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Reinar sobre ruinas: La dignidad como sacrificio del dogma

Por Carlos Chavarria Garza

El poder es ejercido por seres humanos que surgen del proceso histórico asociado a cada era y circunstancia, pero los hombres son la misma materia con sus propios caracteres y personalidades. Si bien poseen rasgos singulares de diversos orígenes, sus motivos son universales —y quizás algunos nunca declarados— que se manifiestan en sus obsesiones y determinaciones que solo se pueden apreciar retrospectivamente por sus efectos. 

Como señala Foucault (1975), el poder no es solo una institución, sino una red de relaciones que atraviesa todo el cuerpo social, produciendo realidad y rituales de verdad que el líder utiliza para auto validarse.

La historia es la suma de las aplicaciones del poder sobre el mundo humano y se registran solo aquellos eventos que marcaron para bien o para mal a la humanidad entera. Los personajes ahí están como caracteres inolvidables y los recordamos cuando su inclusión en las narrativas modernas exige evitar o reforzar las modernas obsesiones del poder como perdurables y necesarias. Detrás de los más grandes errores y fracasos se encuentran obsesiones de todo tipo. Esta «locura» no es azarosa; Tuchman (1984)describe la «insensatez» como la persistencia de los gobernantes en políticas contrarias a sus propios intereses, a pesar de la disponibilidad de alternativas factibles.

A lo largo de la historia, diversas fijaciones personales de líderes poderosos sellaron el destino de sus naciones: la obsesión de Napoleón Bonaparte por subyugar a Rusia para asfixiar a Gran Bretaña diezmó su ejército y provocó la caída del Imperio Francés; el fervor religioso de Felipe II por erradicar el protestantismo lo llevó al desastre de la Armada Invencible, agotando los recursos del Imperio Español; la ideología de Adolf Hitler entre muchas de sus obsesiones la  del «espacio vital» forzó una guerra en dos frentes que aniquiló al Tercer Reich; el deseo nostálgico de Justiniano I por restaurar las antiguas fronteras de Roma dejó al Imperio Bizantino en la bancarrota; y, finalmente, la revolución monoteísta de Akhenatón hacia el dios Atón provocó una inestabilidad interna y un descuido de las fronteras que debilitó permanentemente el poder imperial de Egipto.

Esta recurrencia de la tragedia no es una coincidencia histórica, sino una constante de la condición humana: la materia de la que estaban hechos Napoleón o Justiniano es la misma que constituye a los líderes contemporáneos. Los siglos han cambiado las herramientas del poder, pero no la anatomía de la ambición ni la ceguera que produce el mando absoluto. Si en el siglo XVI era el fervor religioso de Felipe II lo que asfixiaba la economía de un imperio, hoy presenciamos cómo esa misma estructura mental, bajo el disfraz de dogmas laicos o revoluciones perpetuas, opera en naciones que deberían ser modernas, pero prefieren mantenerse dentro de una alternancia de camarillas. La obsesión ha mutado de piel, pero conserva su núcleo: una psique distorsionada que prefiere la inmolación de todo un pueblo antes que la aceptación del error.

Los costos de las obsesiones del poder las pagan sus dependientes. El poder siempre usa el beneficio de sus ciudadanos como motivo de sus políticas y reglas, pero en realidad, como toda obsesión, estas están hundidas en una psique compleja y distorsionada. Las obsesiones siempre están atadas a narrativas ideológicas que se asumen como inamovibles frente a la evolución y la dinámica del entorno. Es así como, detrás de la retórica de soberanía, no hay un proyecto de nación, sino una falacia de costo hundido donde el bienestar del ciudadano ha sido canjeado por la supervivencia de una idea muerta.

Es fácil para el poder moverse en los lugares discursivos comunes a los aspectos fundacionales de las naciones y narraciones gloriosas como sus inspiradoras, aunque tengan una negación de principios y valores tan obvios como la realidad de los pobres resultados de sus acciones reflejados en el pobre nivel de vida de sus ciudadanos. ¿Cómo es que casos como Irán, Venezuela, Nicaragua, Cuba, Corea del Norte, más otros, prefieren mantener a sus habitantes condenados no solo a la pobreza extrema como norma de igualdad, sino a la más absoluta pérdida de su dignidad sin esperanza alguna? En estos contextos, la «banalidad del mal» analizada por Arendt (1963) se manifiesta en la burocratización del sufrimiento: el líder no ve personas, sino obstáculos o herramientas para su obsesión.

En última instancia, estos regímenes no solo administran naciones; administran la desesperanza. Al destruir la dignidad, el poder se asegura de que no haya espejos que le devuelvan al líder el reflejo de su propia locura. La pobreza extrema y la violencia en todas sus forma, se convierten entonces en los mecanismos de control donde nadie es digno, porque la dignidad individual es el mayor enemigo de la obsesión totalitaria. Acemoglu y Robinson (2012) sostienen que la persistencia en la pobreza es una decisión política deliberada de instituciones extractivas que temen que la prosperidad ciudadana amenace su control. Detrás de cada cifra de migración forzada o de desnutrición, lo que realmente hay es un ser humano a quien se le ha arrebatado la certeza de su propio valor para alimentar el delirio de una narrativa que se niega a morir frente a un entorno que ya la ha dejado atrás.

A la luz de los siglos, queda claro que el poder no es una entidad abstracta, sino un fenómeno biológico y psíquico. Los líderes que hoy condenan a sus pueblos a la indigencia y al vacío existencial no son distintos de aquellos que sacrificaron imperios enteros por una fijación personal. La diferencia radica en que, en la modernidad, este sacrificio se ejecuta bajo el cínico estandarte del humanismo. Sin embargo, la historia es un juez implacable; su veredicto se escribe siempre sobre la integridad de los ciudadanos.

Cuando las obsesiones del poder se desvanezcan —como inevitablemente ocurrirá—, lo que quedará no será la gloria de una ideología, sino el registro de una dignidad humana sistemáticamente ultrajada. Como advirtió Orwell (1949), el objetivo final del poder obsesivo no es solo el control de los cuerpos, sino la desintegración de la capacidad mental de disentir (estalinismo en toda su extensión y variantes). 

La «materia humana» del líder, cuando está poseída por la obsesión, se convierte en un agujero negro que absorbe el futuro de sus dependientes. Debemos entender que la pobreza en estos regímenes no es un error de cálculo, sino el efecto deliberado de una psique que prefiere reinar sobre ruinas antes que reconocer su propia obsolescencia. La historia no registra las intenciones declaradas, sino las cicatrices que el poder deja en el alma de las naciones.

Referencias Bibliográficas

  • Acemoglu, D., & Robinson, J. A. (2012). Por qué fracasan los países: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza. Deusto.
  • Arendt, H. (1963). Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal. Lumen.
  • Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI.
  • Orwell, G. (1949). 1984. Seix Barral.
  • Tuchman, B. W. (1984). La marcha de la locura: De Troya a Vietnam. Fondo de Cultura Económica.reinar sobre ruinas

Fuente:

// Carlos Chavarria Garza

Vía / Autor:

// Staff

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Autor: lostubos
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