Por Carlos Chavarria Garza
¿Se dirige la sociedad hacia un futuro distópico donde los humanos son gradualmente eliminados de los empleos mientras los robots comienzan a controlar nuestras comunidades, gobiernos y empresas? Una pregunta que se viene haciendo ante la automatización desde siempre.
Posiblemente, si se cree en la ciencia ficción. Incluso la mayoría de los medios de comunicación convencionales que cubren el «futuro del trabajo» se centran en el miedo a que la IA nos quite el trabajo y en la brecha de habilidades que se avecina, teorizada vagamente desde la perspectiva de analistas e influencers.
Sin embargo, en el reciente foro de Davos, voces del gran capital como Larry Fink de BlackRock han dado un giro al discurso: el problema ya no es solo la tecnología, sino que el modelo económico actual no ha logrado reducir la precariedad de la gente. Fink advierte que la presión social derivada de esta desigualdad ya no puede seguirse despreciando, pues amenaza la estabilidad misma del sistema.
Todavía los expertos no terminan de ponerse de acuerdo en los sectores que están más riesgo de aumentar el desempleo y sus efectos en la demanda agregada, pero en general se asume que la “desindustrialización” activará; con el apoyo hacia el desarrollo de habilidades; la creación de nuevas ocupaciones.[https://documents1.worldbank.org/curated/en/595681611845186942/pdf/The-Technology-Employment-Trade-Off-Automation-Industry-and-Income-Effects.pdf]
A pesar de este alarmismo, los humanos siguen siendo el centro del futuro del trabajo. La tecnología puede hacerse cargo de las tareas más rutinarias, pero eso abre aún más oportunidades para que las empresas aprovechen la creatividad e innovación previamente inexploradas de las personas, para priorizar la humanidad y la inteligencia emocional en el trabajo.
Para que los humanos prosperen, las empresas deben redoblar sus esfuerzos en programas y dispositivos humanos que fomenten la confianza, el aprecio, el respeto, la gratitud, la autonomía y la equidad.
El trabajo se está desconectando de los empleos, y los empleos y el trabajo se están desconectando de las empresas, que se están convirtiendo cada vez más en plataformas. Un gran ejemplo de esto es lo que está sucediendo en el negocio de los taxis. Las compañías de taxis locales tradicionales poseen automóviles y tienen empleados que tienen un trabajo; ellos conducen esos automóviles. Pero ahora están compitiendo con Uber, que no posee automóviles, no tiene empleados y solo proporciona una plataforma de trabajo que reúne a quienes necesitan viajes con quienes los brindan.
La tecnología está cambiando la forma en que pensamos sobre la fuerza laboral. Hay dos cambios importantes que parecen estar ocurriendo en la fuerza laboral: uno, el trabajador se está mudando fuera de la empresa y del balance general, y dos, la fuerza laboral está envejeciendo, es más diversa y está más educada. Si bien es probable que estos cambios traigan desafíos a medida que la fuerza laboral hace la transición, podrían hacer evolucionar las fuerzas laborales para crear y capturar más valor al reinventar el trabajo a través del aprendizaje y el descubrimiento esencialmente humanos.
[https://www3.weforum.org/docs/WEF_Future_of_Jobs_2023.pdf].
Para que las personas y las organizaciones puedan mantenerse al ritmo de los cambios en el futuro del trabajo, es necesario que las instituciones sociales reevalúen las políticas públicas, las leyes y reglas aplicables al trabajo.
Los gobiernos, en particular, deben considerar actualizar las definiciones de empleo para tener en cuenta el trabajo independiente y de la economía “gig” (modelo de trabajo que se caracteriza por la realización de proyectos a corto plazo por parte de trabajadores independientes) y la provisión y acceso a los beneficios gubernamentales de salud, pensión y otros beneficios sociales a través de programas de micropagos. Esta innovación es urgente: si el capital se vuelve cada vez más eficiente pero la base trabajadora vive en una precariedad persistente, el consumo global —motor de la economía— terminará por colapsar.
Además, se podrían actualizar las reglas de constitución y quiebra de empresas para facilitar el lanzamiento y la salida de una empresa como emprendedor. Los responsables políticos parecen tener interés tanto en acelerar el surgimiento de nuevas formas de trabajo, para mejorar el nivel de vida general de los ciudadanos, como en prepararse para las tensiones de la transición, pero no para instrumentar un plan de acción coherente con la dinámica actual de las sociedades.
Ahora que se está convocando a los foros para cumplir con el requisito de disponer de un plan nacional de desarrollo es crítico abordar la forma que habremos de transitar un escenario más allá de 6 años o de una administración, ver hacia el futuro profundo de lo que ocurrirá con la evolución y cambios que ocurrirán en el concepto de trabajo y el de una economía energizada por el consumo, que son los dos de los principales impulsores del pasado para llegar hasta aquí.
No es un asunto donde se puedan dictar políticas a la manera tradicional usando las técnicas de prospectiva acostumbradas, sobre todo en países como el nuestro donde arrastramos déficits en muchos órdenes, el económico indudablemente, el de la calidad educativa importantísimo, desigualdad innegable, sociabilidad y convivencia, etc.
Tampoco se pueden diseñar futuros en el tema del trabajo aplicando salidas ideológicas que tanto se aprecian en Latinoamérica y de las cuales se formulan narrativas patrimonialistas que solo postulan el aislamiento como es el caso de Nicaragua, Cuba o Venezuela.
Estamos obligados al diálogo global pues ningún país puede producirlo todo como tampoco dispone de todos los recursos.
El estirón más claro en el presente desde el futuro, el de la automatización de todo lo que podría automatizarse impulsa al mismo tiempo la paradoja entre reducción de costos y los efectos del consecuente desempleo sobre el consumo global. Los expertos no acaban de ponerse de acuerdo en la forma en que los términos de intercambio económico entre países y regiones habrán de ser asimilados por una economía de mercado que de por sí muestra signos de muchas ineficiencias.
Se habla de cambios profundos en las características específicas de distintas ocupaciones y el talento que será requerido para las mismas cuando se deje sentir todo el peso del uso de la tecnologías de información sobre las cadenas económicas, así como la coincidencia en el mismo periodo de esos cambios con el agotamiento de los recursos naturales del planeta que habitamos y de los cuales todavía dependen muchas países.
Cada vez hay más consenso en torno a la idea de que habrá menos empleos globalmente y de que los pocos empleos disponibles serán de mucha o poca calidad, pero no realmente de calidad intermedia. Eso dividiría o condenaría a naciones enteras a la esclavitud bajo el feudalismo tecnológico, un riesgo que hoy incluso los gestores de fondos más grandes del mundo reconocen como una amenaza a la estabilidad del capital mismo.
Estas pesimistas previsiones se basan en la premisa de que la revolución digital tiene mucho más impacto en el mundo del trabajo y de que crea una competencia entre humanos y máquinas, no solamente en términos de trabajo físico, sino también de trabajo cognitivo, que hasta ahora se consideraba dominio exclusivo de los seres humanos debido a sus capacidades cognitivas únicas.
El futuro del trabajo se caracterizará por una desigualdad creciente dentro de los países y entre las regiones, y el crecimiento de la productividad será propulsado por el capital, cuyos propietarios cosecharán los beneficios. Como señalaba la reflexión en Davos, el modelo económico ha fallado en distribuir estas ganancias de eficiencia, generando una presión social que ya es insostenible.
Es posible que las fuerzas del mercado, a saber, el mecanismo que distribuye la riqueza en la sociedad, no logren garantizar condiciones de vida decentes. La redistribución es necesaria y los gobiernos deberán asumir un papel importante para resolver la desigualdad creciente y el conflicto social que pueda provocar.
En México no existe una política sobre el empleo como tal, la llamada política laboral mexicana se dirige más a cuestiones ideológicas de sostenimiento de la ocupación pero no su coherencia entre política económica, industrial y de empleo. Para ello, es preciso tener una estrategia enfocada al mundo del trabajo, haciendo énfasis en las políticas de innovación y desarrollo como políticas de formación de empleos de calidad así como de las políticas de formación de capital social y no sólo en las políticas sociales de asistencia.
“Las políticas de empleo parten de una adecuada sinergia de la sociedad, el Estado y el mercado, pero que en los países latinoamericanos es la administración pública la que ha desplegado la posibilidad de combatir la desigualdad cuando ha emprendido grandes proyectos nacionales de construcción de infraestructura, de apoyo al mercado y de impulso a la educación, aunque ahora debe enfatizarse en el desarrollo de las formas civiles también de gestión”. Torres Salcido, Gerardo. (2005). Políticas de empleo y la transformación de los mercados de trabajo en México. Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales, 11(3), 127-153. Recuperado en 04 de enero de 2025, de http://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1315-64112005000300008&lng=es&tlng=es.
La advertencia de Larry Fink en Davos no es una sugerencia filantrópica, es una señal de alerta para la viabilidad de los Estados-nación. Para México, esto significa que el próximo Plan Nacional de Desarrollo no puede limitarse a la gestión de transferencias directas o al mantenimiento de cifras de ocupación que esconden una precariedad profunda. La «presión social» que menciona Fink es el resultado de un divorcio entre la eficiencia tecnológica y la dignidad económica.
Si el Estado mexicano no integra la política industrial con una nueva arquitectura de seguridad social para el trabajador de plataforma y el emprendedor digital, el riesgo no será solo el desempleo, sino una fractura social irreversible. No es posible avanzar hacia un «futuro profundo» si el plan de vuelo ignora que el capital social es tan crítico como el financiero para que una economía energizada por el consumo siga existiendo.



