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Luis Santos de la Garza: el abogado que no quiso ser títere

Por Valeria Riaño // IAQuemada

En el Monterrey de las chimeneas humeantes y el asfalto hirviente, donde el poder solía despacharse entre apellidos alineados y lealtades de partido único, emergió una figura que hizo de la autonomía su obsesión y de la congruencia su legado. Luis Santos de la Garza, el abogado centenario cuya vida disecciona César Salinas Márquez en El Diezmo Ciudadano, no fue solo un litigante de éxito, fue el hombre que decidió pagarle a la Nación una cuota de tiempo y talento para “mover las almas” en una democracia que, durante décadas, fue apenas una simulación.

Nacido en 1922 en la frontera de Piedras Negras y forjado en la austeridad de un Monterrey que apenas despertaba al siglo XX, Santos de la Garza aprendió pronto que la libertad tiene un precio. Su bautismo de fuego político ocurrió a los 18 años, cuando al recibir su primer sueldo como empleado judicial, descubrió con indignación que le habían descontado, sin permiso, la cuota del PRI. Aquella “lesión a su dignidad” lo empujó ese mismo día a las oficinas de un recién fundado Partido Acción Nacional. No buscaba un empleo, buscaba un refugio para actuar como hombre libre.

Su carrera profesional fue un espejo de esa misma rebeldía. Mientras sus contemporáneos buscaban el refugio seguro de las grandes nóminas corporativas, Santos eligió “volar solo”. Rechazó ofertas tentadoras, incluso de la emblemática Cervecería Cuauhtémoc, con una frase que hoy suena a reliquia ética: “No me diga cuánto me van a pagar, porque no quiero tentaciones”. Esa independencia le permitió ser el abogado de confianza de titanes como Gregorio Ramírez o Humberto Lobo, sin dejar de ser el crítico implacable del sistema.

El despacho y la paradoja del poder

Uno de los episodios más fascinantes que rescata Salinas Márquez es la fundación del despacho Santos Elizondo. En una paradoja que hoy resultaría impensable, los dos socios principales eran las caras más visibles de bandos opuestos: Eduardo Elizondo, futuro gobernador priista, y Luis Santos, el fiero estratega legal del PAN.

Su amistad, que llamaban “hermandad”, sobrevivió a la polarización de la época. Mientras Elizondo intentaba cambiar el sistema desde adentro —con un final abrupto y trágico en la gubernatura—, Santos libraba la “brega de eternidad” desde la oposición, defendiendo votos en casillas donde el conteo solía hacerse bajo la mirada amenazante de un revólver sobre la mesa.

El legado del “Diezmo”

El título del libro no es gratuito. Para Santos de la Garza, la ciudadanía no era un derecho pasivo, sino una obligación activa: entregar una parte de la vida al bien común. Fue el abogado que llevó la denuncia del fraude electoral mexicano hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, sentando precedentes que hoy son pilares de nuestra transición democrática.

Con la satisfacción de quien puede mirarse al espejo y decir que tiene las manos limpias, Luis Santos dejó una advertencia para las nuevas generaciones: el peligro de que los partidos sean “abordados por piratas»” que buscan el poder como botín y no como servicio.

El Diezmo Ciudadano no es solo una biografía, es el retrato de un Monterrey que ya no existe y de una ética que, hoy más que nunca, urge recuperar en la plaza pública. Descanse en paz.

Fuente:

// Medios

Vía / Autor:

// Staff

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Autor: stafflostubos
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