Por Francisco Villarreal
“Se ha muerto gente que no se había muerto antes” es una frase muy común cuando en la plática llegamos a la parte de las novedades del obituario. No es burla, más bien es liberar un poco la tensión que nos causa las novedades fatales. De paso, un intento por hacerse el simpático con el viejo arcángel Azrael, quien, por cierto, no usa guadaña y disfraz de monje negro. Azrael “cosecha” a mano. Recientemente, la muerte de Luis Lauro Garza me sorprendió… aunque, a decir verdad, la muerte no debería sorprendernos, la inmortalidad sí. Toda muerte es una pérdida para los que temporalmente la sobreviven, pero más cuando el activismo de este difunto había tocado e impulsado a muchos. No fui muy cercano a Luis Lauro pero, aunque muy eventualmente, sí nos veíamos con honesta simpatía. No tuvimos conversaciones trascendentales ni fuimos camaradas de lucha, pero coincidimos bastante en opiniones sociales y culturales y, sobre todo, fuimos muy respetuosos uno del otro, y de los otros “otros”. Siempre lamentamos la muerte de alguien conocido, porque es espejo de la nuestra. A estas alturas, la única ansiedad que me queda ante la muerte inminente es no alcanzar a pagar a tiempo mi último recibo de la luz. Ojalá que Luis Lauro no haya pasado por esa angustia.
Pensando en la muerte recordé una que particularmente me atemorizó. Hace años vi la miniserie “Ángeles en América”. Por conocida y reconocida es ocioso reseñarla. En el encaje de historias se mostró la agonía del abogado estadounidense Roy Marcus Cohn, interpretado magistralmente por Al Pacino. No menos extraordinaria fue la actuación de Meryl Streep interpretando al fantasma de Ethel Rosenberg (acusada por el entonces fiscal Cohn, juzgada, condenada y ejecutada por espionaje). Lo atemorizante no fue la muerte o la agonía física y mental de Cohn, sino la presencia de una de sus víctimas atestiguándolo. Sí que me da miedo pensar que antes de morir lleguen mis fantasmas antes que Azrael a regodearse con mi agonía. Ese sí que sería un infierno. Claro que, aunque fuera ficción, Cohn merecía eso y cosas todavía peores. No sólo era malvado, era catedrático en esa materia. Y tuvo como pupilo a otro peor que él, pero con más alcance para hacer daño: Donald John Trump.
No es difícil pero sí tedioso rastrear las enseñanzas de Cohn en Donald. Por fortuna, el analista político Tom Hartmann publicó, apenas el año pasado, el libro “The Last American President : A Broken Man, a Corrupt Party, and a World on the Brink”, o sea “El último presidente estadounidense: un hombre roto, un partido corrupto y un mundo al borde del abismo”. Hartmann intenta desenredar el ADN fascista de Trump y encuentra la huella genética de Cohn. Un mestizaje monstruoso digno de la Isla del Doctor Moureau. No he leído el libro de Hartmann; tuve que conformarme con artículos, reseñas y resúmenes, pero son muy ilustrativos. Goebbels podría estar en su tumba relamiendo de puro gusto su mortaja y su premio Nobel de Literatura “donado” por un fanático, pero bajó al infierno ya incinerado, sin mortaja y sin premio. Así, con el análisis de Hartmann, se identifica la sombra de Conh en Trump, y vaya que es como si el maligno abogado resucitara.
La primera regla de Cohn es jamás admitir una equivocación y nunca ofrecer una disculpa. Si la evidencia lo exhibiera, usaría distracciones para no enfrentarla; una característica ya muy conocida de Trump. Otra regla era, como lo dijo él mismo, “Saco lo peor de mis enemigos. Así es como logro que se derroten ellos mismos”. ¿Cómo? Llevándolos al límite, respondiendo a la mínima agresión con una infinitamente mayor, poniéndolos en el dilema de responder rompiendo sus principios. Cohn (y Trump) no rompen sus principios, no los tuvo Cohn ni los tiene Trump. Ahora bien, Cohn era abogado, y debía conocer bien las leyes, sólo que no para cumplirlas sino para usarlas como armas con el fin de intimidar o agotar a sus enemigos. Trump lo ha hecho siempre, pero en su segundo mandato presidencial lo ha usado intensivamente para eludir las leyes y para perseguir oponentes. Una copia barata mexicana es la táctica de usar litigios longevos para no pagar impuestos. Otro truco del manual de Cohn, vital para Trump, es la manipulación de la información, ya sea con filtraciones o presionando a medios de comunicación afines o débiles y atacando a los fuertes; incluso ha llegado al extremo de difundir sus narrativas, sin algún sustento, directamente a través de las redes sociales. El criterio de Cohn, y hoy de Trump, es la convicción de que la gente no cuestiona la información ni los datos, sino que se basa en la percepción y ésta puede ser modelada.
Pero hay enseñanzas de Cohn que Trump sigue religiosamente y que son todavía más peligrosas. Una de ellas es sembrar el miedo, aterrorizar a todos, porque sabía Cohn y sabe Trump que todos son enemigos potenciales por la sencilla razón de que no se puede ser amigo de un malvado. El miedo de verdad paraliza y confunde, y de eso se están encargando los milicianos fascistas disfrazados de policías federales, el Departamento de Justicia y el FBI. Lo peligroso, para Trump, es que el miedo podrá paralizar pero a la vez acumula una energía destructiva enorme y cualquier exceso puede desencadenarla. Las revoluciones han iniciado así. Otra regla de Cohn es la necesidad de rodearse de lealtades incondicionales. Así formó Trump su guardia pretoriana, con una devoción fundada no en la coincidencia ideológica sino en el miedo y la ambición. Trump premia a sus devotos, y castiga a quienes lo traicionan.
Donald J. Trump es la sublimación viva de su maestro. Roy Cohn no fue capaz de desestabilizar el orden mundial, pero Trump sí. Cohn no imaginó poder crear una organización de países subordinados a sus intereses para destruir a la ONU, pero Trump lo está haciendo con su “Junta de Paz”. Cohn no hubiera podido poner a Europa en medio de dos fuegos, pero Trump lo hace ya metiendo a la Unión Europea entre defender a Groenlandia y apoyar a Ucrania. Rusia no apoya la anexión de Groenlandia, pero la justifica lo bastante como para que nadie pueda cuestionar su expansión en Ucrania. Es curioso que Trump pretexte una anexión de Groenlandia y Canadá por una supuesta amenaza de Rusia y China, y que eso le dé argumentos a Canadá para fortalecer relaciones con China y distraiga recursos de la OTAN descuidando así la frontera europea con Rusia. Para ser enemigos Trump les favorece bastante. La comunidad europea da, al menos por ahora, señales de unidad para defenderse de Trump. El punto débil de Trump es una economía estadounidense desmadejada. Responder con aranceles a los aranceles de Trump puede ser aparatoso, pero es insuficiente. No son las armas o el comercio las claves, sino la fortaleza financiera. De cualquier forma, oponerse firmemente a un loco agresivo como Trump, implicará un retroceso económico mundial. Ya con sólo enfrentar a Trump, todos perdemos algo. Pero si no lo enfrentamos, todos estaremos perdidos. Diré que no le deseo la muerte a Trump, pero estoy seguro que muy pocos lo extrañarían. Lo que sí deseo es que, como al Roy Cohn de “Ángeles en América”, los fantasmas de Trump lleguen primero a “despedirse” de él. Pero son tantos los fantasmas de sus víctimas directas e indirectas, que su agonía va a ser bastante larga… si no es que haya empezado ya.



