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Monterrey: la ciudad chaparra que se eleva… y aplasta

Por Joaquín Hurtado

I. Mirar desde abajo

Hay ciudades que se contemplan como un paisaje; otras, como un muro. Monterrey pertenece, cada vez más, a la segunda categoría. Vista desde abajo —desde la banqueta rota, desde el parabrisas empañado en un embotellamiento que no avanza, desde el obrero que carga varilla a las seis de la mañana— la ciudad no se abre: se impone. Es una verticalidad que no invita a subir, sino que recuerda constantemente quién está abajo.

Los rascacielos brotan con la lógica de una fiebre. No parecen responder a la necesidad de habitar, sino a la urgencia de acumular altura como si se tratara de un trofeo financiero. Torres de vidrio que reflejan el sol con una crueldad casi mineral, muchas veces medio vacías, convertidas en cajas de resonancia de la especulación. La ciudad ha confundido crecimiento con estatura, como un adolescente que estira el cuerpo sin fortalecer los huesos.

Desde abajo, el gigantismo no es solo visual: es moral. Cada nueva torre es un gesto de megalomanía que parece decir: “más alto, aunque sea para muy pocos”. Mientras tanto, la infraestructura básica se desmorona con una velocidad pasmosa. Las banquetas se quiebran como pan viejo, los drenajes colapsan con la primera lluvia, y el transporte público –ese animal cansado– circula a trompicones, insuficiente, incómodo, casi humillante.

El tráfico en Monterrey no es un problema: es una condición atmosférica. Se respira. Se incrusta en la rutina como una capa invisible de desgaste. Horas muertas que no son descanso, sino espera; filas interminables de autos que avanzan con la lentitud de una procesión sin fe. Cada conductor es un náufrago encapsulado, atrapado en una coreografía de desesperación cotidiana.

Y en ese paisaje, la inseguridad aparece a veces como un estallido, sin embargo persiste como un murmullo constante. No siempre se ve, pero se intuye. Está en la mirada alerta, en el miedo constante, en la conversación que baja de volumen cuando toca ciertos temas. La corrupción, por su parte, no necesita ocultarse demasiado: circula con la naturalidad de un viejo hábito, lubricando permisos, acelerando obras, inflando carreras políticas de personajes mediocres y arrogantes, tolerando lo intolerable.

El deterioro urbanístico es, quizá, el síntoma más elocuente. Monterrey se expande como si no recordara sus propios límites, como si cada nuevo desarrollo fuera un acto de amnesia. Colonias desconectadas, espacios públicos abandonados, zonas industriales incrustadas en la vida cotidiana, contaminación brutal sin mediación ni cuidado. La ciudad crece, sí, pero como crece una grieta: ensanchándose sin reparar su origen.

Desde abajo, Monterrey no es la vitrina de progreso que se presume en los folletos. Es una maquinaria que produce desigualdad con eficiencia industrial. Carísima, la ciudad se eleva incesante mientras empuja, aplasta, destruye hacia abajo. Es una promesa que se vuelve sombra cuando se mira desde el suelo.

II. Los que sostienen la ciudad

Y sin embargo, incluso en esa arquitectura de excesos, hay otra ciudad que no aparece en las alturas. No está en las torres ni en los renders brillantes. Está en quienes sostienen, día tras día, el peso real de Monterrey.

Son los trabajadores que madrugan antes de que el sol toque los cerros. Los que cruzan la ciudad en camiones llenos, de pie, con el cuerpo convertido en sudario. Los que levantan los edificios que no habitarán, que limpian los espacios que no disfrutarán, que mantienen en funcionamiento una ciudad que rara vez les devuelve el gesto.

Hay en ellos una paciencia que no es pasiva, sino resistente. Una forma de estar en el mundo que no se deja absorber del todo por la lógica del gigantismo. Mientras la ciudad apuesta por crecer hacia arriba, ellos la sostienen desde abajo, como una red invisible de voluntad cotidiana.

En los talleres, en las cocinas, en las obras, en los mercados, en las aulas y hospitales, se gesta otra narrativa. Una que no se mide en metros cuadrados ni en plusvalía, sino en persistencia. Cada jornada es un acto de reconstrucción silenciosa. Cada esfuerzo, una forma de decir: la ciudad no es solo lo que se levanta, sino lo que se mantiene.

Esa es la nota esperanzadora, aunque no sea ingenua. Monterrey no se salvará por sus rascacielos, sino por la gente que, a pesar de ellos, sigue habitándola con dignidad. Hay una ética del trabajo – narrativa a veces agotada, a veces herida– que resiste la tentación del cinismo gubernamental absoluto.

Quizá el futuro no esté en derribar las torres, sino en cambiar lo que significan. En que dejen de ser símbolos de orgullo hueco, acumulación y opresión piramidal. Y se conviertan en espacios habitables, integrados, humanos. Pero ese cambio no vendrá de la altura, sino del suelo. De quienes conocen la ciudad no como un skyline, una vista panorámica, sino como un trayecto diario, un lugar donde se respire aire saludable, calidad de vida y mucha seguridad.

Monterrey, vista desde abajo, es dura, áspera, incluso hostil. Pero también es, en ese mismo plano, un territorio de resistencia. Y ahí, entre el concreto y el cansancio, late una posibilidad: la de una ciudad que, algún día, decida no solo crecer, sino cuidar de los suyos.

(Monterrey, México, 1961. Premio Nuevo León de Literatura 2006. Cronista urbano. Ha publicado los libros: Guerreros y otros marginales, Ruta periférica, Laredo song, Crónica Sero,  La dama sonámbula, Los privilegios del monstruo, Vuelta prohibida (obra reunida en dos tomos), Teorema del equívoco, La estructura de Andrómeda, La luna es un tiburón. Creador de plástica amateur. Participa en la defensa de los derechos de las minorías sexuales y personas con vih/sida. Viajero incansable, padece deficiencia renal y colitis crónica. Ama los mapas de ciudades perdidas, ver el mundo a través de la poesía y comer en mercados rodantes.)

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// Joaquín Hurtado

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Autor: lostubos
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