Por José Jaime Ruiz
La soberanía es una palabra muy rendidora para el discurso y bastante menos cómoda cuando toca los hechos. Se pronuncia con voz firme frente a los micrófonos de la Mañanera y, casi sin darse cuenta, se vuelve flexible cuando roza un muelle, un calendario de embarques o una mirada incómoda que llega desde Washington. México acaba de ofrecer una demostración clara de ese fenómeno al suspender —sin anuncio solemne ni negación tajante— un envío de petróleo rumbo a Cuba.
Conviene ajustar la memoria antes de seguir. México no empezó a surtir crudo a la isla como un acto de rebeldía tras el bloqueo estadounidense. No hubo desafío frontal en los años sesenta. Durante décadas, el petróleo mexicano simplemente no estuvo ahí. Cuba sobrevivió primero con la Unión Soviética y después con Venezuela. México acompañó diplomáticamente —esa forma elegante de estar sin comprometerse del todo— y gestionó la prudencia como política de largo plazo.
El cambio llegó mucho después, cuando la ideología dejó de alcanzar y la emergencia energética se volvió rutina. A partir de 2023, con Venezuela exhausta, sancionada y vigilada, México apareció como proveedor relevante. Hasta que Donald Trump volvió a hablar, como suele hacerlo. Habló como se habla hoy desde el poder real: por antecedentes, por precedentes, por recordatorios implícitos. El Caribe ya había visto decomisos, sanciones, barcos detenidos “por razones técnicas”, asesinatos. El mensaje no necesitó subtítulos ni traducción: sabemos cómo cerrar el grifo.
El resultado fue quirúrgico. Un cargamento desapareció del calendario. No hubo ruptura declarada ni giro explícito de política. Claudia Sheinbaum no negó la suspensión; explicó, con cuidado, que Pemex decide. La frase es precisa y cómoda: desplaza la política exterior al terreno operativo, como si la soberanía pudiera tercerizarse sin problema al área de logística. No hay presión —se sugiere—, hay administración. No hay cesión —se insiste—, hay prudencia. Ahí aparece la figura central de todo este episodio: la sumisa soberanía. No la obediencia explícita, sino la corrección anticipada. Nadie obligó a México, nadie decomisó un barco, nadie sancionó formalmente, pero el precedente venezolano, por sí solo, hizo su trabajo. El castigo no tuvo que llegar para ser eficaz. Bastó con ser creíble.
El sarcasmo se impone solo. México defiende su soberanía mientras revisa el radar del Caribe; presume autonomía mientras evita decir en voz alta que comerciar con Cuba es legal; se refugia en el “no desmiento” como quien pide que no lo miren demasiado. Se acepta, sin decirlo en voz alta, el marco narrativo de Washington antes de que Washington tenga que activarlo. ¿Es racional? Sí. ¿Es comprensible? También. ¿Es soberano? Solo si aceptamos que la soberanía tiene horario y condiciones. Porque cuando un país ajusta su política antes de la sanción, legitima la extraterritorialidad sin necesidad de decreto. Aprende la lección sin examen. Se porta bien sin que el maestro tenga siquiera que entrar al salón.
El problema no es un envío, el problema es el precedente. Hoy se suspende, “por decisión de Pemex”, la entrega de petróleo a Cuba. Mañana se espacian cargamentos “por razones técnicas”. Pasado mañana, el silencio se vuelve costumbre. Así no se pierde la soberanía de golpe: se debilita hasta que deja de notarse. México todavía puede decidir qué fue esto. Si los envíos se reanudan —aunque sin alardes—, fue prudencia. Si la suspensión se congela y se normaliza, fue sumisión. Si ante la siguiente presión se vuelve a callar, será doctrina. La historia del petróleo entre México y Cuba no exige gestos heroicos. Exige algo más simple y difícil: claridad. Decir que se comercia (humanitariamente) porque es legal y soberano o decir que no se comercia porque no se quiere pagar el costo.
Lo que no resiste es esta tercera vía: defender la soberanía mientras se la guarda en una caja de herramientas. Porque las soberanías, casi nunca, se pierden de golpe: se van suspendiendo, envío por envío, ajuste por ajuste. Hasta que el temor deja de parecer una anomalía y, sin demasiado escándalo, empieza a llamarse política pública o “templanza”. Pues eso, el niño Dios te escrituró un establo y los veneros de petróleo…




