Por Carlos Chavarria Garza
Estamos sumidos en un mundo humano donde, a pesar de la abundancia de información, seguimos subinformados. También podemos observar que, pese a los avances en diversas áreas de la ciencia, persisten y se agigantan problemas estructurales en salud, educación y seguridad. Por si fuera poco, no hemos sido capaces de salir de los ciclos de auge y crisis, siempre vinculados al riesgo moral y a la enorme capacidad de ciertos sectores para emprender acciones antiéticas.
Ante este panorama, resulta razonable preocuparse por la viabilidad futura de nuestro entorno social. Es profundamente humano preguntarnos si alguna vez seremos capaces de evitar que se repitan las mismas fallas, a las que hoy se agregan otras que evidencian nuestra pobre habilidad para manejar una complejidad siempre creciente. En este escenario, la crítica suele ensañarse con la incompetencia no de las personas, sino de los sistemas de gobierno, que avanzan muy por detrás de la gravedad, la prioridad y la velocidad a la que se mueven las sociedades.
Es ahí donde la gobernanza actual se convierte en un lastre que solo justifica sus pobres resultados. Tras la publicación sobre la nueva arquitectura para la viabilidad del sistema-nación de México y de muchos otros paises que sugerí con base en el VSM de Stafford Beer, me hicieron llegar preguntas que me llevaron a desarrollar estas reflexiones, profundizando en este pensador y en la Teoría General de Sistemas. En esta entrega, he agregado además algunas referencias bibliográficas para aquellos interesados en profundizar en la materia.
México no padece una crisis de valores sino una crisis de diseño. Mientras los discursos oficiales invocan la honestidad como virtud cívica, la ciencia de los sistemas lleva décadas demostrando que la integridad no depende de la moral de los individuos sino de la arquitectura que los contiene. Esta reflexión aplica los principios de la cibernética organizacional al caso mexicano para demostrar algo incómodo: nuestras instituciones no están fallando, están funcionando exactamente para lo que fueron diseñadas.
No se requiere ser un genio para encontrarle solución al problema de la corrupción de procesos y a las diversas situaciones conflictivas que merman la efectividad de nuestras organizaciones.
Como bien se ha establecido en la Teoría General de Sistemas (TGS) desde mediados del siglo XX, existe el conocimiento suficiente no solo para diagnosticar estos males, sino para resolverlos de raíz.
La paradoja contemporánea radica en que, a pesar de que la tecnología de la información pone hoy a nuestra disposición herramientas probadas y sofisticadas para la transparencia y la eficiencia, seguimos con las mismas malas prácticas que nos debilitan e impiden que logremos mejores posiciones en el concierto internacional. Esta condición no es una fatalidad biológica ni cultural; es el resultado de ignorar las leyes fundamentales que rigen la viabilidad de los sistemas complejos.
Para transitar hacia un futuro viable y mejorado podemos adoptar los postulados que Stafford Beer, el padre de la cibernética organizacional, definió como las leyes universales que permiten a cualquier sistema —ya sea un organismo biológico, una empresa o un Estado— mantener una existencia independiente y saludable dentro de un entorno cambiante.
El primer pilar de esta reconstrucción debe ser el reconocimiento del axioma conocido como POSIWID (The Purpose of a System Is What It Does), el cual postula que el propósito de un sistema es, invariablemente, lo que hace. Esta premisa, desarrollada por Beer en su obra fundamental The Heart of Enterprise (1979), nos obliga a abandonar la hipocresía de los discursos oficiales y los planes nacionales que nunca se cumplen.
Si el sistema de gobernanza mexicano produce de manera consistente resultados de impunidad, opacidad y desigualdad, debemos concluir científicamente que el sistema ha sido diseñado, de manera deliberada o por omisión, para cumplir precisamente esos fines. Por lo tanto, cualquier intento de reforma que se limite a exhortaciones morales, o a dos o tres chivos expiatorios llevados al sacrifico, así como cambios en la narrativa política, sin alterar la estructura mecánica que produce tales resultados, está condenado al fracaso desde su concepción.
Un segundo postulado irrenunciable es la Ley de Requisito de Variedad, formulada originalmente por W. Ross Ashby (1956) y central en la obra de Beer. Esta ley establece que «solo la variedad puede absorber la variedad». En términos de gobernanza, la variedad se traduce como la capacidad de respuesta y la complejidad de acción. El problema de seguridad y justicia que asfixia a México se explica técnicamente por la asimetría de variedad: el Estado mexicano ha intentado operar bajo una arquitectura centralista y burocrática de «baja variedad», mientras que el crimen organizado y las dinámicas del mercado global operan como sistemas de red de «alta variedad». Cuando el controlador posee menos variedad que el sistema que intenta regular, el control se vuelve matemáticamente imposible. La respuesta sistémica ante este desafío no es el endurecimiento del mando central, sino el rediseño hacia una gobernanza policéntrica y distribuida que multiplique los puntos de contacto y respuesta a través de la autonomía local y la participación ciudadana tecnificada.
El ejemplo más clasico de esta asimetría lo vivimos cada vez que un operativo de seguridad pública, diseñado desde una oficina central con información desactualizada, llega tarde a una realidad que el crimen organizado ya reconfiguró. No es incompetencia operativa; es una derrota matemática anunciada. Un Estado que tarda semanas en procesar lo que el mercado ilícito procesa en horas no está perdiendo batallas aisladas: está perdiendo la guerra por diseño.
Aunado a lo anterior, debemos aplicar el Principio de Recursividad, el cual dicta que todo sistema viable contiene sistemas viables y está, a su vez, contenido en un sistema viable superior. Beer (1981) enfatizaba que la viabilidad no es un atributo que se pueda imponer desde la cima de una pirámide, sino una propiedad que debe cultivarse en cada nivel de la organización. Un país no puede alcanzar la viabilidad ética y operativa si sus municipios, sus estados y sus instituciones básicas han sido despojados de su soberanía operativa para alimentar un centro hipertrofiado. El centralismo que ha caracterizado al sistema político desde el término de la Revolución Mexicana es una patología que rompe la recursividad, asfixiando la capacidad de las partes para autorregularse y convirtiendo al conjunto en una estructura rígida y vulnerable.
El rediseño institucional debe, por tanto, orientarse a restablecer la armonía entre las cinco funciones críticas que Beer identificó en su Modelo de Sistema Viable (VSM). En la realidad mexicana actual, hemos permitido la atrofia del Sistema 3* (Auditoría Directa) y del Sistema 4 (Inteligencia de Futuro). Mientras que el Sistema 3 se ocupa del control cotidiano de los recursos, el Sistema 3* es el canal que permite verificar la realidad en el campo sin los filtros burocráticos que suelen maquillar los informes oficiales. Por su parte, el Sistema 4 es la función encargada de la prospectiva y el diseño de «futuribles», mirando hacia afuera y hacia adelante para anticipar riesgos sistémicos. Una nación que carece de estos sensores ciudadanos independientes y que vive atrapada en la inmediatez del ciclo electoral es un organismo ciego que solo puede reaccionar a las crisis después de que estas han consumado daños patrimoniales y sociales.
Finalmente, es vital entender la ética no como una aspiración filosófica abstracta, sino como una restricción física de diseño. La cibernética organizacional moderna sugiere que la integridad debe ser una propiedad emergente de la arquitectura del sistema.
Al implementar tecnologías de información avanzadas, como el blockchain para la trazabilidad de fondos públicos o algoritmos de inteligencia artificial para la detección de patrones anómalos en la contratación pública, estamos creando un entorno donde la deshonestidad se vuelve operativamente costosa y difícil de ocultar.
No se trata de tecnología por la tecnología. Se trata de rediseñar los incentivos. Cuando un contrato público es trazable en tiempo real por cualquier ciudadano, el funcionario que intenta desviarlo no enfrenta solo un riesgo moral sino un costo operativo inmediato y verificable. La deshonestidad deja de ser una decisión privada para convertirse en una anomalía detectable dentro del sistema. Esto no elimina la voluntad de corromper; elimina la impunidad que la hace racional. Y sin impunidad, la corrupción pierde su principal combustible.
Como bien lo han demostrado los casos de éxito en países con altos índices de integridad, los sistemas honestos no dependen de la perfección moral de sus individuos, sino de un diseño que hace que la honestidad sea la trayectoria de menor resistencia. La solución está ante nosotros; es una cuestión de voluntad para aplicar la ciencia de los sistemas y dejar de ser súbditos de una máquina de reparto obsoleta para convertirnos en arquitectos de nuestra propia viabilidad nacional.
Si la tecnología ya permite crear sistemas donde es físicamente imposible mentir sobre los datos, ¿por qué nuestras instituciones siguen prefiriendo sistemas donde la verdad depende de la voluntad del administrador? Es pregunta.
Referencias Bibliográficas
Ashby, W. R. (1956). An introduction to cybernetics. Chapman & Hall.
Beer, S. (1972). Brain of the firm: The managerial cybernetics of organization. Allen Lane.
Beer, S. (1979). The heart of enterprise. John Wiley & Sons.
Beer, S. (1981). Brain of the firm (2nd ed.). John Wiley & Sons.
Beer, S. (1985). Diagnosing the system for organizations. John Wiley & Sons.
Espinosa, A., & Walker, J. (2011). A complexity approach to sustainability: Theory and application. World Scientific Publishing.
Jackson, M. C. (2003). Systems thinking: Creative holism for managers. John Wiley & Sons.
Wiener, N. (1948). Cybernetics: Or control and communication in the animal and the machine. MIT Press.



