tipo en un bar. Fastidiado. No viene a dar un discurso, viene a pedir una copa. Se la sirven, se la toma y ahí mismo, sin micrófono y sin que nadie lo haya invitado, se pone a cantar el tango Cambalache. Así me llegó la escena que comparto, en un video viejo de los años sesenta. Un tango todavía más viejo, de 1934 (Discépolo, 1934), que me cayó encima como si lo hubieran escrito esta mañana.
Lo primero que entendí es que no importa cuánto hayamos cambiado de ropa. Modernidad, tecnología, proporciones, da lo mismo. Lo que describe Discépolo es el mismo cochinero que estamos viviendo. Cambió el tamaño del cuarto, no el desorden. Como lo dice a la letra: “Y en el mismo lodo, hmm, todos manoseaos, Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ¡Ignorante, sabio o chorro, pretencioso o estafador!, ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor!, ¡Lo mismo un burro que un gran profesor!”
Fíjese en lo que el tango no dice. No dice que hay gente mala; eso lo sabía hasta mi abuela. Lo que dice es que ya nada sirve para diferenciar lo bueno de lo malo, lo correcto de lo incorrecto. El que trabaja y el que roba, el que sabe y el que nada más habla, acaban en el mismo montón, con la misma etiqueta y al mismo precio. Eso es un cambalache: una tienda donde todo se amontona y nada tiene su lugar. El tipo del bar no se queja del ladrón. Se queja de que la báscula no sirve.
Discépolo lo escribió en plena década infame argentina, con fraude electoral y corrupción a la vista de todos, algun parecido con la actualidad es mera coinicidencia. No necesitó internet. Hoy el cambalache viene en el bolsillo, y cada mañana nos tira encima verdades, mentiras y medias verdades con la misma tipografía y el mismo tono de alarma. Un escándalo vale lo que el siguiente.
Ahora póngale fecha de hoy. Una encuesta de CNN de hace un año decía que 79% de los demócratas estadounidenses ve su voto como oposición a Trump, y que solo 65% mira con buenos ojos a su propio partido (Yahoo News, 2025). Se vota contra alguien, no a favor de algo. En Perú, más del 70% del electorado no respaldó a ninguno de los dos finalistas (Rodríguez Campos, 2026a). En Colombia, el voto en blanco fue casi el doble de la distancia entre ganador y perdedor (Rodríguez Campos, 2026b). Cuando el ciudadano vota tapándose la nariz, o le dice en blanco a las dos mitades que ninguna le explicó nada, es que la báscula no sirve.
Aquí, rumbo a 2027, el cuadro no es distinto. La oposición llega sin haber resuelto si va junta o separada, con quién y para qué (El Financiero, 2026; Sánchez Rodríguez, 2026). La pregunta le cabe igual al que manda y al que aspira: qué es, qué propone, en qué se distingue. Mientras nadie conteste, el elector decide entre montones.
Del lado de la información pasa lo mismo. Cada mañana nos bombardea el algoritmo con una lluvia de hallazgos, verdades, medias verdades y mentiras bien producidas, con la misma tipografía y el mismo tono de alarma. Un escándalo vale lo que el siguiente. Cuando todo pesa igual, nada pesa.
En México ya se raya en lo grotesco. Por un lado, un régimen que gobierna con maquinaria clientelar y un culto monolítico alimentado por la revancha histórica, sin programa cívico alguno; del otro, una oposición extraviada, sin brújula moral, incapaz de sacudirse sus propios vicios, y en medio, el árbitro que debía ser ejemplo de sobriedad y honradez, el INE, con su presidenta bajo investigación de la Auditoría Superior por contratos de cientos de millones con empresas ligadas a gente de su círculo cercano. Si se prueba, el árbitro estaba en la cancha. Si no, queda el daño: un órgano que vive de la confianza ya la perdió. El elector se queda solo, obligado a escoger entre el cinismo del que manda y la ineptitud del que quiere mandar, el cambalache de siempre, el que aprendimos a hacer como que no existe.
No es solo la política. El cochinero ya se coló a la vida diaria. El que estudió años discute en igualdad de condiciones con el que vio un video de dos minutos, y el segundo tiene más seguidores. El que cumple se siente tonto junto al que se la sabe torcer. Se premia el volumen, la emocion, no el mérito, y los muchachos están aprendiendo que da lo mismo. Eso es vulgaridad, y no hablo de groserías: vulgar es lo que dejó de distinguir.
Pero ojo con lo que el cambalache le hace al propio cantante. «Todos son lo mismo» empieza como diagnóstico y acaba como coartada. Si todos son iguales, nadie tiene que esforzarse en distinguir, y el que gana es el que nunca tuvo escrúpulos. Tampoco hay lonche gratis para el que quiere separar el trigo de la paja; cuesta trabajo, cuesta tiempo y cuesta enemistades; aun así se puede. Hungría votó en abril y Tisza se llevó 53% con un mensaje que cabía en una frase (“Es hora de llamar a la corrupción por su nombre: robo” Polish Institute of International Affairs, 2026; Center on Democracy, Development and the Rule of Law, 2026). Cuando alguien le entregó al elector con qué pesar, el elector pesó. No todos son iguales. Lo que pasa es que casi nadie nos dice cómo medirlo.
Al tipo del bar se le acaba la copa y se acaba el tango. A nosotros nos queda algo más útil que cantarlo: exigirle a cualquiera que pida nuestro voto que diga qué es y qué propone, y si no lo dice, no dárselo.
Cuando nada separa lo bueno de lo malo, gana el que nunca tuvo escrúpulos.
Esa es la vulgaridad de nuestros tiempos, y no hablo de groserías ni de mal gusto. Vulgar es lo que dejó de distinguir. Hágase la pregunta dificil: si en 1934 ya estábamos así, ¿qué aprendimos en noventa años? Casi nada, o peor, aprendimos a acostumbrarnos. Al tipo del bar todavía le dolía. A nosotros se nos pasa con el dedo, deslizando la pantalla hacia el siguiente escándalo.
Cuando nada separa lo bueno de lo malo, gana el que nunca tuvo escrúpulos.
Referencias
Discépolo, E. S. (1934). Cambalache [Canción].



