Por Francisco Villarreal
Crecí considerando a Nerón como un criminal abominable. Pero con el tiempo hallé a un emperador un poco diferente al que, según la narrativa oficial, hacía antorchas humanas con los cristianos y tocaba la lira mientras veía arder a Roma. Los castigos horribles contra delincuentes, reales o presuntos, no eran una rareza en el Imperio Romano; tampoco el uso de chivos expiatorios. El incendio de la ciudad sí fue cierto y fue devastador, pero no era algo insólito en una ciudad que imaginamos de mármol, aunque también usaban mucha madera. La afición de Nerón por la lira y el canto parece absurda hasta que vemos al presidente argentino, Javier Milei, haciendo el ridículo en conciertos o a Donald Trump “bailando”. Es verdad que al emperador le gustaba el arte, y que promovió el teatro y la poesía, mal vistos por las élites romanas cultas. Mandar quemar la ciudad es contradictorio ante el esfuerzo y el dinero que destinó para reconstruirla. Catalogarlo como “loco” facilita las cosas porque nos evita analizar críticamente la veracidad del discurso oficializado; la locura necesita diagnósticos no argumentos. Trump ni eso, la evidencia empírica basta. A pesar de estas dudas sobre un tipo que fue considerado como un anticristo, la narrativa creada y reforzada durante siglos es fácil de asimilar, creer y asumir como verdad. Un caramelo para la ignorancia. Con Nerón, y otros como él, han diseñado al típico autócrata. Se nos olvida que, tras la cabeza visible en el poder, hay muchas cabecitas que lo mantienen. Nerón, con toda su mala fama, pudo lograr la paz en el enorme imperio durante mucho tiempo. Sí tomó decisiones desastrosas, como exención de impuestos y la devaluación de la moneda, el principio del fin de su imperio, y de todo imperio. No creo que estuviera loco, sólo que era excéntrico, hedonista, pragmático, voluntarioso, y no tenía más contrapesos que los que él permitía, “cualidades” en regímenes verticales de entonces y de hoy. Tampoco fue tonto, porque si bien no restauró la república, tuvo cuidado en mantener contento al pueblo llano más que al Senado; fue populista, no democrático. El pueblo lo adoraba y no lo derrocó; fueron las “cabecitas” cobardes, agazapadas tras el poder.
Hemos pasado años chupando el caramelo de plástico de las “historias” de la Historia. Hemos tomado decisiones importantes sobre esa base pantanosa. Hasta hay quienes, con suficiente poder, quieren reconstruir esos mitos. La “reconstrucción” de los regímenes autoritarios de corte fascista (que también pueden ser de “izquierda”), parece la prioridad frenética de miles de “cabecitas” detrás de los cada vez más polémicos líderes de la ultraderecha mundial. Es muy preocupante ver cómo países democráticos se derrotan a sí mismos dando el voto de la mayoría a políticos de una minoría que desprecia a la democracia. Ecuador, Chile, Argentina, Paraguay, El Salvador… por nombrar algunos sólo en Latinoamérica. La izquierda puede o no degradarse hacia una autocracia; pero para la derecha y la ultraderecha ese es el objetivo. El “Nerón” mítico de estos tiempos se reconstruye no sólo en su ejercicio represivo del poder, también en justificar y normalizar sus excesos y sus errores. Trump, por ejemplo, devalúa deliberadamente su divisa, crea campos de concentración, abole garantías constitucionales, atropella derechos humanos, asesina a ciudadanos, arruina la salud y empobrece a su pueblo, crea un grupo paramilitar a su servicio. Estados Unidos, autopromovido durante décadas como la democracia ejemplar, no ha podido frenar a su actual gobierno fascista, o lo que la derecha y la ultraderecha imaginan que es el fascismo, y que en realidad es la cristalización de sus filias y sus fobias.
México no tiene verdaderos líderes de derecha, ni fuertes ni carismáticos, y la ultraderecha mexicana es todavía más patética. El “Tío Richie”, puede ser conocido, pero no popular; su popularidad no depende de su escasa capacidad para convencer a la gente sino de la debilidad del gobierno federal ante él, incluso la mínima. La “negociación” con el SAT por su deuda, por ejemplo, debe ser legalmente impecable y pública, pero nunca abusiva. Podrá tener apoyo de Estados Unidos, pero “santo que no es visto, no es adorado”, y mientras Trump siga piropeando a Claudia Sheinbaum le seguirá arruinando el marketing a él y a toda la oposición mexicana. El caprichoso autócrata gringo ha sido hocicón en su discurso, pero cauteloso en su trato con la presidenta de México. Mantiene la amenaza de una intervención militar, pero parece doblegarse ante el “zurdo” encanto de la doctora Sheinbaum. Esto “ni nos beneficia ni nos perjudica, sino todo lo contrario”, diría el clásico. Sin embargo nos mantiene sobre ascuas entre si se trata de una ruta de negociación o un indicio de subordinación. La expatriación de narcotraficantes procesados en México debería asegurar su proceso por otros cargos en Estados Unidos, pero también puede ser que terminen siendo reclutados por el régimen trumpista. Si algo ha podido hacer Trump con este tipo de criminales es negociar. No debe asombrarnos, hablan el mismo lenguaje. ¿Por qué se expatrian? ¿Es coordinación u obediencia? La duda es válida. Pero es peor para la “oposición” mexicana, porque ninguno de estos casos, y de otros, les favorece en su ingenuo afán golpista.
El tema es que a medida que pasa el tiempo la administración trumpista se muestra cada vez más débil e insana que su líder. Y aun así, el sistema democrático estadounidense se ha visto incapaz para, ya no detener a Trump, sino al menos acotarlo. El “cierre de gobierno” no lo ha intimidado antes, no creo que lo haga ahora. La ejecución sumaria de un ciudadano en Minnesota ha encendido ánimos contra Trump, pero es ocioso mandar al brutal Tom Homan para calmar las cosas; ¡Homan, el artesano de las jaulas para niños migrantes! No se puede arreglar el desastre con relevos. Tampoco es suficiente con cancelar las cacerías de ICE en el Super Bowl LX y otros eventos de la NFL en San Francisco, California. La ilegalidad e incompetencia de la “migra” (ICE) sigue vigente, además de ser obviamente la guardia pretoriana de Trump. Otro emperador romano “loquito”, fue Calígula, tío de Nerón. Creo que fue el primero en inventarse guerras y victorias para distraer a los romanos. Trump hace lo mismo, ahora amenazando a Irán. Lo que significa que pretende convertir al Medio Oriente en un polvorín en llamas. Sigue también presionando en el Caribe y prometiendo derrocar al gobierno cubano estrangulando al pueblo cubano. Además, para rematar su insidia, alienta y apoya abiertamente a los grupos separatistas de Alberta, en Canadá. Sí, hay separatistas en Alberta, y además hay, “casualmente”, mucho petróleo.
En ninguno de estos casos, los poderes legislativo y judicial de Estados Unidos han sido capaces de atar a ese chivo en cristalería, en cristalería ajena además. Todavía los “supremos jueces” gringos siguen rumiando la legalidad de los aranceles. Tampoco han detenido las intervenciones directas e indirectas contra otros países. Hasta el caso de Groenlandia, que ha sublevado los ánimos de los europeos, no ha sido condenado por vía legal. No hay ninguna justificación al intento (vigente) de anexión (invasión). Es una ocurrencia de Trump que debió tomar por sorpresa incluso a sus súbditos del Partido Republicano. A la fecha ya hubo republicanos y “magas” que se han revelado contra Trump. Pero creo que no fue por desobediencia u honestidad, sino por falta de imaginación. Llevaban un año exprimiéndose los sesos para justificar cada vez que Trump decía o hacía una estupidez, es decir, todos los días. ¡Cualquiera se cansa! Pero la ejecución de un ciudadano estadounidense a manos de mercenarios del ejército personal de Trump debió reventarles las últimas neuronas. Los asesinatos de lancheros en aguas internacionales fue “la voluntad de Dios en la milpa de mi compadre”; pero en Minneapolis ¡Ni lo mande Dios!
A fin de cuentas, salvo por las antorchas cristianas, a los gringos les convendría más un Nerón como emperador, y no don Trump. Sí, tendrían también una economía en ruinas, un dólar devaluado, y costosos edificios de mármol y oro, pero por lo menos tendrían paz, muchos buen teatro y buena poesía, y ninguna cancelación en el Kennedy Center… Por cierto, mi abuelo no era muy afecto a hablar de sus ideas políticas y religiosas, pero sí explícito. Tuvimos un perro al que bautizó como “Káiser” (Wilhelm II, Primera Guerra Mundial), y otro al que llamó “Nerón”. No “dignificaron” sus nombres: ambos eran nobles, cariñosos y, al fin perros de campo, muy trabajadores.



