Por José Jaime Ruiz
La Mañanera del Pueblo se pretende un Gran Nodo donde descanse la capacidad cotidiana de fijar agenda. Se trata de dominar y gestionar la información circulante inundando el ecosistema mediático con datos propios, cifras y narrativas que neutralicen cualquier agenda crítica para activar el enjambre, su circuito cerrado, enganchado. El poder comunicacional de Claudia Sheinbaum Pardo trata de dominar esto de forma quirúrgica: frente a crisis complejas (violencia, fallas de infraestructura o escándalos de corrupción), la respuesta de la doctora suele ser anteponer un relato moral y afectivo por encima de las pruebas documentales. Si la realidad fáctica contradice la narrativa oficial, se despliega una contra-información masiva. El debate público se traslada del terreno de “lo que es verdad” al de “en qué narrativa emocional decides creer”.
El poder de esta presidencia imperial está respaldado (y fuertemente disputado) por activistas digitales, redes de influencers de la política y comunidades virtuales rígidamente fragmentadas. El disenso legítimo o la crítica periodística raramente se contestan con argumentos; en su lugar, se activan linchamientos digitales automáticos basados en el afecto y el enojo. Las benditas redes sociales en México operan bajo la lógica de la “burbuja”: estás con la Transformación o estás en contra, eliminando los matices intermedios.
A diferencia de los regímenes autoritarios del PRIAN que recurrían a la censura explícita o a la violencia física para callar a la población, el poder actual se legitima a través de la adhesión voluntaria e hipervisible. Millones de usuarios en plataformas como TikTok, Facebook o X defienden y consumen el contenido presidencial no por coerción, sino porque se sienten representados emocionalmente por la retórica del gobierno. El poder seduce y genera un consumo de identidad política que la ciudadanía comparte con orgullo en sus perfiles personales. El poder es profundamente infocrático porque entendió que en el siglo XXI el control real no se ejerce cerrando periódicos o silenciando la red, sino saturando el espacio digital con información propia, estimulando las pasiones del enjambre y sustituyendo la rendición de cuentas institucional por una producción continua de contenido emocional.
Uno de los errores de percepción de los intelectualoides y voceros de la Presidencia de la República es confundir la exigencia ciudadana de transparencia, rendición de cuentas y cumplimiento de promesas como “narrativa de la derecha”. Al contrario, porque el voto es de izquierda, se le exige a la izquierda populista y neoliberal en el poder que no se tuerza ni a la derecha ni a la deriva autoritaria del pensamiento único que proponen Citlalli Hernández y Rafael Barajas, el Fisgón. Un fantasma recorre la 4T: el fantasma del algoritmo. Y, sin embargo, en este tema se equivocan. No es el algoritmo como tecnofascismo, es un pueblo informado, insumiso: la revolución de las conciencias los rebasó por la izquierda.
El modelo de comunicación presidencial implosionó. La opinión publicada por voceros del régimen, youtuberos y creadores digitales no es la opinión pública. La fisura resquebraja el ecosistema ideado por Jesús Ramírez Cuevas de la comunicación cortesana de La Mañanera del Pueblo. Los microrrelatos del poder político morenista se convierten en microficciones, como el “No somos iguales” o “Acabamos con la corrupción”. Ya autodestruyeron política e ideológicamente ese fraseo, ese ideal sintagmático. Y los ciudadanos se lo cobran en las redes sociales porque los voceros digitales de la 4T confundieron tener followers con tener discípulos o, peor, “ganado manipulable”. Un votante 4T no es dócil ni sumiso, a menos que se asuma y se presuma como fanático.
Con el Caso Taddei, la narrativa oficial reventó, su posverdad los consumió. Ahítos de negacionismo, si la realidad no se acopla a su relato, peor para la realidad. La conversación oficial se transformó en un degradado círculo rojo compacto, es decir, en un circuito cerrado que sólo repite consignas prerreflexivas, instintivas y emotivas., una psicopolítica de la manipulación. Subterfugio y polarización, la infocracia de Sheinbaum, con sus narrativas fragmentadas, desaparece el debate racional, provoca noticias que apelan a reacciones afectivas e instintivas inmediatas como el odio, la indignación y el orgullo, en efecto, el likefunciona como un “amén” digital. Con el Caso Taddei, la credibilidad de Sheinbaum y Morena se sostiene apenas con alfileres.



