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Luis Lauro, el hombre que preguntaba

Por Joaquín Hurtado

Hay personas que dejan libros, Luis Lauro dejó varios. Otras dejan discípulos, otras dejan silencios. Luis dejó preguntas. Y tal vez no exista herencia más fértil.

Quienes lo conocimos sabemos que su manera de estar en el mundo no era la del pontífice que dicta verdades desde una torre de papel, sino la del caminante que se detiene en cada esquina para preguntar: ¿y tú qué piensas? Aquella pregunta, dicha con curiosidad sincera y una media sonrisa, abría una conversación que podía durar horas, días, años. Luis preguntaba porque creía profundamente en los demás. Preguntaba porque sospechaba que el mundo se construye mejor cuando nadie pretende tener la última palabra.

Hombre de izquierda, sí, pero no de consignas repetidas ni de manuales polvosos. Su izquierda era una ética antes que una etiqueta. Una manera de mirar al otro como igual. Una disciplina del corazón. Creía en la justicia, en la búsqueda de felicidad, pero también en la inteligencia; en la solidaridad, pero también en la conversación. Para él, la política y la cultura eran parte de la misma respiración.

En tiempos donde abundan los opinadores que hablan sin escuchar, Luis ejercía una práctica casi revolucionaria: oír. Y oír de verdad. Cuando alguien le contaba una idea, una duda o una historia, él inclinaba ligeramente la cabeza, como si tratara de descifrar una melodía secreta. Luego venía otra pregunta. Siempre otra pregunta.

De ese espíritu nacieron las revistas que todos conocimos. El editó una que yo y él dirigíamos. Era sobre el vih/sida, “Ser positivo”, sobre cultura, política y activismo LGBT. Fundar una revista cultural es un acto extraño. No da dinero, no garantiza fama, no asegura estabilidad. Es más bien un gesto de fe. Una pequeña barricada hecha de papel y tinta contra las opresiones y los infiernos del mundo. 

Luis entendía eso perfectamente. Por eso las revistas que ayudó a crear no eran vitrinas personales ni templos de vanidad. Eran plazas públicas. Lugares donde se plantaba cara a la injusticia, el autoritarismo. Cruce de escritores jóvenes, activistas, pensadores veteranos, artistas raros, poetas sin editor, cronistas de barrio.

En esas páginas convivían discusiones políticas, exploraciones literarias, experimentos estéticos, intuiciones filosóficas. Luis disfrutaba ese desorden fértil. Le gustaba ver cómo las ideas chocaban entre sí como piedras de río hasta pulirse.

Para Luis la cultura no era un lujo ornamental. Era una herramienta para pensar el mundo y transformarlo. Una forma de amistad ampliada.

Su solidaridad tampoco era teórica. No se limitaba a firmar manifiestos o a pronunciar discursos inflamados. Se expresaba en gestos concretos, casi domésticos: recomendar a un autor desconocido, leer con paciencia un manuscrito torpe, poner en contacto a dos personas que podían ayudarse, invitar a alguien a colaborar cuando todavía nadie lo conocía.

Muchos comenzaron a publicar gracias a una conversación con Luis. Él tenía ese talento discreto de detectar inquietudes y talentos en los demás. Veía una chispa donde otros apenas notaban humo. Y entonces empujaba suavemente: “Escríbelo. Mándalo. Hay que intentarlo.”

Ese impulso, repetido cientos de veces a lo largo de los años, produjo algo más que textos. Produjo comunidad. Quienes lo trataban descubrieron pronto que Luis vivía con una especie de curiosidad permanente. Le interesaba todo: la política internacional, una novela recién aparecida, la historia de un barrio, una discusión filosófica, una canción vieja, una anécdota mínima contada en la sobremesa. Su mente funcionaba como un archivo en constante expansión.

Pero no acumulaba saberes para exhibirlos. Los compartía. Los lanzaba a la mesa de conversación como quien reparte cartas en una baraja interminable. Tal vez por eso era tan querido. No porque buscara afecto, sino porque lo generaba. Hablar con Luis era sentir que uno también participaba en algo más grande: una conversación colectiva que atravesaba generaciones, ideas y experiencias.

Su misión en la vida, si es que esa palabra tan solemne puede aplicarse a alguien tan natural, parecía clara para quienes lo observaban de cerca: vivir entre los demás. Pensar con los demás. Crear espacios donde los demás pudieran expresarse.

Luis disfrutaba la vida, pero no como quien acumula placeres privados. La disfrutaba dándose. Compartiendo tiempo, atención, ideas. Haciendo de cada encuentro una pequeña fiesta del pensamiento. Hay quienes pasan por el mundo dejando obras monumentales. Otros dejan una estela más invisible, pero no menos poderosa: la de las conversaciones que hicieron posibles.

Luis pertenece a esa estirpe.

Cada vez que alguien decide fundar una revista cultural contra toda lógica económica. Cada vez que un escritor joven es invitado a publicar por primera vez. Cada vez que una discusión apasionada se prolonga hasta la madrugada, Cada vez que ocurren cambios en la ciudad para bien de las personas. Allí, de algún modo, continúa Luis. No como estatua ni como recuerdo solemne, sino como lo que siempre fue: una pregunta abierta en medio del mundo.

(Monterrey, México, 1961. Premio Nuevo León de Literatura 2006. Cronista urbano. Ha publicado los libros: Guerreros y otros marginales, Ruta periférica, Laredo song, Crónica Sero,  La dama sonámbula, Los privilegios del monstruo, Vuelta prohibida (obra reunida en dos tomos), Teorema del equívoco, La estructura de Andrómeda, La luna es un tiburón. Creador de plástica amateur. Participa en la defensa de los derechos de las minorías sexuales y personas con vih/sida. Viajero incansable, padece deficiencia renal y colitis crónica. Ama los mapas de ciudades perdidas, ver el mundo a través de la poesía y comer en mercados rodantes.)

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// Joaquín Hurtado

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Autor: lostubos
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