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El mal y la Regla Goldwater

Por Francisco Villarreal

Había una vez, otra vez, en un reino no muy lejano, un fulano que fue legislador de derecha, anticomunista que defendió al siniestro inquisidor Joseph McCarthy, paterfamilias del partido Republicano pero muy respetado por sus pares demócratas. Se llamaba Barry Goldwater, un conservador que dentro de su liberalismo ortodoxo fue bastante “progre”, y tuvo sus desamores con el ala “ultra” de los republicanos. En 1964 se le ocurrió lanzarse como candidato a la presidencia de Estados Unidos, frente al demócrata Lyndon B. Johnson. En esas andaba cuando una revista entrevistó a varios psiquiatras para que dictaminaran si Goldwater era apto para ser presidente. La intención era obvia. El aludido respondió a la revista con una demanda que ganó, por lo antiético de esos dictámenes. Esto llevó a que se adoptara la llamada “Regla de Goldwater” en la deontología médica de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA). La regla exige que sus agremiados se abstengan de hacer comentarios sobre personajes públicos si antes no se ha hecho un examen personal de ellos y si no han recibido su consentimiento para divulgar el diagnóstico.

Goldwater ganó la demanda pero perdió las elecciones. Eso sí, sentó un precedente que más o menos se aplicó hasta que apareció Donald Trump en escena. Fue desde antes que asumiera su primer mandato presidencial, en el 2017. Varios especialistas advirtieron que Trump tenía problemas de personalidad, entre ellos su ausencia de empatía, narcicismo, megalomanía, y hasta dijeron que padecía “demencia incipiente”. Todavía en diciembre de 2019, un grupo de profesionales de la salud mental insistió en contravenir la Regla Goldwater: “Estamos hablando en este momento porque estamos convencidos de que, a medida que se acerca el momento de un posible juicio político, Donald Trump tiene el potencial real de volverse cada vez más peligroso, una amenaza para la seguridad de nuestra nación”. Esto afirmaron “el profesor de la Escuela de Medicina de Yale, el Dr. Bandy Lee, el profesor de la Universidad George Washington, el Dr. John Zinner, y el ex perfilador de la CIA, el Dr. Jerrold Post, en un comunicado que será enviado a los miembros del Comité Judicial de la Cámara. La declaración irá acompañada de una petición con al menos 350 firmas de profesionales de salud mental que avalan sus conclusiones”, publicó el diario The Independent en esa época.

Claro que se armó el zipizape con los republicanos y los socios de la APA, pero uno de los profesionales activistas, el psicólogo John Gartner, dijo desde 2017 algo que habría qué considerar seriamente: “Tenemos la responsabilidad ética de advertir al público sobre la peligrosa enfermedad mental de Donald Trump”. En las circunstancias actuales tal vez se deba de ofrecer una disculpa al doctor Gartner y a todos aquellos que advirtieron sobre la salud mental de Trump. Ahora ya es innecesario que se evalúe la cordura a este infame presidente. “Lo que se ve no se pregunta”, reza el clásico. Trump dijo hace poco que él sólo obedece a sus principios morales. Esto es inquietante, porque si algo lo ha caracterizado desde siempre, y hoy se pone en evidencia, es que no tiene ninguna moral, ningún principio. 

Actualmente, la Regla Goldwater no tiene consensos ni entre los especialistas, sobre todo en México y más en lo que respecta a los políticos. Ha de ser porque, que se sepa, no existen evaluaciones médicas difundidas públicamente que garanticen la salud física y mental de un candidato y/o funcionario. Incluso la presunta capacitación especializada es muy superficial, ateniéndonos a títulos universitarios (que no garantizan nada más que la factura final de una inversión), o a los “diplomados” que son básicamente un refuerzo doctrinal partidista y todavía peor, o a la trayectoria militante, o a los “likes” en alguna red social. Esto no demuestra que el sujeto sea apto, ni siquiera si se refuerza con legiones de “asesores” que implican un gasto adicional para la función pública cuando sólo unos cuantos bastarían.

En el caso específico del generalote de oropel y evasor sistemático del servicio militar Donald J. Trump, yo no le he visto asesores que cumplan cabalmente su función. Suena como ecos raperos de una cabeza naranja casi hueca que guarda algunas calcificaciones de maldad y caos. Marco Rubio, rezuma desprecio y avidez por América Latina. Es la cúspide visible de muchos migrantes cubanos, exiliados o autoexiliados. Esa legión isleña con sede en Florida, odia al régimen cubano y siempre estarán dispuestos a promover más “sanciones” contra Cuba que, por un lado afectan principalmente a todos los cubanos pero, además, los presionan para rebelarse contra el régimen socialista. No tratan de reformar el sistema para acercarlo un poco al “Estado de Bienestar” que instituyó Franklin D. Roosevelt en su tiempo, se trata de regresar a tiempos del narcodictador Fulgencio Batista. Ese gremio político de excubanos también odia a México, porque ha resistido y rechazado durante décadas la presión estadounidense contra Cuba que, insisto, no sólo es contra el gobierno, también contra el pueblo cubano. Tal vez no comprenden que no amamos a los Castro ni a sus secuelas, tenemos un deber atávico de gratitud con ese pueblo desde que un gobierno cubano intentó defender a un presidente legítimo mexicano en contra de un golpe de estado que, ¡oh sorpresa!, promovió exitosamente Estados Unidos. (Vid., Henry Lane Wilson, Victoriano Huerta, Manuel Márquez Sterling).

Otro asesor francamente diabólico que sí parece incidir en el caótico cráneo naranja es Stephen Miller. Este fascista de larga trayectoria no es un trozo de maldad, es la maldad encarnada. No sólo verbaliza las ideas nefandas de Trump, además las refina y magnifica. Su versión femenina es esa especie de gorgona feroz que lidera y azuza las huestes del ICE, la Gestapo naranja de agentes federales de inmigración que operan armados, impunes, enmascarados y sin identificación visible; una versión corregida y aumentada de los “tonton macoutes” del malvado dictador haitiano, “Papa Doc”. Como entonces Duvalier, hoy Trump hace uso de la violencia, la impunidad, la ilegalidad, y el terror contra el propio pueblo estadounidense. Miller y Kristi L. Noem (la asesina de mascotas, y ahora cómplice e instigadora del asesinato de estadounidenses), tendrán que construir su propio infierno, porque Satanás ya es canonizable comparado con ellos. Si juntamos toda esta legión de asesores y secretarios sectarios, queda claro que Trump ha instituido un gobierno terrorista en un país que normalmente, con o sin razón, justa o injustamente, solía combatir el terrorismo. “Narcoterrorismo”, “narcogobierno”, no son consignas de los “magas” ni de la ultraderecha internacional, son la descripción perfecta de ellos mismos.

A medida que se exhibe cada vez más claramente la tendencia violenta y represiva de Trump, dentro y fuera de Estados Unidos, se define más que el gobierno estadounidense ha sido secuestrado por una pandilla de delincuentes y, cada vez menos eventualmente, criminales. La Regla Goldwater ya no tiene sentido, porque ya no es necesario un profesional de la salud mental para señalar con bastante certeza la insania y sociopatía de la secta MAGA. El mundo entero ha comprobado, algunos en carne propia, otros también en sangre, que nadie puede confiar en el gobierno estadounidense; y en aras de intentar inútilmente de llevar la fiesta en paz con esa demencia, la desconfianza se expande rápidamente entre las naciones. No sólo la OTAN está al borde del colapso, también la ONU. No hay tratado ni pacto que tenga valor para un sujeto que toma decisiones por capricho y que impone su autoridad por medio de una horda de matones. México ha sentido durante años esa presión, sólo que ahora se ha vuelto descarada. Trump ha encendido hogueras en todos los continentes. La única defensa contra eso es la unidad nacional, al margen de ideologías y pugnas políticas. En México, ya columbro la estrategia de la ultraderecha, que inaugura nuevos “medios de comunicación” como quinta columna para sembrar dudas y caos, es decir, debilitar a la sociedad respecto a su identidad como nación. En realidad no hay más que de dos sopas: o reforzamos nuestra unidad al margen de si creemos o no en la 4T, o asumimos abierta y cobardemente nuestra servidumbre a la locura de Trump, que no es otra cosa que el viaje fatal hacia el autoritarismo absoluto y a la pérdida total de derechos políticos y humanos. “Locura” podría definir el proceso que se nos quiere imponer para arrojarnos al abismo, pero yo iría más allá, porque no es otra cosa que maldad, pura y llana maldad que degrada a Satanás a la categoría de chamuco de pastorela. Ya no es necesario hacer perfiles psicológicos; esto ya es un tema urgente para la Teología.

José Francisco Villarreal ejerció el periodismo noticioso y cultural desde los años 80. Fue guionista y jefe de información en Televisa Monterrey. Editó publicaciones y dirigió el área de noticias en Núcleo Radio Monterrey. Durante el neolítico cultural de Nuevo León, fue miembro del staff del suplemento cultural “Aquí Vamos”, de periódico “El Porvenir”; además fue becario de la segunda generación del Centro de Escritores de Nuevo León. Ha publicado dos poemarios: “Transgresiones” y “Odres Viejos”. Actualmente en retiro laboral, cuida palomas heridas y perros ancianos mientras reinventa la Casa de los Usher.

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// Francisco Villarreal

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Autor: lostubos
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