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El Poder sin rostro en el Futuro

Por Carlos Chavarria Garza

Casi siempre imaginamos el poder con un rostro: el de un rey, un presidente o un jefe. Estamos acostumbrados a pensar que el control tiene un nombre y un apellido al que podemos pedir cuentas. Sin embargo, estamos entrando en una era donde el poder se está volviendo invisible. Ya no es una persona quien decide si calificas para un préstamo, si eres apto para un empleo o qué noticias aparecen en tu pantalla; es un sistema de reglas y datos que nadie parece manejar del todo.

Esta reflexión explora qué sucede cuando el poder deja de tener rostro pero sigue teniendo consecuencias reales en nuestras vidas. A través de las ideas de grandes pensadores, analizaremos cómo hemos pasado de los líderes carismáticos a una red de algoritmos y leyes que parecen no dormir, y cómo esa estructura está acumulando daños que afectarán a quienes aún no han nacido. Al final, nos preguntaremos lo más importante: en un mundo donde el poder se esconde, ¿cómo podemos todavía defender nuestra libertad?

La historia del poder ha registrado una evolución asombrosa desde la presencia física y carismática del más respetado en el clan hasta una estructura atomizada que permea todos los niveles de la sociedad y la parcelación de los mismos en todas las temáticas sujetas a la acción humana. 

En sus inicios, el poder buscaba la persistencia de las colectividades frente a la anarquía de la barbarie y el salvajismo; esa persistencia se alcanzaba no con la superioridad, sino con el alcance de equilibrios y alianzas para asegurar la convivencia más pacífica y prosocial posibles (Hobbes, 1651/2017). De alguna manera el poder siempre ha buscado homogeneizar como fórmula conductora de la historia. Fortalecer estandarizando narrativas para intentar detener la historia.

Los rostros eran necesarios, así como reglas aceptables por todos los individuos para mantener los conflictos bajo control y en conducción ordenada por medio de la política deliberativa, pues de otra manera no existiría estabilidad, y sin esta nada puede prosperar. Alrededor del poder, a manera de órbitas, según su distancia, según su fracción del poder, giran intereses que son parte indisoluble del primero, pues nadie puede dominar y controlar sin el concurso de elementos diversos que instrumenten las acciones concretas. Siempre esos personajes permanecen en la sombra y pocas veces revelan sus intereses con franqueza, evitando que la derrota los pueda envolver ante el fracaso y la contingencia indeseable.

Esta lógica de la apariencia y el cálculo encuentra su fundamento en el realismo de Nicolás Maquiavelo (1513/2010), quien sostiene que el objetivo primordial es la adquisición y mantenimiento del Estado mediante la «verdad efectiva» sobre las utopías. El gobernante debe cultivar una imagen pública de virtud, siendo visto como fiel y religioso, aun cuando la necesidad política le obligue a actuar de forma contraria. 

Gestionar el miedo como una herramienta más eficaz que el amor permite que los rostros ocultos del poder se revelen en el uso calculado de la fuerza del león y la astucia del zorro. Esta manipulación se profundiza al considerar la tesis de Wilhelm Reich (1933/1980) sobre la psicología de las masas, donde el ejercicio del poder se entrelaza con el narcisismo del líder carismático. Reich advirtió que el poder no se impone solo por la fuerza externa, sino que se ancla en las estructuras psíquicas de los individuos, quienes proyectan sus anhelos en la figura del líder, transformando el deseo de libertad en una voluntad de sumisión a través de la canalización de impulsos colectivos.

A medida que la sociedad se torna más compleja, esta figura se desplaza hacia lo que Michel Foucault (1975/2002) define como una microfísica del poder: una relación asimétrica que se ejerce de manera constante y capilar en todo el cuerpo social. El poder circula a través de instituciones como escuelas y prisiones, utilizando tecnologías de vigilancia para fabricar realidades e inducir deseos, constituyendo la subjetividad misma del sujeto. 

En la actualidad, la tecnologización nos está estirando hacia un futuro donde el poder no tiene rostros y solo máscaras a modo de un juego de intereses fragmentarios con la intención de influenciar cada estamento particular.

Ante esa maleabilidad, el Derecho y el Estado moderno revelan una crisis estructural profunda al pretender «congelar» la circunstancia de cada momento para legislar sobre ella. Esta pretensión de inmutabilidad, frente a una realidad futura de cambios instantáneos, convierte a las instituciones en entes simplemente inoperantes. El Estado y todos los instrumentos para la gobernanza doméstica o internacional, intentan regular lo que ya no pueden ver, atrapados en una parálisis que les impide contener una red de poder insospechada. Esta rigidez institucional plantea un desafío crítico a la tesis de Karl Popper (1945/2017) sobre la sociedad abierta. Popper desplaza el foco de la soberanía personal hacia el control institucional, argumentando que la pregunta no es quién debe gobernar, sino cómo evitar que los malos gobernantes causen daño.

Sin embargo, ¿cómo se ejerce este control cuando el poder se vuelve una función estadística e invisible? La ingeniería social fragmentaria de Popper queda anulada ante una ingeniería algorítmica totalitaria que gestiona comportamientos, pensamientos, y emociones de forma opaca. En este escenario de poder sin sujeto pero con consecuencias, surge la necesidad de una ética consecuencial y agregativa.

 Si el poder se escuda en la complejidad técnica y en la obsolescencia del Estado para evadir la responsabilidad, la sociedad debe juzgarlo exclusivamente por el peso material de sus resultados haciendo a un lado las intenciones orginales, rastreando el hilo moral desde el algoritmo hasta la consecuencia física. Es precisamente en este vacío de control donde cobra relevancia la ética consecuencial y agregativa. Esta perspectiva propone que la moralidad de un sistema debe juzgarse por la suma total de sus efectos materiales y no por la supuesta neutralidad de su diseño (Parfit, 1984).

En el contexto de un poder sin rostro, una decisión algorítmica puede parecer inofensiva en el corto plazo, pero al repetirse millones de veces genera una degradación acumulativa: pequeñas erosiones en la libertad y el bienestar que, al agregarse a lo largo del tiempo, consolidan una realidad opresiva. Así, las generaciones futuras heredarán un entorno degradado no por un único acto de tiranía, sino por la acumulación histórica de consecuencias que nadie reclamó en su momento, convirtiendo la deuda ética en una trampa sistémica. 

La resistencia ya no puede ser una apelación a un sistema legal exhausto o a un rostro que ya no existe; debe ser una práctica de no sumisión técnica y ontológica. Resistir hoy significa abrazar la opacidad para no ser procesado, forzar la responsabilidad humana allí donde el código computacional pretende el anonimato y fortalecer el encuentro analógico frente a la mediación digital.

Al final, aunque el poder del futuro carezca de identidad y se diluya en una red insospechada, su legitimidad sigue dependiendo de su impacto en la libertad humana. La verdadera salvaguarda contra esta nueva tiranía invisible es la reclamación de una ética que reconozca que, detrás de cada máscara tecnológica y cada vacío legal, siempre existe un cuerpo que padece las consecuencias y una voluntad que debe ser capaz de decir que no.


Referencias Bibliográficas (Formato APA)

  • Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1975).
  • Hobbes, T. (2017). Leviatán: O la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1651).
  • Maquiavelo, N. (2010). El Príncipe. Austral. (Obra original publicada en 1513).
  • Parfit, D. (1984). Reasons and Persons. Oxford University Press. (Referencia para la ética agregativa y las consecuencias a futuras generaciones).
  • Popper, K. (2017). La sociedad abierta y sus enemigos. Paidós. (Obra original publicada en 1945).
  • Reich, W. (1980). Psicología de masas del fascismo. Editorial Bruguera. (Obra original publicada en 1933).

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// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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