Por Joaquín Hurtado
Hay amores que nacen condenados y terminan con una pata en el bote. El caso de Guadalupe Taddei, expresidenta del Instituto Nacional Electoral, es uno de los ejemplos más recientes y notorios de estos affaires. Recuerdo también a Rosario Robles y el caso de la Estafa Maestra. Ambas protagonistas de un colchonazo que comenzó como asunto privado y terminó convertido en bochorno nacional.
Pero existen también romances colectivos: masas numerosas que apuestan hasta los calzones por la figura de un lagartón picudo; pasiones de cuento de hadas volcadas hacia un tipejo corrientísimo que, cuando el amor se acaba, hasta se lleva las bolsitas de té. Y es que, cuando los afectos se mezclan con los contratos públicos, la factura ya no se paga entre dos corazones: la carga una sociedad completa.
En Nuevo León tenemos nuestra propia versión de esta tragicomedia romántica. La protagoniza un gobernador que llegó al poder con sonrisa de pimpollo y un discurso diseñado para seducir a una sociedad que votó con las hormonas, convencida de que, por fin, había llegado su príncipe naranja.
Samuel García supo venderse ofreciendo frivolidad pura: sexy, moderno, emprendedor, infantiloide, dicharachero, familiar, siempre dispuesto a posar para la fotografía y comunicar que Nuevo León estaba destinado a convertirse en una potencia separatista, colmada de prosperidad. El electorado se tragó el anzuelo completo porque se identificó con la carnada.
Y hete aquí que aparece el síndrome Robles-Taddei en el pecho de esas masas ilusionadas del «Nuevo» Nuevo León. No afirmo que ambos casos sean jurídicamente iguales. Pretendo señalar una peligrosa vulnerabilidad colectiva que los pillos sin escrúpulos ni responsabilidad pública saben aprovechar. Un gobernador de TikTok y chabacanería seductora termina bajo la lupa federal por una presunta triangulación multimillonaria.
El 31 de octubre de 2026, La Jornada informó que la Auditoría Superior de la Federación presentó ante la Fiscalía General de la República una denuncia penal contra el Gobierno de Nuevo León por una presunta triangulación de más de 7 mil 200 millones de pesos. Las operaciones bajo sospecha involucran constructoras, comercializadoras, empresas de servicios y un despacho jurídico relacionado con el junior Samuel García y su padre, de apellido Mascorro.
La auditoría federal identificó, entre otras operaciones, transferencias por 928 millones de pesos hacia el despacho del padre del gobernador. También señaló una posible adquisición inmobiliaria por mil millones de pesos vinculada al esquema investigado.
Siete mil doscientos millones de pesos. Un chingo de dinero. Conviene detenerse en la cifra. No es dinero abstracto ni una anotación contable que pueda desaparecer entre escritorios. Son recursos públicos cuya ruta debe esclarecerse. No existe todavía una sentencia que permita afirmar que la totalidad de esa lana terminó en cuentas personales del gobernador naranjoso. Pero la denuncia de la ASF ha puesto el asunto en el centro de la tormenta política, en vísperas de las próximas elecciones estatales.
¿Y qué sucede mientras tanto con el enamorado, con el votante que vuelve a descubrirse engañado por otro vivales de rollazo mamador? La ciudadanía de Nuevo León, como cualquier amante despechado, comienza a descubrir que la luna de miel costó demasiado. Que las promesas de prosperidad no pagan hospitales, no terminan carreteras, no reparan calles ni resuelven la inseguridad. Después de semejantes cifras, para Samuel Alejandro García Sepúlveda parece que gobernar consiste en administrar el tesoro estatal como si se tratara de una empresa familiar.
El elector regiomontano ha experimentado una curiosa transformación en su trastorno psicológico. Primero defendía al gobernante ante cualquier crítica. Después justificaba sus errores. Más tarde comenzó a reírse de sus excesos y rapacerías. Finalmente, cuando las evidencias empiezan a acumularse, descubre que siempre hubo señales que prefirió no mirar. Pero la cuestión más amarga, la que verdaderamente habría que poner sobre la mesa, es esta: ¿cómo jodidos pudimos creerle al embaucador?
El síndrome Robles-Taddei no consiste simplemente en enamorarse de la persona equivocada. Su síntoma más peligroso es entregar la capacidad de juicio a cambio de una carita divina, una labia mitomaníaca y un catálogo de promesas de humo. En política, ese enamoramiento tiene consecuencias colectivas. Los ciudadanos terminamos chiflando en la loma después del desengaño: deudas, servicios deteriorados y una monumental cara de pendejos.
¿Cómo se cura esta enfermedad? No hay terapia de pareja que alcance. Tampoco sirve llorar frente al desfalco, insultar al gobernador en las redes sociales o descubrir repentinamente que aquel político hueco que antes parecía simpático ahora resulta un bodrio insoportable, cuando no presuntamente involucrado en conductas delictivas. La cura tendría que comenzar mucho antes de depositar el voto: desconfiando de quienes pretenden sustituir la rendición de cuentas por concursos de simpatía.
¿Estamos condenados los nuevoleoneses a repetir la historia de los enamorados idiotas? No quiero aceptar que padecemos una inclinación colectiva incurable a ser esquilmados una y otra vez. Sin embargo, parece persistir en esta sociedad una propensión a confundir el empaque con la sustancia, el rollo edulcorado con la honestidad, la insolencia con la inteligencia y el espectáculo con la capacidad de gobernar.
El problema podría tener una explicación intolerable para algunos: hay quienes prefieren ser engañados una y otra vez antes que reconocer que se equivocaron. Defienden al abusador porque abandonar al personaje significa confrontar sus propias contradicciones. Soportan lo insoportable para no renunciar a una identidad política ni perder el melodrama que los mantiene emocionalmente atados. Necesitan al payaso siniestro incluso cuando les vacía los bolsillos. Un electorado así termina confundiendo la democracia con la sumisión.
La ciudadanía tiene que hacer autocrítica, aunque duela, para evitar otros seis años de desgobierno. Tenemos que reconocer el padecimiento que nos ha llevado a votar por un Rodrigo Medina, un Jaime Rodríguez o un Samuel Alejandro García Sepúlveda. No basta con cambiar de novio, de partido o de color de camiseta. Hay que romper la maldición de la dependencia emocional hacia los ineptos, los soberbios y los ladrones.
Porque una cosa es equivocarse de amante y otra muy distinta es entregarle las llaves de la casa, la chequera y las escrituras, para después descubrir que también se llevó los muebles. Y todavía tener que pagarle la mudanza.



