Por Carlos Chavarria Garza
El estruendo no fue solo el de dos toneladas de concreto impactando contra el asfalto y triturando la carrocería de un auto; fue el sonido seco de una realidad que se desploma sobre nuestras cabezas mientras intentamos convencernos de que el cielo sigue intacto.
Hace unos días, en la construcción de un sistema elevado de transporte, un bloque colosal —un contrapeso, un tensor, un recordatorio de nuestra fragilidad— cayó desde las alturas hiriendo a personas que simplemente pasaban por ahí (ocurrió el pasado viernes 17 de abril de 2026). Pero lo que realmente debería habernos dejado sin aliento no fue la gravedad física, sino la gravedad de la respuesta oficial: «…todo normal y avanzando dentro de lo planeado…». Al leer esa frase, sentí el vértigo de quien descubre que vive en un mundo donde el sentido común ha sido exiliado. ¿En qué momento permitimos que lo catastrófico se integrara al paisaje cotidiano con la misma naturalidad con la que aceptamos el clima?
Esta patología de la «normalidad» se ha extendido como una mancha de aceite sobre la civilización. En Texas, se vuelve normal que los estudiantes porten armas en las universidades bajo la premisa de que, si es normal que alguien entre disparando, lo normal debe ser defenderse de la misma forma.
En nuestras pantallas, se vuelve normal que los jóvenes desnuden su privacidad hasta el último aliento de su intimidad, o que el asesinato de inocentes en conflictos bélicos se archive bajo la gélida etiqueta estadística de «daños colaterales».
Hemos pervertido la normalidad; ya no es aquel acuerdo social que forjamos al salir del salvajismo para distinguir lo correcto de lo incorrecto, lo ético de lo infame. La normalidad nació como un principio de vida autónomo, una ética que no necesitaba coerción porque era nuestra brújula interna para la convivencia y la libertad. Pero el poder, en sus formas de gobernanza, secuestró esos principios para insertarlos en leyes que sirven a sus propios intereses, alejándolos de la verdad y bautizando como «evolución» lo que en realidad es una desviación del espíritu.
Hoy, el poder ya no se concentra en una sola figura autoritaria; como bien intuyó Foucault, circula en micropoderes que, potenciados por la tecnología, saturan nuestro espacio con narrativas que llamamos «modernizadoras». Sin embargo, en esta modernidad informática, lo normal ha pasado a ser la aceptación sumisa de cualquier discurso sin el filtro del análisis.
Jugamos al gato y el ratón entre una conciencia que aún intenta diferenciar el bien del mal y un pragmatismo feroz que se ha convertido en nuestra única regla. Antes, la abulia mental podía ser una estrategia de supervivencia ante la represión; hoy, es una posición cómoda. Declinamos el debate para definir qué es prosocial y qué nos destruye. Normalizamos que exploten miles de aparatos de comunicación en Líbano asesinando a multitudes, o que en México el Estado nos sugiera esperar a que los cárteles terminen de matarse entre ellos para recuperar la calma.
Hemos normalizado el miedo, la simulación en una gobernanza mundial que se pasea por la ONU dictando verdades locales mientras los problemas mueren por senilidad y nosotros perdemos trozos de libertad cada día.
Si alguna vez la televisión fue la «caja idiota» que distraía nuestra triste condición, hoy la modernidad digital es el vehículo de un sopor colectivo que apaga el pensamiento crítico. La conformidad es la nueva normalidad.
Vivimos en ciudades que son aglomeraciones sin gobierno, donde el hacinamiento es la regla y la calidad de vida es el sacrificio. La verdad y el poder siempre han tenido una relación tormentosa, pero hoy la verdad ha sido fragmentada por un utilitarismo desviado que la vuelve relativa. Los micropoderes crean miles de pseudoverdades para una masa que, huérfana de identidad social, se entrega al demos dirigido por «influencers», esos estólidos personajes que crean la «verdad suficiente» para ser imitada. Es una idiotización masiva que socava a las generaciones jóvenes, normalizando la estupidez y la cultura de la no-pertenencia.
Olvidamos que el humanismo era un proyecto de dignidad, autonomía y libertad, donde cada ser humano se autoconfiguraba en el mundo. Ahora, bajo la bandera de una inclusión universal, nos aliamos con un tecnocentrismo que formaliza la exclusión del conocimiento. Este nuevo humanismo libertario es un espejismo: el feudalismo tecnocrático decide qué contenidos consumimos, eliminando cualquier rastro de pensamiento crítico en las redes.
Quizás parezca exagerado, quizás creamos que es un efecto residual de la pandemia, pero la realidad es que habitamos la normalidad de la incertidumbre, esperando un colapso que ya está ocurriendo en silencio. Estamos sumidos en esa ceguera voluntaria que Ortega y Gasset describió con precisión quirúrgica: «No queremos saber lo que pasa, por eso lo negamos y eso es lo que pasa». Mientras tanto, el bloque de concreto sigue cayendo, y nosotros, con la mirada clavada en la pantalla, seguimos repitiendo que todo es normal.
Carlo Maria Cipolla (las leyes de la estupidez) sostiene que la estupidez es la fuerza oscura más poderosa y subestimada de la historia humana, capaz de erosionar el bienestar de sociedades enteras con mayor eficacia que la maldad deliberada. Su tesis central, codificada en sus cinco leyes fundamentales, define al estúpidocomo aquel individuo que causa un daño a terceros sin obtener ningún beneficio para sí mismo, o incluso perjudicándose en el proceso; esta irracionalidad pura lo vuelve impredecible y, por tanto, infinitamente más peligroso que el malvado, cuyas acciones siguen al menos la lógica del provecho propio.
El autor advierte que la proporción de estúpidos en una población es una constante siempre subestimada por los «incautos», y que el declive de una nación no se debe al número absoluto de estos individuos, sino a que se les permita ocupar espacios de poder y tomar decisiones, neutralizando así la capacidad de los individuos inteligentes para generar sintropía y progreso social.
«¡Pero qué falta de visión! Usted se queja de un bloque de dos toneladas que cae del cielo, cuando lo que debería es agradecer la cortesía de las autoridades. No es un error de cálculo, es «progreso acelerado por la gravedad». Dicen que todo es normal y que la obra avanza; y tienen razón: el bloque avanzó hacia el suelo con una velocidad envidiable. Estos son mis principios de normalidad, pero si a usted no le gustan porque le aplastan el coche, no se preocupe… ¡tengo otros que pesan mucho menos!» Parafrasis al estilo Groucho Marx



