Por Inocencia Artificiaga
@espejonegromx NL 2027: La alianza que ya cruje La señal más clara llegó desde dentro del propio panismo. El ex senador Raúl Gracia Guzmán dejó caer lo que, hasta hace poco, era tema de sobremesa política: que el PAN no da por hecho que el candidato común sea Adrián de la Garza, ni siquiera que sea el mejor candidato posible. #PRI #PAN #PRIAN #nuevoleon
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Las alianzas no se rompen el día que se anuncian. Se rompen mucho antes, cuando uno de los socios empieza a hablar en voz alta lo que antes solo se decía en privado. Eso acaba de ocurrir en Nuevo León. Porque cuando dentro del PAN se reconoce públicamente que la candidatura común con el PRI ya no es una certeza automática —y que incluso puede existir un perfil “mejor” que el candidato natural del bloque— lo que se fractura no es el acuerdo formal, sino la sensación de inevitabilidad. Y en política, perder la inevitabilidad es empezar a perder control.
La señal más clara llegó desde dentro del propio panismo. El ex senador Raúl Gracia Guzmán dejó caer lo que, hasta hace poco, era tema de sobremesa política: que el PAN no da por hecho que el candidato común sea Adrián de la Garza, ni siquiera que sea el mejor candidato posible. Y que, si aparece un perfil más competitivo, Acción Nacional lo tomaría sin titubeos. Traducido a lenguaje político real: la candidatura dejó de ser herencia automática y pasó a ser materia de negociación. Seguramente le zumbaron los oídos al alcalde de Monterrey. Porque lo que se dijo, sin adornos, es que la alianza está más sostenida por cálculo que por confianza.
El choque no es personal, pero sí tiene nombres propios. De un lado, Adrián representa la lógica del candidato consolidado dentro de un esquema probado de alianza electoral: estructura territorial, maquinaria partidista, operación. Del otro, la postura que Gracia verbaliza representa algo más incómodo: la exigencia interna del PAN de no aceptar la subordinación como punto de partida. No es ruptura; es renegociación. Pero en política, la renegociación pública casi siempre es síntoma de desgaste.
Hay además un punto que suele mencionarse en voz baja y que ahora aparece en superficie sin convertirse en bandera central: el asistencialismo existe en todos los partidos. No define por sí solo una elección, pero sí contamina narrativas. Para un PAN que intenta reconstruir identidad frente a un electorado urbano, empresarial y tradicionalmente antipriista, cargar con el PRI como socio puede pesar más en percepción que en aritmética. No domina la discusión pública, pero modifica el clima en el que se toman las decisiones.
Si esa tensión escala durante campaña, el efecto sería quirúrgico. El PRI defendería territorio y estructura. El PAN intentaría recuperar narrativa propia. Y el electorado opositor quedaría frente a dos carriles que compiten por la misma base. Movimiento Ciudadano absorbería parte del voto panista incómodo con el PRI. Morena capitalizaría la fragmentación sin necesidad de crecer demasiado. La elección dejaría de ser competencia entre proyectos y pasaría a ser competencia entre errores.
La ruptura, si llega, no se explicará como choque ideológico. Se explicará como diferencia estratégica. En campaña, cada parte hablará de principios. En la boleta, el resultado será matemático: dividir el voto útil en un estado donde las elecciones se definen por márgenes estrechos.
Ahí está el verdadero filo del momento político. En Nuevo León no siempre gana quien más crece; muchas veces gana quien menos se divide. Y si la alianza opositora se fractura en campaña, la elección dejará de depender del candidato más fuerte y empezará a depender del bloque que logre conservar cohesión suficiente para no autodesgastarse.
Porque en política las alianzas casi nunca se rompen por falta de discurso. Se rompen cuando uno de los socios empieza a creer que puede ganar solo. Y casi siempre lo descubre el día después de la elección.



