Por Inocencia Artificiaga
Minneapolis ya no discute política migratoria: discute cadáveres. Un enfermero de 37 años, Alex Pretti, murió baleado por agentes federales en medio del clima de protestas contra operativos migratorios. En la versión oficial, siempre hay un comodín: “procedimiento”, “autodefensa”, “protocolo”. Es el diccionario del poder cuando quiere que una bala parezca un trámite administrativo.
Y entonces ocurrió el giro perfecto para una democracia que ama lavarse las manos con lenguaje bonito: Obama y Clinton salieron a condenar lo ocurrido, calificándolo de “inaceptable”. La indignación llegó puntualmente… cuando el costo mediático se volvió impagable. El problema no es que hablen: el problema es que hablan como si el monstruo se hubiera fabricado en enero de 2026, en vez de llevar décadas engordando con presupuesto bipartidista.
Porque seamos serios: Trump pone el gesto, pero no inventó la infraestructura. Trump es el modo “show”: hace del ICE un reality y de la frontera un set. Pero el escenario no lo construyó él. El escenario ya estaba montado: leyes duras, cooperación local, centros de detención como zona gris, y un aparato que convierte a personas en “casos” para que la conciencia pública no tenga que verlas como vidas.
Clinton no fue un poeta del humanitarismo: fue un ingeniero del endurecimiento. En 1996 firmó una de las piezas legales que rediseñaron el castigo migratorio moderno —la IIRIRA—, expandiendo causales y acelerando expulsiones. Lo que hoy se vende como “control” nació ahí: en el momento exacto en que Estados Unidos decidió que migrar no era un hecho humano, sino una infracción estructural.
Obama, por su parte, fue el presidente de la gran ambivalencia: defendió DACA y habló de los “Dreamers”, sí. Pero también administró la máquina con precisión quirúrgica. Durante su gobierno, las deportaciones alcanzaron cifras históricas: 2.4 millones entre 2009 y 2014, según Pew Research. Lo llamaron “enforcement inteligente”; la gente lo vivió como exilio.
Entonces Minneapolis revela una verdad que incomoda a ambos partidos: la crueldad no siempre es un exceso; a veces es un diseño. La diferencia es estética. Trump lo hace con bravuconería y propaganda; el centro liberal lo hace con “debido proceso” y un comunicado elegante. Cambia el tono, no cambia el daño.
Y cuando el Estado entra a una ciudad con lógica de ocupación, el resultado no es “orden”: es un régimen de miedo. Miedo a la calle, miedo al uniforme, miedo a la autoridad que ya no se presenta como servicio, sino como advertencia. Minneapolis se convirtió en un laboratorio donde lo migratorio se mezcla con lo policial, lo policial con lo político, y lo político con el derecho a no morir en el lugar equivocado.
Lo más nauseabundo es la mecánica del relato: primero te dicen que es “seguridad”, luego te muestran un cadáver, y finalmente te piden calma para “investigar”. Pero esa investigación ocurre siempre dentro del mismo ecosistema que disparó. Y así, el Estado se investiga a sí mismo, se absuelve a sí mismo y se felicita a sí mismo por su “transparencia”. La democracia como circuito cerrado.
Hoy la crisis está en fase de tribunales, evidencia y disputa institucional. Mañana podría estar en fase de “normalización”. Y ese es el verdadero triunfo del autoritarismo moderno: no necesita tanques si puede conseguir rutina.
Obama y Clinton dicen “inaceptable”. Correcto, pero el país que ayudaron a modelar lleva años aceptándolo. Minneapolis no es una excepción, es la consecuencia.
Imagen portada: IA



