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A mal principio no hay Buen Fin

Por José Francisco Villarreal

No sé cómo les iría con el “Buen Fin” a los comerciantes reineros. Lo normal es que presuman un éxito que les asegure repetir la estrategia de mercado; pero un éxito mesurado, que justifique no exagerar en la cartilla de ofertas. Después de todo, el comercio no considera la capacidad adquisitiva del cliente y sí lo induce a endeudarse (meses sin intereses, etc.), ni está pensado para distribuir productos y ampliar servicios, sino para generar ganancias “plus ultra”. A mí me fue muy bien con un par de productos básicos para la despensa y un teclado para mi ordenador, porque el anterior ya parecía pianola y tecleaba solo. Seguramente más de un párrafo de mis de por sí desangelados textos no lo escribí yo sino mi rebelde teclado viejo. Así que mi “buen fin” fue frío y sin ilusiones, pero tranquilo y realista. Revisando las ofertas me doy cuenta que moriré sin conocer el verdadero valor de los productos y servicios; sólo sabré el valor que impone la especulación, la avidez, la astucia y la avaricia.

Revisando los haberes y deberes en la economía doméstica, concluyo que el regateo es un arte ya extinto. No se discute, se paga. Si en el comercio todavía podemos buscar opciones económicas, en servicios y obligaciones no hay vuelta de hoja. Imposible discutir un descuento con Bartlett, o con Naturgy, o Metrorrey, o el rutero. Los descuentos en predial, multas y otros gravámenes no son piadosos, son recaudatorios. Son proporcionales a la incapacidad de un cobro eficiente y a la soledad del tesoro público. El rescate de la burocracia ante la “cuesta de enero”. ¡Gracias, de nada!

La riqueza siempre se ha identificado con la acumulación de bienes. No sé nada de economía, salvo guardar la morralla para gastarla con timidez, pero me da la impresión de que la riqueza inmóvil no contribuye a la economía de un país, o de un estado. La raza de sol estamos condenados no sólo a generar bienes, también a movilizarlos.

Decía mi agüelo que me dura más un hielo en el comal que un peso en la mano. “Liquidez”, me fascina esa palabra que nos remite igual a lo inaprensible que a lo aniquilado. En las carteras populares sin represas, ni tinacos, ni aljibes, lo del agua al agua.

En esta situación tan incómoda, y aunque mi opinión sea tan prescindible como la de millones de ciudadanos, tal vez reconsidere mi postura frente a la Reforma Electoral. No toda. Sí en aquello de los recursos para partidos políticos. ¡Pobrecillos! Para ellos no hubo Buen Fin, lo que se entiende porque los más no tienen buenos principios. Pero sí que sufren. Me entero, por ejemplo, de que este sábado el PRI se ha autorizado otro endeudamiento, esta vez de unos 140 millones de pesos, hipotecando uno de sus edificios en CDMX, lo que engorda su deuda a más de 300 millones. Es decir, si con los recursos que capta del erario está en esta situación, si se le redujeran terminaría en bancarrota. Lo que no me cuadra mucho es que un partido con apuros económicos tenga militantes exfuncionarios millonarios y más, mucho más. Conmueve de veras ese amor a una camiseta tricolor más raída que mis cal… cetines. Esto me da una perspectiva distinta de la mentada coalición del PAN, el PRI y el PRD. Como el cuento de los tres cerditos. Y no creo necesario decir cuál de estos tres construyó su cabaña con paja, ni de la poca habilidad priista para la carpintería. Tampoco es necesario identificar al Lobo FeroX y su connivencia con el cerdito albañil.

A propósito de recursos y partidos, la pobreza se ha hecho extensiva a los municipios nuevoleoneses gracias, también, al ciudadano gobernador. Mientras los ciudadanos hoceamos en la alacena, algunos alcaldes han hecho un pacto presuntamente apartidista para darle una tatemada de trompa al gobernador García, con una especie de federalismo fiscal, pero en chiquito. El aparente líder del pacto, el priista César Garza, aclara que esto no tiene qué ver con el zipizape entre el joven Samuel y el congreso local. Dicen que “Excusatio non petita, accusatio manifesta” (aclaración no pedida, culpa manifiesta). La misma naturaleza del pacto tiene ya una carga partidista que, como todos sabemos, rebasa siempre la responsabilidad de un funcionario público. Esa simbiosis de funcionarios y sus partidos sería la única debilidad del pacto, tal como siempre ha sido una debilidad en la administración pública. Por lo demás, me parece justo que se exija una repartición suficiente y oportuna, además calibrada con las necesidades más que con las fortalezas de los municipios. Todo lo contrario a uno de los argumentos más importantes del gobernador y “otras” voces partidistas locales (desde hace tiempo) sobre el reparto de recursos federales a los estados. Difícil conciliar este argumento con la exigencia de los munícipes. Más difícil llegar a acuerdos honestos rechazando a quienes se ofrecen como mediadores. ¿Por qué? Porque un mediador trataría de conciliar intereses, pero impediría, o al menos trataría de impedir negociaciones en “lo oscurito”. Oscuridad en la que ambas partes en pugna tienen harta experiencia. En otras palabras, la reconciliación entre partidos y gobernador podría resolverse en “petit comité”. Todo quede en familia… Una familia en la que los ciudadanos somos, para variar, los hijos expósitos de la democracia.

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// José Francisco Villarreal

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Autor: stafflostubos
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