Por Francisco Villarreal
Cuando dije a mi familia que mi última voluntad es que incineraran mi cadáver, y espero que no sea pronto, la respuesta fue inmediata y unánime: ¡No! Cambié de tema, porque en esas cosas uno ya no tendrá control de los hechos. Harán lo que se les pegue la gana. No entiendo esa necedad de concentrar a los muertos en confinamientos solitarios a pudrirse. Ya en los Miércoles de Ceniza uno asume que es y será polvo, no necesariamente podredumbre. Si creemos en el Génesis, también salimos del polvo, arcilla roja para ser más precisos. Pero se insiste en dejar el cuerpo en la tumba, entero, al menos al principio, para que, supuestamente, lo que quede se levante a escuchar su sentencia definitiva en el día del Juicio Final. Ya imagino el hatajo de rastrojos haciendo antesala en el tribunal. ¡Qué poca fe le tienen a los poderes divinos! Tan sencillo como juntar las cenizas, hacer monitos sin cola y de nuevo soplarles encima. El caso es que personalmente me incomoda esa zombificación divina de cadáveres nada más para juzgarlos. Pensándolo bien, esa promesa de resurrección condicionada es un antecedente más tenebroso que los zombies, esos muertos vivos del folclore antillano, que al final son una alegoría de la esclavitud con raíces en la mística africana.
En algún momento de nuestra “modernidad” perdimos la capacidad de horrorizarnos, tal vez porque le permitimos a los medios y a la ficción ponernos los pelos de punta desde una cómoda e inmune distancia. No sé si eso pensó George A. Romero al crear una obra maestra en donde los muertos resucitan para tragarse a los vivos, todo a causa de un impreciso accidente tecnológico. Sí, vi “La noche de los muertos vivientes” y me quedé horrorizado más que aterrorizado, empezando porque el “gore” de jarabe es tremendamente sangriento en una cinta en blanco y negro. De entonces a la fecha todos quieren una parte de la gloria de Romero atiborrándonos de zombies, ghouls, muertos vivos, o lo que sea que pretendan que sean. Y cada vez son más repugnantes y más absurdos. Pero de entonces a la fecha nos han hecho una catafixia chebeliana cambiándonos el terror por el horror, y el horror por el asco. Tan insensibles somos ya que necesitan estimular esa reacción orgánica antes que una instintiva o intelectual.
Así, un horror en los linderos del asco sentí cuando volví a ver al impresentable Ernesto Zedillo Ponce de León cobijado por medios de comunicación y una jauría de comentócratas. En manos de George A. Romero, no hubiera tenido mejor impacto ni más náuseas. El resucitado volvió de su dorada tumba política, y volvió con hambre de protagonismo. Si ya durante su mortífero sexenio fue voraz, retoma la moda perfeccionada por el presidente gringo tratando de imponer un universo alterno donde la ficción creativa es desplazada por la mentira cínica. Ya tuvimos una dosis masiva de eso mismo durante las pasadas campañas prianperredistas, que una votación también masiva desmintió. Es posible que la campaña contra el gobierno federal que inicia Zedillo no ha calibrado bien la diferencia entre Estados Unidos y México. Los estadounidenses han creído durante años la mentira de una superioridad en todo y sobre todos. En México, durante esos mismos años, no nos preocupamos por ser superiores a nadie más sino por sobrevivir, por cualquier medio, legal o no, a los embates de una casta política y económica más maligna que una sandía en la cruda. Trabajamos nuestra resiliencia ancestral hasta en medio de las arenas movedizas de la globalización y la peste neoliberal. ¡Vaya!, hasta reinventamos la proeza del profeta Daniel en el cubil de los leones y transitamos dentro del progresismo y la izquierda pastoreando a los grandes capitales. Somos un poco menos crédulos ante las mentiras, preferimos mentirnos a nosotros mismos que tragarnos las mentiras ajenas. Tal vez habrá jóvenes y no tan jóvenes que no recuerden lo que sucedió en el sexenio de Ernesto Zedillo, pero todos tienen manera de verificar si en verdad es quien dice ser. Ni fue un buen economista, ni fue un buen presidente. Fue un represor, un farsante, un estafador. Eso es inocultable, y en eso debió pensar antes de venir a México tratando de reivindicarse, con lo que sólo logrará a acabar de rematar al ya bastante desprestigiado partido que lo llevó al poder, y al partido que favoreció con una alternancia ficticia.
Lo siento por priistas que ahora ya militan en Morena, que estuvieron a la “altura” del zedillismo en su momento. Entre más mueva la olla, Zedillo acabará más ensopado y pringando de la misma bazofia a prácticamente todos los partidos, movimientos, asociaciones, cofradías y logias. No sé, porque no soy ni fiscal ni juez, si los nexos de la familia de Zedillo con narcotraficantes son verdaderos, pero sí son verosímiles. La diferencia con la retórica de Zedillo es que ya no sólo sus argumentos, hasta él mismo es inverosímil. Y los comentócratas, tan hambrientos y voraces como este zombie político, harían bien en dejar de plegarse a campañas mediáticas maquinadas en oscuras catacumbas ideológicas ilógicas. Ya fueron exhibidos por sus propias mentiras. Ya fueron expuestos como la horda que desolló a la libertad de expresión.
Entiendo que el regreso de Zedillo no puede ser casual. ¿A qué vuelve? No creo que sea la mejor opción para asumir el liderazgo del PRI, no es mejor que el de por sí nefasto “Alito”. Podría negociar “en lo oscurito” con el PAN, pero el riesgo de que se hiciera público dañaría todavía más a los albiazules. En MC tampoco hay lugar para él, son camaleónicos pero no son tontos. Habrá empresarios, más que grupos empresariales, que le deben algún favor, pero en una economía mundial en proceso de cambio, no creo que se arriesguen a afiliarse con un perdedor. Los empresarios son prácticos y no apuestan a la incertidumbre. Dice bien Zedillo y sus aduladores: en el mundo reconocen su gobierno. Sólo que ya no gobierna, hoy sólo es un expresidente afónico que vocifera. Es posible que tenga más voz y más poder Calderón y sus personeros, y sólo entre los panistas. En un contexto internacional de inestabilidad geopolítica y económica, ¿a qué gobierno extranjero le interesa lo que diga o calle Zedillo? Tal vez a Trump, su homólogo en mentiras y cinismo. Entonces, ¿a qué vuelve el zombie político de Zedillo? Si tampoco entre los mexicanos tiene el menor impacto, sólo puedo pensar que no regresó por gusto, lo mandaron. A ver si este intento de “remake” no termina en un “spoiler” del Juicio Final para él, sólo que en manos de la justicia humana. Esperemos que, por su bien, no resuciten también los muertos de Acteal…
Ceterum censeo: Han hecho mucho ruido las palabras de la presidenta Sheinbaum afirmando que negó a Trump la “oferta” de meter tropas gringas en territorio mexicano, dizque para “ayudar” en el combate a los cárteles de narcotraficantes. Trump no soltará esa prenda, y volverá a insistir y a presionar. Ya ha militarizado amplias zonas fronterizas y ha solicitado un enorme presupuesto para el aparato militar. Si bien Trump “militarizado” es de por sí una amenaza para México, también lo es para cualquier país en el mundo. Lo interesante es que al militarizar grandes extensiones de territorio dentro de Estados Unidos amplía las facultades del ejército para operar incluso contra civiles estadounidenses. En momentos en que Trump usa órdenes ejecutivas para atacar a sus enemigos políticos, a sus opositores y a sus críticos, es especialmente preocupante para los estadounidenses y su régimen democrático. Diría el profeta Ezequiel: “tienen ojos para ver y no ven, tienen oídos para oír y no oyen”.



