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Por Joaquín Hurtado

Nací al pie de las altas chimeneas, con el corazón metalúrgico y la lengua de chapopote, medio renacuajo, medio pájaro carbonizado.

Llegué a este valle gris entre el estrépito de los furgones rebosantes de cal viva y carbones encandilados. Nací bienamado por las montañas, consentido por las nubes, mitad humo rojo, mitad vapor amarillo, con la muerte como estrella siempre en ascenso. Sin dios ni apellidos.

Perrillo faldero, arrojado a la anchurosa desventura como excedente de la matriz siderúrgica. Pecho tiznado, rabo pelado, ojos de sílice; sexo de hollín aún tibio.

Primogénito de las tolvaneras, vástago de las nubes, nieto de los desiertos colorados. Aquí me parieron: medio fiambre, medio yesca. Nací al aviso de los silbatos, con su aullido de animal marino, marcando la hora exacta del primer llanto. Con los ojos de vidrio, todavía legañosos, recién abiertos al retumbo jornalero.

Aprendí a respirar a galope, calibrando el viento. Cada inhalación era un pacto definitivo: vivir a cambio de cargar en los hombros el peso de una ciudad martirizada. Crecí para ser recurso, apero desechable, fuerza bruta. El cuerpo se endureció como el acero al sumergirse en agua al tiempo.

Mi cuna era una tarima de tablas manchadas de lodo y grasa. Prestaba oído al traqueteo interminable de los rieles por donde rodaban los trenes industriales. Antes de saber mi nombre ya era candidato a obrero. Mis manos imitaban la coreografía de poleas y grúas; mis huesos copiaban la paciencia de los hornos. Todo nace para fundirse.

Mi catecismo fue un manual diseñado por elefantes ingenieros, siempre atentos a los mandamientos del maestro en control de calidad. Crecí contando vagones en lugar de estrellas, midiendo el tiempo en turnos y horas extra.

El día —un crisol precioso— inflamado tras los picos de la serranía, bajaba desnudo, avivado, puntual, como cinta transportadora de suministros, mítica serpiente revestida de materiales refractarios. La noche era apenas un breve apagón donde el cuerpo se dejaba caer, exhausto y ebrio: mitad lingote duro, mitad pecado.

Así fue tomando forma mi carne: huesos de yeso y cerebro lleno de ruido; carne de talacha y aleación con filo. Pailero con panza sin destino.

Vecino indócil de colonia bravucona, de religión obrera. Forjado al rojo vivo por el sudor espeso y los callos reventados de los viejos operarios: hombres de espalda ancha y palabra escasa, inquilinos perpetuos de Fundidora.

Aprendí a pronunciar –antes de decir mamá o teta– tantas palabras hermosas, llenas de sonoridad y extravagancia proletaria: traxcavo, malacate, locomotora, tonelaje, cabrestante, huelga.

Mientras preparaba mi biberón en la fragua, la cuadrilla de overol se tomaba otra cerveza caguama. Debo agregar a mi biografía de pesebre aquel tufillo marrón de los arroyos: olía a sosa, anticorrosivo, lama venenosa.

Crecí con las sirenas de mil factorías, escuchando detonaciones de dinamita reventando cerros. Ahí se marcaba la hora de vivir, con los padres de espaldas al mar y de frente al ocaso teatral de la Sierra Madre, en vecindades vencidas que nunca aprendieron a quejarse.

El pavor a perder el puesto nos daba identidad antes incluso de tener edad para empezar a trabajar. La dignidad se ejercía a golpes. Éramos hijos del óxido y la necesidad, con el futuro gastado a la intemperie.

Nací al aire sucio con la ayuda de la luna comadrona. El Diablo en persona me recibió con una bofetada, un golpe certero para que no llorara. Los días crecieron alegres o grises, uno encima de otro, con capas de vaho sobre el azul profundo.

El horizonte era una pared con cáscaras de orín y sombras. El sol también se cansaba de las nubes de concreto. Nacer ahí es empezar perdiendo. Me resigné pronto a respirar humo y solventes antes que el perfume de la menta silvestre, con el cielo pardo y bajo, arrojado a la estepa como gargajo.

Los pulmones se hicieron fuertes a punta de rendirse. Cada amanecer olía a promesas quemadas, a rutina recalentada. Las calles me enseñaron temprano el color del miedo. El viento no traía noticias: sólo dosis altas de metales pesados.

La infancia tuvo sabor a falta de dinero, a comida fiada, a juegos violentos. Soñaba con árboles que no tosían al crecer. El silencio estaba contaminado. Y aun así, la vida insistía: sucia, terca, respirando…

(Monterrey, México, 1961. Premio Nuevo León de Literatura 2006. Cronista urbano. Ha publicado los libros: Guerreros y otros marginales, Ruta periférica, Laredo song, Crónica Sero,  La dama sonámbula, Los privilegios del monstruo, Vuelta prohibida (obra reunida en dos tomos), Teorema del equívoco, La estructura de Andrómeda, La luna es un tiburón. Creador de plástica amateur. Participa en la defensa de los derechos de las minorías sexuales y personas con vih/sida. Viajero incansable, padece deficiencia renal y colitis crónica. Ama los mapas de ciudades perdidas, ver el mundo a través de la poesía y comer en mercados rodantes.)

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Vía / Autor:

// Joaquín Hurtado

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Autor: lostubos
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